Carlos Alfonso Barbosa Romero (1944-2025) no fue simplemente un actor colombiano. Fue una de esas presencias que, sin aspavientos ni escándalos, construyó una carrera sólida, comprometida y diversa a lo largo de más de cinco décadas. Murió el 9 de octubre en su casa de Bogotá, a los 81 años, tras una lucha serena contra el mieloma múltiple. “Ya deseaba irse. Se fue en paz y tranquilo”, dijo su esposa y compañera de vida durante más de tres décadas, la actriz Myriam Bohórquez.
Nacido en Cali el 15 de enero de 1944, se formó como arquitecto en la Universidad del Valle, pero pronto descubrió que su verdadera estructura no se levantaba con concreto, sino con palabras, emociones y personajes, como también sucedió con Kepa Amuchastegui, otro colega suyo recientemente fallecido. Desde el grupo teatral universitario hasta el Teatro Popular de Bogotá (TPB), Barbosa entendió la actuación como un oficio riguroso, colectivo, potente y vital.
En el TPB, trabajó al lado de figuras como Fanny Mikey y Jorge Alí Triana. Fue actor, formador, director. Participó en montajes de alto nivel artístico como La Gaviota de Chéjov, La ópera de tres centavos de Brecht y Tartufo de Molière. Su paso por el teatro dejó huella en escenarios de Colombia y el extranjero. En los años 70 y 80, fue parte de una generación que creía que el arte podía y debía transformar al país.
Carlos Barbosa debutó en televisión en 1969 con Candó, cuando aún la pantalla chica se escribía en blanco y negro. Su versatilidad le permitió moverse con soltura entre el drama (Los cuervos, Los pecados de Inés de Hinojosa), la comedia (En Don Chinche fue el personaje recurrente de Francisco Mora), el teatro televisado (su participación en el programa antológico Teatro Popular Caracol es clave) y la telenovela (La vorágine, La abuela, El virrey Solís, El gallo de oro).
Uno de los personajes que lo catapultó al cariño popular fue Eurípides, el peluquero excéntrico de El divino (1987), un rol arriesgado para su época que abordaba la homosexualidad desde un lugar de humanidad y humor sin caricatura. Luego vinieron otros personajes inolvidables como el de Ernesto, el jefe “terrible” de la agencia de viajes en Vuelo secreto (1992-1998); el inflexible Fiscal Mercado en La mujer del presidente; J.J. Garrido en La saga, negocio de familia; y Gerardo, el padre cascarrabias de la serie Bermúdez.
Barbosa nunca se encasilló. Podía ser villano o héroe, intelectual o campesino, corrupto o íntegro. En cada uno imprimía energía y verdad. A diferencia de otras figuras del espectáculo, Carlos Barbosa evitó los focos innecesarios. Su nombre rara vez aparecía en escándalos o titulares vacíos. Hablaba poco, actuaba mucho. En un medio volátil, él fue constancia.

Participó en más de 40 producciones televisivas, varias películas (Ayer me echaron del pueblo, Pisingaña) y montajes teatrales memorables. También fue un referente para generaciones de actores que lo vieron como un maestro silencioso. Su trabajo fue reconocido con premios como el Simón Bolívar, la Orden Simón Bolívar, el Nogal de Oro y el Juana Sujo, entre otros. Fue nominado tres veces a los Premios India Catalina, por El divino, Pasiones secretas y Los protegidos.
Su fallecimiento no fue una sorpresa para su familia ni para su círculo cercano. Durante dos años enfrentó el cáncer con la misma entereza con la que vivió. Sin quejarse y sin buscar compasión. Recibió atención médica en casa durante los últimos meses y partió rodeado de amor. Lo sobrevivieron su esposa Myriam y sus dos hijos, Bella y Carlos (hijo de la actriz Chela Arias con la que Barbosa estuvo casado de 1968 a 1988).
Su último trabajo para televisión, Las de siempre, aún no se estrena. Una de sus últimas apariciones en teatro fue en la obra Una carcajada que se convierte en tos, en el teatro Belarte. Carlos Barbosa fue lo que pocos actores logran ser: consistente. Nunca dejó de trabajar, de reinventarse y de aportar. No necesitó gritar para ser escuchado. No fue protagonista de escándalos, sino de historias.
Hoy el teatro colombiano pierde a uno de sus pilares. La televisión pierde a uno de sus rostros más entrañables. Y el país, a un hombre íntegro que eligió vivir del arte sin traicionar su vocación.
Descansa en paz, Carlos Barbosa.