Acaba de concluir el primer fin de semana de una edición más de Coachella y, sin duda, el momento más comentado fue la presentación de Justin Bieber. Después de una pequeña serie de conciertos, el artista canadiense llegó al desierto para cerrar el escenario principal el día sábado. Muchos esperaban una producción grandilocuente, pero Bieber optó por presentar algo distinto.
A diferencia de Sabrina Carpenter y Karol G, cuyas presentaciones parecieron espectáculos de Broadway, Justin Bieber decidió entregar un show minimalista, donde él fue el centro de todo. No intentó entretener a la audiencia con coreografías complicadas y visuales impresionantes, sino que prefirió mostrarle al público un lado de su proyecto mucho menos cuidado y, hasta cierto punto, desinteresado.
El concierto inició con el cantante interpretando temas de sus discos más recientes, pertenecientes al universo de SWAG. Y entender el contexto de esta nueva etapa artística de Justin es clave para comprender las decisiones que tomó en torno a su presentación en Coachella. Ambas partes del proyecto muestran una versión del canadiense mucho más relajada y despreocupada, en la que deja atrás las implicaciones y banalidades de la fama para enfocarse en su familia — Bieber se convirtió en papá en 2024. Esto no solo se demuestra en su lírica, sino también en los sonidos que explora, dejando de lado el llamativo estilo pop para abordar géneros como el R&B y gospel.
Para su show, Justin Bieber cantó sobre las bases de sus canciones. No hubo músicos, salvo en el pequeño set acústico. El escenario estaba prácticamente vacío, sin distracciones, como si Bieber quisiera que únicamente lo vieras a él, lo cual contrastaba con una marea de gente que observaba el espectáculo con intriga. Muchos trataron su decisión como una falta de respeto no solo al público, sino también al festival, el cual había desembolsado $10 millones de dólares por tenerlo como acto estelar, lo que lo convirtió en el artista mejor pagado en la historia del evento.

Estas diferencias no solo se vieron en la escenografía, sino también en su vestuario. A diferencia de las deslumbrantes prendas que utilizaron Sabrina Carpenter y Karol, G, Justin Bieber optó por un atuendo modesto, protagonizado por una sudadera roja que le tapaba el rostro. Debajo de ella no había mucho más que una camiseta que permitía ver algunos los tatuajes que ha ido acumulando con el paso de los años.
Si bien el show fue minimalista, no hay nada que se le pueda criticar al desempeño vocal de Justin, quien de inicio a fin demostró porqué fue una de las voces más importantes de su generación.
Pese a la naturaleza de la presentación, esta no estuvo exenta de sorpresas. Para inaugurar la sección en el escenario secundario, el artista tuvo como invitado a The Kid LAROI, con quien interpretó ‘STAY’, colaboración entre ambos que fue sumamente popular a mediados de la pandemia. Justo después de la aparición del australiano, dio inicio un pequeño set acústico. Aquí encontramos uno de los problemas del show y es que fueron una serie de canciones que simplemente no sonaron bien, siendo completamente opacadas por la voz del cantante.
Una vez concluyó la sección acústica y los músicos abandonaron el escenario, comenzó el momento más esperado —y a la vez comentado— de todo el concierto, aunque tal vez no sucedió como la mayoría lo imaginaban. Justin Bieber regresó al escenario principal para interpretar las canciones clásicas que lo convirtieron en una estrella del pop. Sin embargo, esto no sucedió de la forma tradicional, sino que vio al artista reproducir los temas directamente desde YouTube utilizando nada más que una laptop y cantando por encima. Cabe resaltar que ninguno fue reproducido en su totalidad. En esta sección, Justin también mostró algunos videos graciosos de su pasado, como si se estuviera burlando de sí mismo, pero no desde el resentimiento, sino desde la paz.

Hay que recordar que Justin Bieber no solo comenzó su camino en la industria musical cuando apenas era un adolescente, sino que se convirtió en una figura de talla internacional. No es un secreto que una exposición como esta a tan temprana edad puede afectar duramente a un artista, y Bieber no es el único que lo experimentó. De hecho, muchas de las canciones que formaron parte de esta etapa no habían sido interpretadas frente a un público en años. Parecía que compartirlas nuevamente frente a una audiencia —y más una tan grande como la de Coachella— era una forma de hacer las paces con aquello que vivió; tal vez no olvidarlo, pero sí verlo con ojos distintos.
Muchos podrían decir que esta decisión no es únicamente narrativa, sino también estratégica, ya que el artista vendió los derechos de su catálogo por $200 millones de dólares en 2023. Este acuerdo incluía algunas de sus canciones más icónicas, como ‘Baby’ y ‘Sorry’. Sin embargo, únicamente afectaría las intenciones de Bieber de continuar lucrando con estos temas. Esto significa que aún puede interpretarlas en vivo de forma íntegra y sin necesidad de pagar regalías. Así que fue una decisión tomada desde la visión artística y no económica.
A pesar de que muchos comentarios en redes sociales mencionan que “esperaban más del espectáculo de Justin Bieber”, lo cierto es que no es la primera vez que da una presentación de este estilo. Tan solo hay que retroceder unas cuantas semanas a la entrega más reciente de los Premios Grammy, donde interpretó su canción ‘YUKON’. Al igual que en Coachella, la escenografía fue minimalista, su vestimenta fue modesta y el foco de atención fueron él y sus canciones.
¿Valió la pena la presentación de Justin Bieber? Eso dependerá de cada quien. Pero llamarla “fuera de lugar” o simplemente “mala” parece incorrecto considerando el contexto. La música y la narrativa que componen su actual etapa artística justifican un espectáculo como este. Estamos frente a un Justin Bieber para quien la industria musical ya no es relevante y presentaciones como esa lo demuestran. No se trata de presentar un show que agrade a la mayoría y que atienda a las masas, sino de regalar algo íntimo y sincero.