En países como México, Argentina, España, Colombia o Chile, los últimos años han mostrado un crecimiento sostenido en la participación de mujeres en áreas creativas clave. Directoras como Tatiana Huezo (Noche de fuego), Claudia Llosa (Distancia de rescate), Isabel Coixet (La librería) o Manuela Martelli (1976) han demostrado que el cine hecho por mujeres no solo es posible, sino necesario. Plataformas de streaming como Netflix, Prime Video y Movistar Plus+ han abierto nuevas ventanas de oportunidad para contar historias diversas, desde perspectivas que históricamente habían sido relegadas.
Sin embargo, aunque la visibilidad ha crecido, aún queda mucho por hacer en términos de acceso equitativo a presupuestos, liderazgo en proyectos de alto impacto y representación en festivales y premiaciones.
La participación de las mujeres en la industria audiovisual hispanohablante ha crecido en la última década, pero sigue enfrentando desigualdades estructurales profundas. Aunque hay avances visibles —como el ascenso de directoras premiadas, la formación de colectivos profesionales y políticas de paridad incipientes— las cifras y testimonios demuestran que el acceso a financiamiento, puestos de decisión y visibilidad aún está lejos de ser equitativo.
Según el estudio Panorama de las mujeres en el sector audiovisual iberoamericano, publicado por la Fundación Carolina y la Asociación Iberoamericana de Academias de Cine en 2022, solo el 27% de las películas iberoamericanas estrenadas entre 2018 y 2020 fueron dirigidas por mujeres. En países como México, Chile o Colombia, el porcentaje de mujeres en áreas técnicas clave (como sonido, montaje o dirección de fotografía) es incluso menor.
En España, datos de la asociación CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales) muestran que en 2022, solo el 26% de los largometrajes subvencionados por el ICAA (Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales) estaban dirigidos por mujeres, pese a que la proporción de mujeres egresadas de escuelas de cine supera el 50%.
La mayor visibilidad de cineastas como Tatiana Huezo (México), Paz Fábrega (Costa Rica), Laura Mora (Colombia), Pilar Palomero (España) o Manuela Martelli (Chile) demuestra un cambio en curso. Sus obras han sido seleccionadas en festivales como Cannes, Berlín o San Sebastián, y han recibido premios en plataformas nacionales e internacionales. No obstante, muchas de ellas han señalado la dificultad para acceder a financiamiento y espacios de liderazgo en comparación con sus colegas hombres.
En entrevistas y mesas redondas, cineastas como Natalia Beristáin, Valeria Sarmiento o Lucrecia Martel han coincidido en un punto: la lucha no es solo por “más mujeres haciendo cine”, sino por transformar los valores, narrativas y estructuras de poder dentro de la industria.
Ante este panorama, colectivos como Mujeres Audiovisuales México, Amazonas en Chile, Elles Font Des Films en Colombia, y CIMA en España, han cobrado fuerza como espacios de articulación, denuncia y propuesta. También han surgido iniciativas estatales o institucionales, como el Protocolo para la prevención del acoso y la violencia de género en el sector audiovisual argentino (INCAA, 2021) o programas como CIMA IMPULSA, que busca apoyar proyectos liderados por mujeres cineastas en España.
En festivales, la conversación sobre la paridad ha tomado relevancia. El Festival de San Sebastián y la Academia de Cine de España han firmado el Pacto de 50/50 para 2020, una iniciativa internacional que promueve la equidad de género en el cine. Y plataformas como Netflix o Amazon han empezado a implementar laboratorios de formación para creadoras en América Latina.
Uno de los aportes más significativos del creciente protagonismo femenino en la industria es el desplazamiento de las narrativas tradicionales. Películas como Noche de fuego (Huezo, México), Los reyes del mundo (Mora, Colombia), Las niñas (Palomero, España) o 1976 (Martelli, Chile) exploran temas de identidad, violencia, intimidad o infancia desde perspectivas que hasta hace poco eran minoritarias.
Estas obras no solo amplían el horizonte temático del audiovisual en la región, sino que cuestionan quién puede contar qué historias, desde dónde y para quién. Como ha señalado la directora argentina Lucrecia Martel, “la transformación de la industria también pasa por escuchar otras voces que no están formadas en los cánones tradicionales”.
Aunque persisten retos —como la subrepresentación en cargos técnicos, la brecha salarial, la falta de políticas públicas más robustas y los casos de violencia de género dentro de las producciones— la fuerza de las redes, la aparición de referentes visibles y la presión desde el público están marcando un cambio de paradigma.
La presencia de mujeres en el audiovisual ya no es una “tendencia” ni una “cuota”. Es una necesidad cultural, social y económica para el futuro del cine y las series en el mundo hispanohablante.