Crítica: The Bear (Cuarta temporada)

Jeremy Allen White, Ayo Edebiri y Ebon Moss-Bachrach regresan con una nueva serie de episodios en los que el equipo se apresura para sacar adelante el restaurante, antes de que se acabe el dinero.

Por ANGIE HAN |

junio 27, 2025

11:54 am

Chuck Hodes / FX Networks

El tiempo es una fuerza implacable en The Bear (FX/Hulu); avanza sin descanso, sin importar cuánto se esfuercen los personajes por ignorarlo o ralentizarlo. Las alarmas matutinas sacan a los empleados con los ojos somnolientos de la cama. Los temporizadores de cocina miden su trabajo al milisegundo. Un cartel que dice: “Cada segundo cuenta”, funciona tanto como inspiración como advertencia, mientras que, cerca de ahí, un reloj gigante marca la cuenta regresiva hasta que el restaurante se quede oficialmente sin dinero; al inicio de la cuarta temporada, está fijado en 1,440 horas, o aproximadamente dos meses. 

Pero aunque el tiempo sigue avanzando, el impulso no está obligado a acompañarlo. Mientras The Bear antes parecía casi demasiado inquieta —explotando de estrés y alimentándose del caos, ansiosa por desafiar y sorprender—, la temporada más reciente tiene el aire de una serie agotada por el esfuerzo de superarse a sí misma. En lugar de avanzar o profundizar, se repliega en territorio conocido, mientras se prepara, tal vez, para llegar a su final definitivo. 

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Hasta qué punto esa sensación de agotamiento proviene del creador Christopher Storer y su equipo, y hasta qué punto simplemente refleja a su protagonista, Carmy (Jeremy Allen White, continuamente excelente); es difícil de decir. Tal vez no importe, considerando que la serie siempre se ha identificado tan estrechamente con la psicología de Carmy y que, como espectadores, de cualquier forma estamos inmersos en esa vibra. 

Después de pasar gran parte de la tercera temporada tratando de convencerse de que no está atrapado en una rutina, Carmy comienza la cuarta temporada quedándose dormido con Groundhog Day (El día de la marmota) y sintiéndose profundamente identificado con frases como: “¿Qué harías si estuvieras atrapado en un lugar, y cada día fuera exactamente igual, y nada de lo que hicieras importara?”. 

Sigue enojado y de luto, aún propenso al autosabotaje y la autodestrucción, y está cada vez más desesperado por romper los ciclos que lo han mantenido atrapado ahí. Si resulta tentador murmurar: “¿Otra vez esto?” cuando Carmy repasa sus sentimientos de culpa por la muerte de su hermano mayor, Mikey (Jon Bernthal), o promete que esta vez sí va a cambiar — de verdad, ahora sí —, es fácil empatizar con lo agotador que deber ser para él volver a encontrarse en ese mismo lugar, y con lo imposible que puede ser superar nuestras heridas más profunda. 

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Y uno puede reconocer que, hasta cierto punto, la familiaridad es algo que se espera, e incluso, es bien recibida en una serie tan querida que ya va por su cuarta temporada. Si el año pasado fue el equivalente al “menú del caos” de The Bear, repleto de ingredientes llamativos en combinaciones experimentales, esta temporada es la selección más depurada que Carmy finalmente acepta consolidar: favoritos confiables, reducidos a sus componentes más esenciales. Reconforta reencontrarse con el bullicioso equipo con el que ya hemos compartido tantas horas emocionantes, sumergirse de nuevo en su dinámica profesional y sus gritos poco profesiones, y caer en el ritmo de la ecléctica y genial banda sonora, curada por Storer y el productor/supervisor musical, Josh Senior.

Ya sabemos que podemos esperar con ansias el episodio con todas las estrellas invitadas, esta vez más largo, lleno de celebridades, con 69 minutos de duración y la aparición especial de la ganadora del Óscar, Brie Larson. También anticipamos el episodio centrado en un personaje fuera de Carmy, en este caso, una pequeña joya de media hora que sigue a Syd (Ayo Edebiri) en su día libre, cuando visita a su prima Chantel (Danielle Deadwyler) para que le trence el cabello y termina creando un vínculo con la hija preadolescente de Chantel, TJ (Arion King). 

Aunque es agradable regresar, también es difícil no notar cierta sensación de estancamiento, como si la incapacidad de Carmy para avanzar significara que nadie más puede hacerlo.

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La mirada a la vida personal de Syd es bienvenida, pero ella pasa la temporada dudando sobre la misma decisión que se le presentó en la temporada pasada: si aceptar o no una oferta de trabajo de un chef rival (Adam Shapiro). Richie (Ebon Moss-Bachrach) sigue aferrado al restaurante como su propósito en la vida, y se queja de que su ex (Gillian Jacobs) se va a casar. Natalie (Abby Elliott) todavía alterna entre fruncir el ceño frente a las hojas de cálculo y rogarle a Carmy que le importe su bebé recién nacido. Y Tina (Liza Colón-Zayas) simplemente cocina el mismo plato de pasta una y otra vez, intentando ahorrar segundos en la preparación.

Mientras tanto, la chispa que iluminaba las primeras temporadas se ha atenuado notablemente. Aunque el equipo trabaja duro para que el presupuesto vuelva a estar en números positivos, no hay ni un solo episodio tan deliciosamente tenso como “Review” de la primera temporada, “Fishes”de la segunda, o “Next” de la tercera. Richie sigue predicando el evangelio de la hospitalidad irracional (e incluso logra una falsa tormenta de nieve para unos visitantes), pero la relación que The Bear solía tener con sus clientes, con la comunidad de Chicago o con el mundo de la alta cocina, ahora se siente distante y teórica, a medida que la serie se vuelve cada vez más introspectiva. 

Ni siquiera los placeres gastronómicos de la serie son inmunes a la anhedonia que se va infiltrando. “Todos nuestros buenos recuerdos suceden en restaurantes”, le dice Carmy a Mikey en un flashback inicial; la palabra clave ahí es “recuerdos”. En el presente, las escenas en las que los personajes disfrutan genuinamente de la comida —preparándola, comiéndola, imaginando nuevas versiones— se han vuelto escasas. Sigue siendo el principal lenguaje del amor para Carmy, como se ve en la sonrisa de aprobación que le dedica a Marcus (Lionel Boyce) por un nuevo postre, o en el plato de pollo al estilo French Laundry que le ofrece a su madre como un gesto de reconciliación. Pero resulta significativo que la cámara no se detenga en el proceso de preparación del plato, ni en el momento en el que ella lo prueba. 

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El elenco de The Bear se ha vuelto más amplio y complejo con el paso del tiempo, con nuevas incorporaciones al equipo como la food runner Jess (Sarah Ramos) y el aprendiz Luca (Will Poulter). Y la serie se ha permitido desvíos ocasionales hacia otras perspectivas; por ejemplo, aún vemos a Syd encontrar una discreta satisfacción al preparar un Hamburger Helper para una hambrienta TJ, porque ella, a diferencia de Carmy, todavía no está emocionalmente muerta por dentro.

Pero siempre han sido los estados de ánimo de Carmy los que marcan el tono principal, y su mentalidad la que define los temas. En esta temporada, tantos personajes distintos conversan sobre cómo, en el fondo, todos estamos ansiosos, asustados o nos despreciamos a nosotros mismos, como Carmy. Uno empieza a preguntarse: ¿De verdad? ¿No hay otras obsesiones, miedos, deseos o impulsos que valga la pena explorar? ¿La extrema empatía hacia él tiene que darse a costa de no desarrollar más otras tramas prometedoras, como la búsqueda de perfección de Tina, la pasión de Marcus por su oficio, o incluso la adorable química coqueta entre Richie y Jess, o Syd y Luca? ¿Aún queda algún rincón más por explorar en el dolor de Carmy?

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Al final de la temporada, parece que incluso Carmy está agotado de ser Carmy. “No tengo nada de dónde sacar”, admite, suplicándole a Syd que lo entienda. El Carmy que antes gobernaba The Bear con un puño de hierro, lleno de reglas inquebrantables, ahora quiere intentar soltar el control. El Carmy que ha entregado toda su vida a este arte se pregunta si acaso ha dejado de amarlo. El Carmy tan cegado por su dolor que no podía ver cómo ese dolor se le había contagiado a los demás, finalmente se da cuenta de que los otros también están sufriendo.

El Carmy que una vez se encerró a sí mismo en la cámara frigorífica parece creer, al fin, que ha encontrado una forma de abrir la puerta, para escapar o para dejar entrar a los demás, antes de que se acabe el tiempo y quede congelado para siempre. En un giro digno del manual de Ted Lasso, la cuarta temporada termina con una nota que podría marcar el final de todo o un giro hacia una nueva narrativa menos centrada en Carmy, o simplemente una breve pausa antes de que todo siga como siempre. Si la serie continúa, esperemos que vuelva a tomar el ejemplo de su protagonista, una vez más, y considere que The Bear podría ser mucho más grande que un solo hombre. 

ANGIE HAN

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