Crítica: Perros de niebla

La ópera prima de Andrés Mossos retrata la juventud urbana desde la memoria y la herida, en una Bogotá tan espectral como viva

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

noviembre 12, 2025

10:50 am

Cortesía de Doc Co

Director: Andrés Mossos

Juan Bautista, Brayan Esteban Mina, Jonnathan Esteven Cruz, Juliana Calceto, Julio López, Chimoltrufia Yoyito

Desde Los olvidados de Buñuel hasta Ciudad de Dios, pasando por Pixote, Rodrigo D no futuro y La vendedora de rosas, la juventud ha sido figura central en la narrativa latinoamericana de la marginalidad. Perros de niebla, ópera prima de Andrés Mossos, se inscribe en esa tradición, pero desde una herida autobiográfica. Lejos del exotismo de la pobreza o el miserabilismo condescendiente, aquí la calle es una cicatriz íntima, y el barrio no es vitrina de crimen, sino mapa de memoria.

Juan (Juan Bautista), grafitero y hermano menor de un criminal, se mueve entre la niebla real y simbólica de los cerros orientales de Bogotá. Desde una imagen brutal (perros callejeros colgados en un parque), la película articula una parábola sobre la violencia estructural, el duelo y la orfandad emocional. A Juan no lo pierde el crimen sino que lo devora la ausencia.

Pero Perros de niebla no se limita a ese linaje latinoamericano. Resuenan aquí las pulsiones del cine afro de los años 90: Do the Right Thing, Boyz n the Hood, Juice, Menace II Society. No solo en sus códigos visuales, sino en la tensión entre masculinidad, pertenencia y agencia. Mossos combina el pulso documental con un lirismo austero, dejando que los rostros hablen, que la cámara respire con la ciudad. El barrio es un espacio agresivo y ambivalente.

Los actores naturales no interpretan sino que existen. Juliana Calceto (Juli) aporta dulzura sin romanticismo; Brayan Esteban Mina (Mina) y Jonnathan Esteven Cruz (Pollo) encarnan esa fragilidad rugosa del adolescente callejero. Pero es Juan Bautista quien sostiene el eje emocional del filme como un joven roto que busca no un destino, sino vivir.

Y en medio de todo, un perro. Chimo, compañero del director en la vida real, funciona como guía emocional y símbolo de lealtad. La luz y esperanza que proyecta, conecta el filme con otras propuestas recientes del cine colombiano como Los reyes del mundo, La jauría, Tres lunas nuevas, donde lo animal y lo místico median el dolor humano.

Visualmente, hay más atmósfera que precisión. La dirección de arte presenta fallos, algunos escenarios lucen artificiales y un perro digital gigante desentona. Sin embargo, la música (La Etnia en la banda sonora, Carlos Dudley Sandoval en el score) ancla la cinta con un pulso espiritual, urbano y orgánico. La edición, aunque desigual en tramos, sostiene un ritmo interior coherente con el mundo que se retrata.

Si bien se ha querido vender como “cine del barrio para el barrio”, el filme desborda ese eslogan. No hay épica barrial ni estampa de superación. Hay dolor, amor, abandono y pertenencia conflictiva. Perros de niebla no embellece ni denuncia. Y en ese gesto, a veces torpe, casi siempre honesto, está su fuerza.

Andrés Mossos no filma una historia ajena sino que convierte su biografía en territorio narrativo. Perros de niebla es un debut imperfecto, pero vital. Una elegía sobre lo que se pierde antes incluso de entenderlo. Y una promesa de cine que nace no de la industria, sino de la herida.

Tráiler:

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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