El bogotano David Bohórquez, formado en diseño gráfico y dirección cinematográfica, ha desarrollado una carrera que cruza el cine de género, el videoclip y el documental. Reconocido por largometrajes como Demental (2014), Calibán (2019), Diavlo (2020), La desaparición de Sofía (2021) y ahora con Nota de voz (2025), Bohórquez se ha posicionado como una de las voces más constantes del suspenso y el terror en el cine colombiano contemporáneo.
¿En qué momento decide que el cine iba a ser su camino?
Desde muy joven tuve claro que quería contar historias con imágenes. Empecé desde el diseño gráfico, que me ayudó a entender la composición y la estética, pero el cine apareció como una necesidad más grande: movimiento, sonido, emoción. Cuando estudié dirección en Nueva York confirmé que ese era el lugar donde podía unir todo.

Su formación comenzó fuera del país. ¿Qué le dejó esa experiencia?
Me dio disciplina y perspectiva. Estar en otro contexto te obliga a cuestionarte todo, desde cómo se cuenta una historia hasta cómo se produce. También entendí que no hay una sola forma correcta de hacer cine, y que uno debe encontrar su propia voz, incluso cuando vuelve a casa.

Antes de sus largometrajes trabajó en videoclips y documentales. ¿Cómo influyó eso en su lenguaje cinematográfico?
Muchísimo. El videoclip me enseñó a narrar con economía y ritmo, a pensar en imágenes fuertes en poco tiempo. El documental, en cambio, me conectó con la realidad, con personas reales. Creo que esa mezcla está presente en mis películas, incluso en las de terror.
El suspenso y el terror son constantes en su filmografía. ¿Qué le atrae de estos géneros?
Son géneros que permiten hablar de miedos muy humanos. No se trata solo de asustar, sino de explorar lo que no queremos ver: la culpa, la violencia, la mente. Además, en Latinoamérica todavía hay mucho terreno por explorar en este tipo de cine.
Demental fue su ópera prima. ¿Qué recuerda de ese primer largometraje?
Fue un aprendizaje puro. Hacer una primera película es enfrentarse a todos los errores posibles. Pero también fue una declaración de intenciones: quería hacer cine de suspenso sin pedir permiso, con los recursos que tenía.

La desaparición de Sofía y Nota de voz muestran una evolución clara. ¿Cómo ve su propio crecimiento como director?
Con más conciencia. Hoy pienso más en los personajes, en el subtexto, en el equipo. Antes estaba muy concentrado en sacar la película adelante; ahora me interesa más cómo cada decisión dialoga con la historia.
¿Qué tan difícil es hacer cine de género en Colombia?
Es difícil, pero no imposible. A veces hay prejuicios, se piensa que el terror o el suspenso no son “cine serio”. Pero el público responde, y eso demuestra que hay espacio para otras narrativas.
¿Qué busca provocar en el espectador?
Que no salga igual que como entró. No necesariamente con respuestas, pero sí con preguntas. Si la película se queda rondando en la cabeza, ya cumplió su función.
¿En qué está trabajando actualmente?
Estoy desarrollando nuevos proyectos, algunos siguen en el suspenso y otros se mueven hacia terrenos más íntimos. Me interesa seguir explorando, no repetirme.
¿Qué consejo le daría a los nuevos realizadores?
Que filmen. Que no esperen el momento perfecto. El cine se aprende haciéndolo, equivocándose y volviendo a intentar.
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