Orián Suárez: “Al teatro no lo reemplaza la IA”

El actor cubano Orián Suárez habla de su ruta desde el teatro comunitario hasta la televisión latinoamericana y del personaje que guía a María la caprichosa al Congreso.

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

febrero 18, 2026

10:54 am

Cortesía de Martik González

Orián Suárez Herrera, nacido en La Habana en 1987, no llegó a la actuación por un “sueño de infancia”. Llegó por accidente, por barrio y por necesidad de reinventarse. Su primera formación fue en un grupo teatral que actuaba en centros penitenciarios, unidades militares y comunidades, un comienzo poco glamuroso que terminó dándole una brújula: entender el arte como entrenamiento, presencia y servicio.

En esta entrevista, el actor recuerda sus inicios, habla del choque entre tiempos industriales y compromiso actoral, y aterriza en María la caprichosa, donde interpreta a Cicerón, el personaje que le abre la puerta del Congreso a María y la acompaña en la defensa de derechos históricamente negados a las empleadas domésticas.

Tu formación inicial no se dio en una academia cerrada, sino en espacios vivos. ¿Cómo ese contacto temprano moldeó tu ética actoral y tu idea del arte como servicio?

Mira, yo siempre digo algo y lo repito en casi todas las entrevistas: yo no soy de los actores que te dicen “cuando era niño quería ser actor”. Jamás. Mi sueño era ser futbolista. Desde la infancia hasta parte de la adolescencia me dediqué a correr detrás de un balón.

Por una decepción deportiva me uní a un grupo de muchachos del barrio y, sin querer queriendo, me llevaron a la academia de Humberto Rodríguez, Olga Alonso. Cuando entré, empecé a interactuar con el mundo de la actuación y me di cuenta de que era algo que me movía. No solo lo emocional: también el “meterse” en la psicología de los personajes, jugar de manera natural, sencilla. Ahí fue cuando dije: “yo quiero ser actor”.

Cortesía Netflix

Vienes del teatro. ¿Sientes que ese pasado aparece como una brújula más que como una técnica?

Total. El teatro es la base de la actuación. Es el entrenamiento del actor. Uno no siempre va a estar en televisión o cine, pero el teatro siempre va a existir.

Y hay algo clave: el teatro no se va a suplir con la IA. Muchos actores están con ese temor, sobre todo en Hollywood, porque ya hay cosas hechas con inteligencia artificial. Pero el teatro no. El teatro es el único código donde el actor interactúa con el público en vivo. Es irremplazable.

Has transitado por cine, televisión y series de alcance global. ¿Cómo negocias la tensión entre industria y compromiso?

Pasa mucho en televisión. Cuando una novela está al aire, a veces se graba a toda velocidad: hay que terminar sí o sí porque el capítulo sale en dos días. Puede que como actor uno sienta: “necesito otra toma”, pero el director también tiene un plan de rodaje, le quedan escenas, planos, y está bajo presión.

Entonces es ese juego entre el tiempo y la exigencia. A uno le toca hacerlo de la mejor manera posible, aunque no siempre quede exactamente como uno soñaba.

Hablemos de María la caprichosa. ¿Quién es tu personaje?

Mi personaje se llama Cicerón. Es quien le abre las puertas a María al Congreso de la República. Ese mundo es complejo y María no viene de formación política, así que Cicerón funciona como una brújula, como el guía: le presenta congresistas, le explica quién puede ayudar, quién tiene poder, por dónde moverse.

La historia tiene etapas: niñez, adolescencia y adultez. Yo entro en la etapa adulta, cuando María decide ir al Congreso a presentar su proyecto de ley sobre las empleadas domésticas, y ahí Cicerón se vuelve clave.

¿Qué desafío implica actuar el poder cuando no se ejerce desde la violencia o el carisma, sino desde la palabra y la escucha?

Siempre hay que hablar con la verdad: muchas veces el silencio dice más que el propio texto. La mirada, un gesto, un movimiento… dicen muchísimo. A veces más que un monólogo.

Y ahí volvemos al teatro. Eso viene del entrenamiento teatral: aprender a sostener una escena con presencia, no solo con palabras.

Cicerón legisla sobre derechos históricamente negados a las empleadas domésticas. ¿Cómo lo llevas más allá del símbolo y lo pones en lo humano?

El primer día de rodaje, la script me dice: “¿Sabes que Cicerón existió?”. Me sorprendió. Y tuve que investigar: cómo se presenta una ley, qué pasos sigue, comisiones, todo ese esquema político.

Pero lo más importante es lo humano. Cicerón se sensibiliza con María por su situación y por la de sus amigas. María llega al Congreso porque una amiga sufre un accidente y los patrones no se hacen cargo. Ella piensa: “si le pasó a ella, le puede pasar a muchas más”.

Cicerón entiende eso. Más allá del cargo, son mujeres que trabajan para llevar comida, son madres de familia. Esa empatía lo vuelve cómplice del proyecto.

Cortesía Netflix

Como actor cubano trabajando en Colombia, ¿cómo lees ese cruce de identidades en el audiovisual latinoamericano? ¿Enriquece o diluye?

Yo creo que enriquece. La industria colombiana es de las más importantes y reconocidas, no solo en Latinoamérica, también a nivel mundial. Las historias están ahí y Colombia es un país muy rico en relatos: Bogotá, Medellín, Cali, el Caribe… hay mucha cotidianidad, mucho por contar. Y al final, lo que hace rica una historia es el guion.

Ahora, también hay cambios: formatos verticales, microdramas, contenido para celular. La gente vive con el teléfono en la mano y eso es competencia directa. Ahí el riesgo es que, por velocidad o exigencia de plataformas, se pierda calidad.

Entonces, ¿qué define la calidad hoy: el formato o la responsabilidad de quienes crean?

La responsabilidad. Aunque también existe la exigencia de las plataformas: “lo quiero así, por aquí”. El realizador muchas veces tiene que guiarse por el que decide arriba. Pero sí: la conciencia de hacer algo con calidad es clave.

Si miras tu carrera, ¿cuál es el hilo conductor?

La pasión por actuar. La disciplina. Y la paciencia entre proyecto y proyecto, porque a veces se demoran en llegar.

Y el compromiso: llegar al set, saludar a todo el equipo, hacer lo que toca hacerlo bien. Que no solo te lo diga el director, sino también el de luces, la maquillista, el equipo que no está “tan vinculado” al departamento creativo. Que digan: “qué chévere trabajar contigo”. Eso a mí me llena el alma.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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