En el cine mexicano, las historias lésbicas suelen contarse desde miradas urbanas y blancas que replican estructuras hegemónicas y reducen la diversidad real del país a una narrativa uniforme. ‘La carta’ (2014), cortometraje escrito y dirigido por Ángeles Cruz, rompe con esa lógica dominante y se alza como un acto profundamente político de visibilización. Es una historia de amor entre mujeres contada desde adentro, con verdad, con memoria y con ternura.
Lupe, una mujer indígena, regresa a su comunidad después de años de ausencia. El reencuentro con Rosalía, su amiga de la infancia, reactiva un vínculo íntimo y latente que quedó suspendido en el momento en que Lupe decidió irse. Se había despedido dejando una carta que nunca fue respondida, y con su retorno, emerge una herida abierta. Lo importante es que Lupe no se fue por voluntad ni por deseo: se fue porque su identidad fue rechazada. Amar a otra mujer dentro de su comunidad implicaba enfrentar una violencia cotidiana, tanto así que incluso en su regreso, esas marcas aún persisten. Escucha comentarios constantes que ponen en duda su salud, como si su orientación fuese una enfermedad como e incluso enfrenta el rechazo de su propio padre, quien la niega diciendo que para la familia ella está muerta.
Un aspecto destacable de ‘La carta’ es que no centra su fuerza en el dolor, sino en la resistencia. Desde lo íntimo, el cortometraje revela las contradicciones de una comunidad atravesada por tradiciones profundas, pero también por silencios impuestos. Ángeles Cruz propone una mirada que interpela desde el amor, reclamando el derecho a pertenecer sin tener que ocultarse.
Las interpretaciones de Sonia Couoh y Myriam Bravo sostienen la narrativa con una honestidad conmovedora. Ambas encarnan a mujeres que se enfrentan no solo al juicio externo, sino también a las emociones contenidas por años y al anhelo que vive sobre los prejuicios. Son personajes que no piden permiso para existir, simplemente existen. Y en ese gesto, resisten.
La trayectoria de Ángeles Cruz es una extensión de esa misma resistencia. Originaria de La Mixteca, su trabajo como actriz, guionista y directora ha abierto caminos para que las mujeres indígenas se reconozcan también en las pantallas, protagonizando sus propias historias. ‘La carta’ fue premiado en el Festival de Cine LGBT de Colonia en 2016 con el Premio del Público, ganó el Premio Luminus y recibió una nominación al Ariel en 2013. Pero más allá de sus reconocimientos, su mayor mérito es la fuerza política de su cine. Con su trabajo logra incomodar, nombrar lo silenciado y dignificar vidas que han sido sistemáticamente negadas.
El cine de Cruz es importante no solo porque aporta representación, sino porque propone una transformación profunda en la manera en que narramos, miramos y entendemos el amor, el deseo y la pertenencia. ‘La carta’ es un acto de amor lésbico hecho resistencia, y una declaración firme de que la identidad no es negociable y que el afecto también puede ser un territorio de lucha.