Autora de una de La ciénaga, considerada la mejor película del cine argentino según el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, Lucrecia Martel ha logrado consolidarse como la cineasta latinoamericana más aclamada por la crítica internacional. Su trabajo goza de ser un imprescindible en festivales como el de Cannes, Venecia, Berlín, Toronto, entre otros.
Con un característico espíritu curioso, Martel comenzó su larga relación con el cine en su natal Salta, Argentina, a los 15/16 años, cuando su padre compró una cámara para poder guardar sus recuerdos como familia. Con ella grababa conversaciones y convivencias cotidianas, pues se sentía fascinada por la forma, las pausas y espacios que se hacían durante esas interacciones, mientras uno esperaba a que alguien más interviniera.
Hasta ese entonces la creación cinematográfica era apenas una pequeña llama buscando abrirse paso dentro de ella, casi como una fuga de gas que necesita una chispa para mantenerse viva. Ese momento llegó en 1984, cuando asistió junto a su padre a una función en Buenos Aires de Camila, la cinta de María Luisa Bemberg. Ahí, la ahora cineasta encontró una posible respuesta para su curiosidad insaciable y su necesidad constante de aprender. Desde muy joven se interesó por materias como el griego y el latín, e incluso llegó a pensar que estudiaría ciencias.
Finalmente decidió estudiar Comunicación Social en Buenos Aires, una carrera recién creada tras el regreso de la democracia en Argentina y enfocada en formar periodistas y analistas de medios después de los años de dictadura. Ante la falta de recursos y profesores en su escuela, Martel terminó formándose de manera autodidacta, colaborando en los cortos de sus amistades, ayudando en la producción, fotografía o cualquier área que le permitiera seguir cerca del cine. Pero, cuando comenzaba a pensar que dedicarse al cine era imposible, entró a un concurso de guión cuyo premio era el presupuesto para producir un cortometraje y ganó. Ese triunfo fue justo la chispa que necesitaba para decidirse. Así pudo realizar Rey Muerto, el cortometraje con el que se integró a Historias Breves, la compilación que terminaría detonando el Nuevo Cine Argentino.
Pero aquel espacio no apareció por sí solo. Los directores de los cortos ganadores tuvieron que presionar al INCAA durante meses para conseguir que las películas se exhibieran juntas en una sala de cine, algo inédito para una generación joven que hasta entonces parecía no tener lugar dentro de la industria. Anteriormente el cine argentino había estado estancado en fórmulas repetitivas, condicionada por la crisis económica y el peso de la anterior dictadura, por lo que sus proyectos eran más comerciales y buscaban implementar mensajes morales o con un humor similar al de la televisión, que estaba desconectado de las transformaciones sociales vivía el país.
Como resultado, el estreno terminó convirtiéndose en un fenómeno inesperado. Más de diez mil personas asistieron a ver aquella colección de cortometrajes hechos con pocos recursos pero con una mirada completamente distinta. Y, cinco años después del estreno en Buenos Aires, ya existían alrededor de siete mil estudiantes de cine matriculados.
Fue así que inició la carrera de una de las cineastas más legendarias que ha tenido latinoamérica. En 2001 estrenó su ópera prima, La ciénaga, que obtuvo reconocimientos en el Festival de Cine de Sundance, el Grand Prix del Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse, el premio a la Mejor Película y a Mejor Dirección en el Festival de Cine de La Habana, entre muchos otros, y estuvo en la cartelera oficial de los festivales de Berlín y de Cannes. A ella le siguieron La niña santa, de 2004, y La mujer sin cabeza, de 2008, conocidas en conjunto como la “Trilogía de Salta”, por compartir locación entre ellas y explorar las tensiones de clase, la decadencia social y la burguesía en el noroeste argentino.
También realizó Zama, cinta basada en la novela homónima del escritor Antonio Di Benedetto que fue seleccionada para representar a Argentina en la 90.ª edición de los Premios Óscar en la categoría Mejor película de habla no inglesa, aunque no logró quedar en la lista definitiva.
Siete años después, en 2025, Martel dejó ver su habilidad con el cine documental gracias a su obra Nuestra Tierra, una cinta que sigue de cerca el proceso del juicio oral y público de la muerte de Javier Chocobar, un hombre indígena Chuschagasta que fue asesinado por Darío Amín en 2009 durante un intento de desalojo por parte del funcionario público. Su realización tardó 15 años en concluirse, debido a que era un proceso en el que la cineasta se presentó de manera presencial a las audiencias de resolución del caso, y su proceso avanzaba conforme los veredictos que iba dictando la ley.
El cine de Lucrecia Martel se aleja de las narrativas tradicionales para construir experiencias sensoriales marcadas por la incomodidad y la percepción. En sus películas, el sonido es un personaje más, representado mediante conversaciones cruzadas, ruidos externos, tormentas lejanas o respiraciones fuera de cuadro crean una tensión constante que envuelve a cualquiera que lo esté viendo. La magia de su proyecto radica en que está filmada con la mirada de un ojo humano, en el sentido más literal de la palabra.
En ellas no existen tramas complejas, ni humanos ejemplares; solo personas comunes, que enfrentan problemas comunes de formas complejas. Incluso, la cineasta reveló en una entrevista con The Hollywood Reporter en Español que sus personajes “no sienten culpa, sienten responsabilidad”, al igual que no se guía de una moral para construirlos. El deseo, en su cine, aparece como una fuerza caótica que no puede clasificarse fácilmente bajo categorías sexuales, familiares o sociales. Ella misma ha revelado que no castiga, en la escritura de sus personajes, a los hermanos que se desean, o las tensiones familiares cargadas de erotismo. Para ella, esto forma parte de impulsos humanos que existen, aunque la sociedad intenta reprimirlos. Son parte de una realidad escondida y “oscura” de la sociedad, que ella no teme en explorar.
Su obra se siente tan poderosa porque entiende que los grandes conflictos humanos rara vez aparecen de forma espectacular. En sus películas, todo nace desde lo cotidiano. Una comida familiar incómoda, una conversación a medias, el calor insoportable, un silencio extraño o una distracción mínima pueden revelar tensiones enormes que llevan años acumulándose. Martel observa a sus personajes con una cercanía brutal, mostrando sus contradicciones, egoísmos, deseos y formas de ignorar lo que ocurre a su alrededor. Por eso sus historias se sienten tan reales. Porque no intentan ordenar la experiencia humana ni convertirla en algo limpio o ejemplar, sino retratarla en su forma más natural, que por inercia termina siendo compleja y caótica.
Esta visión rebelde ha definido su carácter crítico durante toda su trayectoria. Como cuando rechazó audicionar para dirigir Black Widow, tras descubrir que el guión ya estaba definido y que las escenas de acción serían dirigidas por otro equipo. A su parecer, Marvel solo buscaba incorporar mujeres realizadoras como parte de una aparente renovación interna, como si colocar a una mujer detrás de cámara fuera un sello de garantía para tener una mirada distinta. Para ella eso resultaba insuficiente si las películas seguían construyéndose bajo estructuras completamente cerradas desde antes de llegar a la dirección.
Dichas posturas terminaron por convertirla en una de las voces más influyentes del cine contemporáneo, porque su forma de entender el cine cambió la conversación sobre cómo se construyen las imágenes, el sonido y las relaciones de poder dentro de una historia. Su influencia puede leerse en las nuevas generaciones de directores que comenzaron a darle su atención a lo social. Más que adaptarse a las reglas de la industria, Lucrecia Martel construyó un lenguaje propio que terminó redefiniendo el lugar del cine latinoamericano dentro del panorama mundial.