Laura Mora, la reconocida directora colombiana de filmes como Matar a Jesús y Los reyes del mundo, se enfrentó a uno de los mayores desafíos de su carrera: adaptar la obra maestra de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, a la pantalla junto a Álex García López. Con una mirada sensible, Mora y García López honran la complejidad de los personajes y las temáticas universales de la novela, mientras que aportó una perspectiva femenina y fresca a esta monumental tarea.
Hablamos con Mora sobre su trayectoria y la enorme presión que implica adaptar en una miniserie de 16 episodios dividida en dos temporadas de 8 capítulos, la que es considerada por muchos la obra literaria más importante del siglo XX:
Quisiera comenzar preguntándote algo que me intriga. Muchos consideran que tu ópera prima es Matar a Jesús, pero antes de esa película dirigiste Antes del fuego. Me parece un proyecto fascinante, sobre todo porque aborda un tema tan potente como el Palacio de Justicia. ¿Cuál consideras que fue tu verdadera ópera prima y cómo fue tu experiencia con Antes del fuego?
LM: Esa es una pregunta interesante porque tengo una relación muy conflictiva con Antes del fuego. No la considero parte de mi cuerpo de trabajo autoral ni como mi ópera prima. Inicialmente, no estaba pensada para ser una película de cine, sino una película que se emitiría en televisión. Para mí, Matar a Jesús siempre fue mi ópera prima, la película en la que deposité todo mi esfuerzo y visión como cineasta.
Cuando Antes del fuego se decidió lanzar en salas de cine, fue un proceso muy fuerte para mí porque no tuve el control sobre las decisiones finales. Muchas de esas decisiones no reflejaron lo que yo hubiera deseado para la obra, y eso es algo que me distanció emocionalmente del proyecto.
Entiendo. Sin embargo, Antes del fuego aborda un tema crucial en la historia de Colombia, el Palacio de Justicia. ¿Cómo fue trabajar en un proyecto con ese trasfondo histórico?
LM: Sin duda, el Palacio de Justicia es uno de los eventos políticos que más me apasionan y que creo que marcó un antes y un después en la historia de nuestro país. Estudiarlo, sumergirme en esa parte de nuestra memoria y trabajar con los actores fue una experiencia increíble. Pero, como mencioné, las decisiones finales sobre la película no siempre estuvieron en mis manos, y por eso no la siento como una obra completamente mía.

Eso deja muy claro tu perspectiva. Ahora, hablando de Matar a Jesús y Los reyes del mundo, encuentro en ambas películas una conexión profunda con un cine que explora la realidad desde lo humano y lo visceral.
LM: Totalmente. Ambos proyectos nacen desde una necesidad personal de narrar historias que me atraviesan, historias que reflejan nuestra compleja realidad. Matar a Jesús es un proyecto profundamente íntimo, mientras que Los reyes del mundo amplía esa mirada hacia un grupo de jóvenes que buscan un lugar en el mundo. Pero siempre hay un hilo conductor: contar la vida desde la autenticidad y la crudeza de nuestras experiencias.
Laura, al ver Matar a Jesús y Los reyes del mundo, encontré una conexión muy cercana con el cine de Víctor Gaviria. Me pregunto si es una percepción personal o si existe realmente un vínculo entre tu trabajo y el de él.
LM: No es solo tu percepción, es algo absolutamente real. Víctor Gaviria tuvo un impacto profundo en mi vida y en mi carrera. Cuando tenía 13 o 14 años, vi Rodrigo D: No futuro por primera vez, en una copia de mala calidad, ni siquiera recuerdo si era Beta o VHS. Ese momento fue transformador para mí. Más adelante, cuando vi La vendedora de rosas, la conexión se hizo aún más fuerte.
Hoy tengo la fortuna inmensa de contar a Víctor como uno de mis grandes amigos. Atesoro recuerdos como el día en que me acompañó al set de Los reyes del mundo. Fue uno de los momentos más significativos de mi vida profesional. Siempre digo que Víctor me mostró el camino a casa, porque mi casa es el cine, y él, sin saberlo, me guió hacia ese destino.
Cuando vi a Rodrigo D por primera vez, su potencia visual y su mirada tan auténtica hacia la realidad que yo también vivía en Medellín me hicieron comprender que eso era lo que quería hacer. Ese universo, esa crudeza, me revelaron que el cine podía capturar el mundo de una forma visceral y verdadera.
Además, mi inspiración no se limita al trabajo de Víctor. También me marcaron profundamente las películas de Pier Paolo Pasolini y el neorrealismo italiano. Entre todas estas influencias, me di cuenta de que no podía huir de mi destino como cineasta. Así que sí, si ves algo de Víctor Gaviria en mi trabajo, está ahí. Es una influencia que llevo conmigo, tanto en lo personal como en lo artístico.

Laura, al ver tu cine, noto dos aspectos que considero esenciales en tu obra. Por un lado, veo una fuerte herencia teatral, especialmente en el manejo de los actores, lo que me parece uno de tus grandes talentos. Por otro lado, tus películas abordan con profundidad el tema de la violencia en Colombia, un asunto que suele generar debate, pues hay quienes critican que el cine colombiano insiste en retratar nuestra violencia. Sin embargo, pienso que vivimos en un país marcado por ella y que es importante hablar del tema. ¿Cómo abordas estas dos vertientes en tu trabajo: el enfoque en los actores y la reflexión sobre la violencia?
LM: En cuanto a los actores, el trabajo con ellos es algo que disfruto profundamente. En mis dos películas, Matar a Jesús y Los reyes del mundo, he trabajado principalmente con actores no profesionales, y ese proceso siempre ha sido fascinante. Colaboro con una coach de actores increíble, quien también está trabajando conmigo en la adaptación de Cien años de soledad. Nuestro enfoque implica ensayos muy intensos, en los que tratamos de dar vida a personajes que he escrito desde lo más profundo. Buscamos traer el realismo de esos cuerpos y esas historias a la pantalla, para que se sientan auténticos.
He estudiado mucho sobre cómo trabajar con actores, pero al final creo que lo esencial es generar un espacio de amor y confianza. Es en ese espacio donde ocurre la magia creativa. No hay más secreto que ese: permitirles sentirse seguros para explorar y construir.
En cuanto a la violencia, es un tema que me atraviesa de manera personal y artística. Crecí en una Medellín muy violenta, una ciudad que llegó a ser considerada la más violenta del mundo. Esa fue la realidad que me tocó vivir y, como cineasta, creo que las artes son el lugar que he elegido para sublimar y reflexionar sobre esa violencia.
La muerte de mi padre, quien fue asesinado en 2002 cuando yo tenía 21 años, es una experiencia que marcó profundamente mi visión del mundo y, por ende, mi cine. Entiendo que hay quienes critican que el cine colombiano insista en hablar de la violencia, pero creo que eso refleja la dificultad de nuestra sociedad para mirarse a sí misma y reflexionar sobre sus propias heridas.
El cine, como las artes y la literatura, tiene la capacidad de enfrentarnos a nuestra oscuridad y a esos fantasmas colectivos. Creo que esa confrontación podría ayudarnos a construir una sociedad más sensible. Sin embargo, en Colombia, esa introspección parece asustarnos. Incluso en un proyecto como Cien años de soledad, hay quienes no reflexionan sobre el carácter profundamente político de la obra de García Márquez.

Tu mención de Cien años de soledad y la conexión con la violencia como un eje narrativo me lleva a pensar en el neorrealismo. Víctor Gaviria alguna vez comentó que su cine es neorrealista, y creo que el tuyo también tiene mucho de eso, aunque con un matiz de realismo mágico. ¿Coincides con esa idea?
LM: Totalmente. Mi cine es profundamente realista, pero también me interesa explorar ese componente mágico y poético que está en nuestras vidas y en nuestra cultura. Es un equilibrio entre el realismo crudo y esa chispa de magia que nos permite soñar, a pesar de la dureza de nuestra realidad.
Laura, además de ser periodista, también soy psicólogo, y al ver la serie pensé que debió haber sido un desafío enorme para ustedes, como directores, asumir un proyecto de esta magnitud. ¿Sentiste la presión de trabajar con la obra cumbre de Gabriel García Márquez?
LM: Definitivamente hay una presión, pero en mi caso no era tanto por el mundo externo, sino por la inmensidad de la obra misma. Para mí, Cien años de soledad es un texto monumental, y me acerqué a él con muchísima humildad. Siempre digo que me rendí ante la obra porque es más grande que todos nosotros. Aceptar el reto de trasladar esta historia a un lenguaje tan distinto como el audiovisual fue un acto de entrega y, de alguna manera, de libertad creativa a pesar de la presión.
Sin embargo, hay algo que no podemos controlar: lo que sucederá cuando la serie llegue al público. Una vez que proyectas una película o una serie, deja de pertenecerte. Lo que sí puedo decir es que hemos sido rigurosos, amorosos y disciplinados. Ahora mismo seguimos rodando la segunda temporada, y este proyecto sigue siendo una experiencia única y profundamente poética para todos los que estamos involucrados.
Esta es una obra que se ha analizado y escrito mucho sobre ella. Desde tu perspectiva personal, ¿de qué trata Cien años de soledad?
LM: Para mí, Cien años de soledad es la historia de la humanidad contada desde este lado del mundo. Es tan trágica, épica, misteriosa, absurda y ridícula como la humanidad misma. Gabriel García Márquez logró contar los grandes conflictos de Colombia y América Latina del siglo XIX y XX sin dar nombres, fechas exactas o una cronología precisa. Sin embargo, nos cuenta absolutamente todo.
Lo que más me impacta es cómo la obra celebra la vida mientras condena el mundo. Esa contradicción resuena profundamente conmigo. Yo hago cine porque amo la vida, aunque el mundo me parezca un lugar difícil. En Cien años de soledad, encuentro esa misma dualidad, y creo que es un insumo poético poderoso para crear imágenes.

Viendo la serie, encontré una conexión con la tragedia griega en los arquetipos de los personajes, sus relaciones épicas, los conflictos familiares, y la relación con el poder y la justicia. ¿Estarías de acuerdo con esta percepción?
LM: Sí, definitivamente. Creo que Cien años de soledad es nuestra tragedia griega. Los arquetipos y las relaciones que plantea son tan universales y profundas que trascienden nuestras fronteras. Esa complejidad es lo que la mantiene vigente, porque explora la naturaleza humana en todas sus dimensiones: en la familia, en la sociedad y en el poder.
Laura, quisiera hablar sobre tu perspectiva en esta miniserie, que se basa en un libro que aborda mucho el machismo, pero que considero profundamente femenino. Creo que es una de las obras más femeninas de Gabriel García Márquez ¿Qué piensas de esta exaltación de la mujer y su lugar en la familia y la sociedad que se refleja en el libro?
LM: Totalmente de acuerdo. Creo que en Cien años de soledad hay una clara exaltación de la mujer y del lugar que ocupa tanto en la familia como en la sociedad. Úrsula es, sin duda, el pilar fundamental de la historia, una figura que sostiene todo a su alrededor. Personajes como Amaranta, Rebeca y Pilar Ternera son fascinantes por su complejidad, y reflejan muy bien aspectos esenciales de nuestra cultura y sociedad.
En cuanto al momento actual del cine, me emociona profundamente lo que está ocurriendo con las mujeres directoras. Es un tiempo emocionante y prometedor. Cuando miro a mi alrededor, veo una generación increíble de directoras colombianas que están haciendo un trabajo extraordinario. Solo este año, por ejemplo, se han estrenado películas como Malta de Natalia Santa, quien es además la jefa de escritores de esta serie, y La piel en primavera de Jennifer Uribe. También vienen nuevos proyectos como la primera película de ficción de Daniela Abad, que es mi amiga y socia, y la segunda película de Catalina Arroyave…
El cine colombiano está lleno de directoras talentosas que están aportando miradas frescas y necesarias sobre quiénes somos como sociedad. Estoy convencida de que estas perspectivas enriquecerán enormemente nuestra cinematografía.

Por último, ¿crees que estamos viendo una tendencia en el cine y la televisión iberoamericana de adaptar grandes obras literarias como Pedro Páramo, La vorágine, Como agua para chocolate, o incluso La casa de los espíritus?
LM: No sé si llamarlo una tendencia, pero ciertamente es curioso que coincidan estas adaptaciones. Es un proceso arriesgado y complejo, porque llevar grandes obras literarias al audiovisual no es tarea fácil. Hay una especie de “tiranía de la imagen” que se impone. Por ejemplo, cuando alguien busca Macondo en Google, aparecerá el Macondo que construimos para la serie, y cuando busquen al coronel Aureliano Buendía, aparecerá la cara de Claudio Cataño.
Hemos tratado de ser justos con la obra, pero soy consciente de que la imagen puede condicionar la percepción. Mi esperanza es que esto no elimine la experiencia del libro, sino que, por el contrario, despierte curiosidad en nuevas generaciones. Rodrigo García ha insistido mucho en que la serie y el libro son complementarios, y estoy de acuerdo con esa visión.
Si logramos transmitir un poco de la belleza del libro y generar interés en su lectura, me sentiré satisfecha. Al final, creo que este tipo de proyectos deben ser un puente hacia la literatura, y espero que así sea.
Muchas gracias, Laura.
LM: A ti, muchas gracias.