Corría el año de 1981, y el mundo era testigo de hechos como la primera misión del transbordador espacial Columbia, el nacimiento de MTV, la presentación de la primera computadora personal (IBM), y la llegada de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos, siendo la primera vez que alguien del mundo del espectáculo llega a un puesto así. Y, claro, cómo no mencionar lo que se llamó “el matrimonio del siglo”, cuando más de 750 millones de personas, a través de la televisión, presenciaron el enlace entre el príncipe Carlos y Lady Di.
También fue en este año cuando Warren Adler presentaba La Guerra de los Roses, novela que lo pondría en el reflector literario y, más adelante, en el cinematográfico. Pero antes de entrar en detalle sobre las adaptaciones cinematográficas de la novela de Adler, es importante compartir el contexto en el que se crea esta historia. A principios de 1980, la tasa de divorcios en Estados Unidos alcanzó máximos históricos; este factor, que rompió el molde de años anteriores en los que el divorcio era algo mal visto —habrá que ver si realmente esa idea ha cambiado— es, en parte, la inspiración del libro. Adler contó alguna vez: “La idea de La Guerra de los Roses se me ocurrió en una cena en Washington en 1979. Una amiga nuestra salía con un abogado, quien fue su invitado a la fiesta. En un momento dado, él miró su reloj y anunció que tenía que irse a casa o su esposa lo dejaría fuera”, explicó. “Cuando le pregunté por qué, me contó que estaba en proceso de divorcio y que vivía bajo el mismo techo con su esposa, compartiendo las instalaciones. Parte del acuerdo incluía un estricto reglamento de entrada y salida y la división de las viviendas”. A partir de ese momento, Adler ya tenía su historia.
El libro narra, básicamente, la historia de Jonathan y Bárbara Rose, un matrimonio que pasa de la aparente perfección —con hijos, mascotas, éxito profesional y la casa de sus sueños— a un violento proceso de autodestrucción. Tras un infarto que sufre Jonathan, Bárbara admite que ya no lo ama y pide el divorcio, desatando una batalla legal en la que exige quedarse con la casa y todo lo que contiene. La disputa escala cuando ambos deciden seguir viviendo juntos durante el proceso, convirtiendo la convivencia en un campo de batalla marcado por sabotajes, vandalismo y violencia.
El libro de Adler se convirtió en todo un éxito y puso sobre la mesa algo que no se había planteado hasta ese momento, y no solo sobre el matrimonio: es una historia sobre cómo la avaricia, el materialismo y el egoísmo pueden minar la integridad individual y destruir el sentido común hasta el punto de llegar a la violencia. Ilustra también el efecto que tiene un conflicto matrimonial en los niños, quienes se convierten en víctimas inocentes del proceso.

Del papel a la gran pantalla
Las historias sobre matrimonios que comienzan de manera idílica y que poco a poco se desmoronan no son algo nuevo; de hecho, es un recurso usado con frecuencia en el cine. Antes de que existieran las dos versiones cinematográficas de La Guerra de los Roses —la de 1989, del mismo nombre que el libro y The Roses de 2025— existieron The Way We Were (1973) y Kramer vs. Kramer (1979). La primera, interpretada por la magnífica Barbra Streisand y el talentoso Robert Redford, y la segunda, protagonizada por una Meryl Streep que ya mostraba todo su talento actoral junto a un versátil Dustin Hoffman. Ambas cintas, además de contar con un elenco de primera, retratan una sociedad que comenzaba a mirar con recelo al matrimonio y sirven como antesala para una de las cintas más icónicas del humor negro.
Roses vs. Roses
La primera versión cinematográfica adaptada del libro de Adler fue realizada bajo el temerario ojo de Danny DeVito. Como mencionamos, este filme llega en una década interesante: muchos esquemas se estaban rompiendo, otros se redefiniendo, y especialmente el tema que trata La Guerra de los Roses chocaba con la idea estadounidense sobre la familia. Recordemos que uno de los ejemplos de matrimonios perfectos en ese momento era el del mismísimo presidente Reagan, y la película es todo lo contrario a los valores conservadores de la familia. De hecho, la cinta se estrenó en la temporada navideña, justo en la época más familiar del año. Astuto, ¿no?
Esta adaptación, a diferencia del libro, que inicia en una subasta, comienza con el abogado Gavin D’Amato, interpretado por DeVito, relatando a un cliente la historia de Oliver (Michael Douglas) y Bárbara Rose (Kathleen Turner), una pareja que pasó del romance juvenil, y la vida de ensueño en una mansión perfecta, al odio más visceral durante un divorcio imposible. La transición es gradual, y lo que comienza como una separación civilizada, acaba en un conflicto vengativo, obsesionado con el control y la posesión del único símbolo restante de su vida en común: la casa. La casa no es solo un escenario; es un personaje.
Perfectamente decorada, símbolo del ascenso social y del supuesto éxito marital, se convierte en el campo de batalla donde los Roses libran su última batlla. La casa encarna lo que ambos quieren conservar, pero sobre todo lo que se niegan a ceder al otro. No pelean por amor, ni por los hijos (ya adultos y fuera del hogar) sino por el orgullo, por el resentimiento y por el profundo deseo de no perder. Entre sabotajes, venganzas y violencia creciente, la película retrata con humor negro cómo el matrimonio puede convertirse en una tragedia absurda, concluyendo en una muerte casi shakespeariana de ambos protagonistas.

The Roses (2025)
Esta segunda adaptación llega en un tiempo completamente diferente al de su antecesora: redes sociales, inteligencia artificial, la carrera espacial liderada por Space X, guerras en Europa del Este y Oriente Medio, políticos intratables, crisis financieras, Taylor Swift se casa… quizá no termina siendo tan diferente.
Lo que sí ha cambiado son los roles de género: ahora las mujeres pueden ejercer su profesión con mayor libertad, o decidir si tienen una familia, y hay mucha más apertura sexual. Las generaciones jóvenes están más presentes, alzan la voz y luchan por lo que creen. La imagen del hombre también ha evolucionado: se les invita a ser más abiertos sobre lo que sienten y a asumir responsabilidades de cuidado. Esto nos lleva a un tema que durante muchos años se dejó de lado y que, tal vez gracias al COVID-19, ha salido más a la luz: la salud mental y cómo nuestras acciones, conscientes o inconscientes, afectan a quienes nos rodean.
La sombra de La Guerra de los Roses es inevitable, The Roses no surge en el vacío. Como ya hemos dicho, la película se inscribe en una larga tradición de obras que han explorado el matrimonio desde una perspectiva íntima y descarnada. Desde la miniserie de Ingmar Bergman Secretos de un matrimonio (1973), donde se retrata con crudeza el desgaste emocional, la comunicación fallida y los conflictos subyacentes de la vida en pareja, hasta The Story of Us (1999) de Rob Reiner, en la que Bruce Willis y Michelle Pfeiffer interpretan a un matrimonio que, tras 15 años juntos, ha perdido la complicidad que los unía. Sus diferencias —ella lógica y metódica, él idealista y caótico— los enfrentan y ponen su relación al borde del colapso.
En Husbands and Wives (1992), Woody Allen escribe, dirige y protagoniza la historia de dos matrimonios amigos: cuando una de las parejas anuncia su separación, comienzan nuevas relaciones atravesadas por celos y desencuentros, mientras que la pareja que se mantenía unida termina rompiéndose de forma definitiva, dejando al personaje de Allen en una búsqueda personal sin respuestas. Y más recientemente, Marriage Story (2019) que llevó el género a un punto álgido con Adam Driver y Scarlett Johansson en dos de las actuaciones más poderosas de sus carreras. La cinta muestra cómo un director de teatro y su esposa actriz atraviesan un divorcio que los lleva al límite, revelando con precisión cómo el quiebre conyugal puede arrasar con todo lo que en algún momento se construyó con amor.
Cada una refleja su época, sus conflictos de género y las tensiones de pareja; The Roses continúa esa exploración, adaptándola a los desafíos y libertades de nuestra época. Con Benedict Cumberbatch y Olivia Colman al frente, la cinta se centra en las dinámicas de poder, los resentimientos profesionales y los gestos cotidianos convertidos en armas emocionales. El resultado es elegante, sostenido por dos interpretaciones brillantes, aunque menos arriesgado que el original. La sátira da paso a la introspección y, aunque se admira la precisión y el pulso dramático, se extraña la intensidad devastadora de la versión de DeVito.
Si has visto la primera adaptación cinematográfica de Adler y esperas el mismo desenlace belicista, quizá esta nueva versión te sorprenda. Si bien sí hay una batalla final, esta no es de odio: es entre una pareja que conoce los errores de su relación, reconoce la luz y la oscuridad de cada uno, y admite que juntos se hacen daño, pero no podrían vivir el uno sin el otro. Es una batalla para mantener su amor. En los tres formatos de la historia —el libro y las dos películas— los Rose luchan por la casa; los hijos se han ido, algunas pertenencias se han perdido —incluida una maravillosa lámpara—, y aún así, nada tiene tanto valor como la casa, el único objeto que construyeron juntos y que fue testigo del inicio y del fin.
En la versión de 1989, el personaje de DeVito le dice al de Douglas: “En esto no hay victoria. Solo se trata de grados de derrota”. Con esto en mente, podemos decir que ambas adaptaciones cinematográficas del libro reflejan la sociedad en la que se estrenaron; ninguna supera a la otra, y a su manera, ambas son buenas. La de 1989 ofrece un desenlace catártico tras la intensa “guerra” previa, invitando a replantearse el matrimonio y el divorcio: ¿de verdad lo vale? La de 2025 permite explorar los conflictos internos de la pareja y empatizar con ambos; su final es agridulce y mantiene la duda de “qué hubiera pasado si…”.
Así que, si quieres reír, ve las películas; si quieres sentir suspenso, también. Al final, las batallas más épicas de la historia no terminan con el último disparo ni con la firma de un tratado: terminan cuando alguien las cuenta. Y ahí, entre sangre y gloria, la historia se convierte en espectáculo.