Benicio Del Toro sobre su conexión con Leo, Paul Thomas Anderson y su primera nominación al Óscar en décadas

La potencia silenciosa de Hollywood habla sobre “intentar disfrutar” su primera nominación al Óscar en dos décadas y el gran trauma de su infancia en el que piensa todos los días

Por SETH ABRAMOVITCH |

marzo 11, 2026

10:00 am

Benicio Del Toro fue fotografiado el 13 de febrero en Beverly Hills.

Directora artística y de moda: Alison Edmond. Traje y camisa: Todd Snyder; corbata: Lardini; botas: Doucal’s; joyería: Del Toro. Fotografía: Myles Hendrik; maquillaje y peinado: Diana Schmidtke.

“Encuéntralo en la entrada del lobby a la 1 p.m. Lo reconocerás :)” 

Esa es la única instrucción.

A la 1 p.m., Benicio Del Toro deambula, con cierta vacilación, por el Peninsula Beverly Hills. No lleva séquito. Viste un cortavientos negro, una gorra de los Oakland A’s calada sobre el cabello revuelto y esos famosos ojos somnolientos. Con su metro ochenta y ocho, es una presencia imposible de pasar por alto en este vestíbulo dorado. Aunque, claro, es Benicio Del Toro. Sería imposible no verlo ni en medio de una tormenta de nieve. 

Recorre con la mirada el lobby bañado por el sol: señoras de sociedad con trajes Chanel mordisqueando sándwiches de pepino, una arpista flotando entre las mesas del té de la tarde. Luego se desvía hacia un bar tenue, revestido de madera, y se desliza en un reservado.

“Tomaré una cerveza ligera”, le digo al mesero. 

Del Toro no pide cerveza, dejando mi broma de “unas cuantas cervecitas” —una referencia a una de las frases más célebres de su personaje en Una batalla tras otra— completamente en el aire. Pide un espresso y me lanza una mirada de leve preocupación.

“¿Una cerveza? ¿A la una de la tarde?”. Sus ojos recorren la sala. “¿Cuánto va a durar esta entrevista, por cierto?”. 

“¿Disfrutas hacer entrevistas?”, le pregunto. 

“No mucho”. 

No lo dice desde la hostilidad. Una vez que algo queda registrado, explica, las palabras se desprenden de su contexto. Para siempre. “A veces lo lees o lo ves y piensas: ‘Bueno, eso no es realmente lo que quise decir”, afirma. “Te sacude un poco. Se vuelve…permanente”.

Del Toro es venerado por una suerte de coalición informal de los creativos más respetados de Hollywood: Scorsese. DiCaprio. Penn. Anderson (Paul y Wes). Soderbergh. Villeneuve. A pesar de esa reputación descomunal, Del Toro se resiste a las etiquetas fáciles. Sus colaboradores describen su talento como algo más cercano a un superpoder. La fuerza de su presencia logra curvar las escenas a su alrededor —incluso, películas enteras— sin que tenga que alzar la voz. 

Sean Penn, quien comparte créditos con Del Toro en Una batalla tras otra, lo conoció cuando era un veinteañero de mejillas aún juveniles recién llegado a Los Ángeles desde su natal Puerto Rico. Recuerda que, de inmediato, quiso saber qué estaba ocurriendo “detrás de esos ojos”. Sobre la imaginación expansiva de Del Toro, Penn dice que funciona “en mayúsculas. Sabes que vas a obtener lo que necesitas, pero no tienes idea de lo que será”. 

En Del Toro, esa imprevisibilidad nunca se manifiesta como una extravagancia. Sus interpretaciones rara vez son estridentes. Su mayor virtud es robarse las escenas en silencio, sin necesidad de sobreactuar. 

Saltó a la fama a los 28 interpretando a un estafador de dicción pastosa en The Usual Suspects (1995). A los 59, sigue cautivando al público con sus creaciones humanas idiosincráticas. Ahí está el Sensei, el personaje que encarna en Una batalla tras otras, la épica de Paul Thomas Anderson sobre la opresión militarizada, la lucha y la insensatez de la revolución, y el instinto de proteger a los más vulnerables. Es un papel de registro bajo, que ha colocado a Del Toro, para su propia sorpresa, en el centro de la conversación de premios.

“Es extraño”, dice Del Toro sobre la atención que ha seguido al estreno mundial del 8 de septiembre. La película está nominada en 13 categorías del Óscar, entre ellas, mejor película y mejor actor de reparto para Del Toro y Penn. La última vez que Del Toro fue nominado a los Premios de la Academia fue hace más de dos décadas, por 21 gramos. Tres años antes, se llevó el premio a mejor actor de reparto por Tráfico

Traje y camisa: Hermes; corbata: Paul Smith; joyería: Del Toro. Fotografía: Myles Hendrik.

Insiste en que llegó a Una batalla tras otra con expectativas modestas. “Estoy en la película durante un tiempo limitado”, señala. “Entré para llevar a Leo del punto A al punto D”.

“Es un honor”, añade. “Es enorme; es muy sorprendente. Hay algo en todo esto que me hace querer no creerlo. Estoy intentando disfrutar esta ola”. Vuelve, una y otra vez, a esa palabra: ola. No campaña, no contienda. Ola. Algo que te eleva lo merezcas o no. Algo a lo que es mejor entregarse. 

“Lo que he aprendido de todo esto es dejar que suceda. Está fuera de mi control. No hay nada que pueda hacer”, explica.

“Creo que la película nos propone un espejo frente a lo que somos ahora”, indica sobre la respuesta a Una batalla tras otra, que avanza a un ritmo vertiginoso por un mundo de migrantes desesperados y un padre que intenta reunirse con su hija. 

“Sensei representa al que ayuda”, continúa. “Ese lado humano que todos tenemos. Inocente hasta que se demuestra lo contrario. Ves a alguien necesitado, y ayudas”. 

En un primer borrador de Una batalla tras otra, Sensei participaba, junto al personaje de Leo, el exrevolucionario Bob Ferguson, en un doble asesinato dentro de su dojo, lo que desataba una cadena de encubrimientos y una fuga. Del Toro se opuso. No por la violencia, sino por lo que consideraba una falta de lógica.

“¿Cuál es mi relación con Leo hasta ese punto de la película?”, recuerda haber anotado en los márgenes del libreto. “Le enseño a su hija. Le doy la mano. Él me escribe un cheque. Yo deposito el cheque. Eso es todo”. 

Cometer un asesinato en su nombre la parecía falso. “Si mato a alguien en mi dojo, esa es otra película completamente distinta”, razonó. 

La objeción de Del Toro era práctica. Si le disparas a alguien en la cabeza en un espacio cerrado, hay sangre, limpieza y un cuerpo. 

“Es mucho desastre que limpiar, sobre todo si le disparas a alguien en la cabeza con un rifle”, menciona casi clínicamente. “Ahora tendremos que limpiarlo. Vamos a tener que limpiarlo rápido. Tendremos que deshacernos del cadáver”. 

La película se convertiría de inmediato en otra cosa: un thriller logístico sobre la eliminación de pruebas. En algún momento, incluso, se exploró la idea de volar el dojo mediante una demolición controlada. Nada de eso tenía sentido para Del Toro. Más que eso, él sentía que la película perdería fuerza y se volvería menor. 

“Benny nos planteó esta idea a Leo y a mí”, explica Anderson en un correo electrónico. “Fue una muy buena idea que abrió posibilidades dramáticas mucho más amplias para su personaje y para la estructura general de la película”. 

Por ejemplo, la sección ambientada en Baktan Cross, un pueblo fronterizo ficticio ubicado en el real El Paso, culmina con una redada en ese lugar. Esa secuencia había frustrado a Anderson durante mucho tiempo. 

“Cambiaba constantemente y nunca encontraba su objetivo. Hasta que Benny sugirió la ‘situación de Harriet Tubman latina’”, explica el director, refiriéndose a un giro que convirtió a Sensei en el líder de una ambiciosa operación de tráfico de migrantes. “Eso hizo que todo encajara”. 

Abrigo tipo pea coat: Thom Sweeney. Fotografía: Myles Hendrik.

En lugar de detonar la violencia, Del Toro propuso que Sensei trasladara en silencio a las familias a través del peligro. Su personaje se convertiría así en un protector, no en un instigador. El dojo, por su parte, pasaría a ser un refugio.

“Estar en El Paso, en el epicentro de la inmigración, nos dio muchísimo material y talento local con el que trabajar”, dice Anderson. “Se convirtió en la pieza central de la película y, sin duda, en la mejor experiencia que he tenido yendo a trabajar”. 

La reescritura recalibró el eje de la gravedad moral de la película. Sensei dejó de funcionar como un catalizador de la trama y comenzó a asumir una relevancia temática mucho mayor. Se convirtió, de manera silenciosa y discreta, en la brújula moral del filme.

Del Toro aborda cada papel de esa manera: guion en una mano, rotulador en la otra. “Eres un intérprete”, comparte sobre su enfoque actoral. “Si no entiendes al escritor, no puedes hacerlo”. Una vez que comprendes la historia, comienza a hacer preguntas —decenas, incluso cientos—. ¿Qué pasa después? ¿A dónde fue a parar la maleta? ¿Por qué está enojado?

Anderson dice que escribió el papel de Sensei pensando en Del Toro, quien ya había trabajado con el director en Inherent Vice (2014). Cuando surgieron conflictos de agenda para Una batalla tras otra, Anderson retrasó la producción tres meses para acomodar la disponibilidad de Del Toro. “Nunca había hecho eso antes”, indica el director. “Pero fue un muy buen uso de nuestro presupuesto. La pregunta que me hice en ese momento fue: ‘¿Cómo no esperar a Benicio?’ Simplemente, no había forma de que hiciera la película sin él”. 

Del Toro llegó recién salido del set de The Phoenician Scheme en Berlín , con apenas 10 días entre proyectos. Asistió a la graduación de sexto grado de su hija y luego se incorporó a una producción que ya avanzaba a toda velocidad. La transición fue abrupta.

“Tenía 10 días para desempacar y empacar”, dice sobre el rodaje de 2024. “Desempacar a mi personaje en la película de Wes, luego vestirme como Sensei y simplemente… ir. No tienes tiempo para ajustarte. Si quieres subirte a un carrusel, generalmente quieres tiempo para correr, alcanzar el paso y luego saltar. De eso no hubo nada”. 

Su primer día de rodaje fue dentro de una tienda real en El Paso. No había actores detrás del mostrador, solo la familia que la poseía. Anderson puso a DiCaprio y a Del Toro a cargo de comunicarse con los no actores. “Ustedes están a cargo”, recuerda que les dijo Anderson. “Aquí hay una familia. Ellos son los dueños de la tienda”. 

Del Toro se puso detrás del mostrador y abrió la caja registradora. 

Chaqueta de cuero: Vince; camiseta de seda: Brioni; joyería: Del Toro. Fotografía: Myles Hendrik.

“Hay dinero real de la tienda. Y yo estoy sacándolo de ahí. Y la señora está sentada justo a mi lado. Me mira así”, explica abriendo los ojos. “Lo devolví cuando Paul gritó: ‘¡Corte!’. Pero ese era su dinero, no dinero de utilería”. 

La inmediatez, la veracidad, el lanzarse de lleno —todo eso creó una conexión instantánea entre Del Toro, DiCaprio y los locales. También realineó a Del Toro y a DiCaprio —estrellas de primer nivel, que habían sido colegas de la industria desde que compartieron la portada de Vanity Fair en su edición de Hollywood de 1996— de una manera más profunda y significativa. 

“De repente se dio esta conexión entre los no actores, Leo y yo. Y Leo y yo hablamos un poco al respecto. Aquí estábamos a cargo. Este era nuestro espectáculo. Estos no actores nos miraban para saber qué hacer”, recuerda Del Toro. “Y así, para Leo y para mí, nuestras cabezas apuntaron instantáneamente en la misma dirección: fue un momento de unión”. 

Penn, quien interpreta al villanesco coronel Steven J. Lockjaw, asistió a una proyección especial junto a Del Toro y DiCaprio. El programa comenzó con un montaje de los momentos más destacados de la carrera de cada actor. Penn se quedó asombrado al revivir cada interpretación.

Del Toro evoca a esos gigantes pétreos de la pantalla de antaño; imponentes tributos a la valentía y a la masculinidad estadounidense como Steve McQueen, Charles Bronson, John Wayne y Clint Eastwood. Los dos últimos eran los favoritos de su difunto padre.

“Hay una parte de ti que nunca abandona la butaca del teatro donde estabas a los 17”, medita Penn. “Estás viendo a tus héroes allá arriba. Y de repente, te encuentras sentado al lado de personas que se han convertido en eso para alguien más”. 

Al crecer en la familia Del Toro, en Puerto Rico, existía la expectativa de convertirse en abogado. El abuelo de Benicio ejercía la abogacía, su padre también, y su madre estaba titulada en derecho.

Benicio era un niño inquieto e imaginativo. Luego, cuando cumplió nueve años, su madre murió de hepatitis.

Nueve es una edad implacable. Lo suficientemente grande para recordar la textura de una voz, el olor del cabello de alguien, pero demasiado pequeño para construir una verdadera estructura para el duelo. 

“Todavía lo estoy afrontando”, confiesa Del Toro. “Tuve a mi madre durante nueve años. Lo que resulta increíble de perder a un padre a esa edad, es que no ha habido un solo día en mi vida en que no haya pensado en ella”. 

Años más tarde, Del Toro tuvo la oportunidad de conocer a uno de sus héroes: el director japonés Kaneto Shindo, cuyos clásicos incluyen The Naked Island y Onibaba

Shindo tenía 96 años cuando Del Toro lo conoció. Del Toro investigó un poco y descubrió que el director había perdido a su propia madre a los nueve años, al igual que él. También se enteró de que Shindo, a los 72, había hecho una película sobre ella.

“Y entonces le pregunté”, recuerda Del Toro, “porque nos entendíamos respecto a esa cicatriz en particular. Le pregunté: ‘¿Eso ayudó a lidiar con ese dolor? ¿Hacer la película? ¿Curó algo? ¿Reparó algo?’”. 

Shindo permaneció en silencio durante varios segundos.

“Absolutamente nada”, respondió.

Del Toro se ríe suavemente al contarlo, no porque sea gracioso, sino porque es tan definitivo. Cuando se le pregunta qué recuerda de su madre, dice: “Recuerdo todo”. Era estricta, amorosa y comprometida con la educación. Y en una frase que cae como un chiste y luego se asienta en algo más profundo, suelta: “Creo que algunas de mis mejores actuaciones fueron con ella”. 

Su padre se volvió a casar tras la muerte de su madre, y Del Toro describe ese período como caótico. Era enérgico, inquieto, distraído, el tipo de niño que podía desaparecer unas horas y regresar justo antes de que llegaran las consecuencias. Tiene un hermano, dos años mayor. La pérdida los acercó, afirma, pero se adaptaron de manera diferente.

Chaqueta de cuero: Vince; camiseta de seda: Brioni; joyería: Del Toro. Fotografía: Myles Hendrik.

“Mi hermano, Gustavo, era un poco más tranquilo”, subraya. “Leía más que yo. Yo no leía mucho cuando era niño. Estaba demasiado distraído”. 

Gustavo, médico, finalmente se estableció en Brooklyn, donde actualmente ocupa el cargo de director clínico de un gran hospital. Benicio vive en Los Ángeles, donde comparte la crianza de su hija con Kimberly Stewart, hija de Rod. Nunca se casaron ni tuvieron algún tipo de relación pública. Más allá de eso, los detalles son escasos; en un golpe maestro para el Hollywood actual, Del Toro mantiene un control férreo sobre su vida personal.

A los 13 años, fue enviado a un internado en Pensilvania. El traslado se presentó como una oportunidad; su madrina esperaba que lo condujera a la escuela de leyes. Para él, en cambio, se sintió como una ruptura. La humedad de la isla dio paso a un frío que calaba a través de los suéteres raídos. El español pasó a un segundo plano.

Puerto Rico no se redujo a un recuerdo; simplemente permaneció como un débil pulso latiendo bajo todo lo nuevo. Cuando Del Toro regresa a la isla, aproximadamente una vez al año, lo golpea una ola de emociones. Se resiste a la idea de que la identidad puertorriqueña y la estadounidense deben existir en oposición. “Puedes ser ambas”, dice.

Habla sobre el estatus de Puerto Rico con la franqueza de alguien que lo ha explicado demasiadas veces y que aun así sigue encontrándolo absurdo.

Puerto Rico forma parte de Estados Unidos desde 1917, recalca, y está bajo control estadounidense desde 1898. Los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses. Y, sin embargo, si resides en la isla, no puedes votar por el presidente. No tienes representación en el Congreso.

“Eso no tiene sentido”, dice tajante. 

Del Toro se matriculó en la escuela de negocios de la UC San Diego. A mitad de su primer semestre, fue elegido para participar en una obra de un acto titulada Action, de Sam Shepard. Quedó fascinado por la escritura concisa y volátil de Shepard, y por la masculinidad herida en su núcleo. “Entonces, cambié mi especialidad al teatro”, puntualiza. “Fue cuando, por así decirlo, quemé los barcos. Simplemente dije: ‘Eso es todo. Voy a ser actor’”. 

Al ingresar al mundo profesional de la actuación, recuerda, existían estereotipos. Si eras latino, te ofrecían papeles simplificados. Y aceptabas los trabajos porque necesitabas trabajar.

“Pero mi actitud siempre ha sido: debo poder interpretar cualquier papel”, sostiene. “Y si todos tienen que tener un apellido que termine en ‘O’, yo los haré diferentes. Porque los latinos no son todos iguales”. 

Traje y camisa: Todd Snyder; corbata: Lardini; gafas de sol: Jacques Marie Mage; botas: Doucal’s; joyería: Del Toro. Auto: Hollywood Classic Cars. Fotografía: Myles Hendrik.

Del Toro es padre. Su papel como protector en Una batalla tras otra se siente menos teórico a la luz de eso. Cuando se le pregunta si el instinto de Sensei de proteger a un padre y a su hija se conecta con su propia vida, hace una pausa, reacio a hablar de su hija. En cambio, se centra en algo más universal.

“Hay algo en el altruismo humano”, asevera. “Cuando alguien arriesga su vida para salvar a otra persona, aplaudimos”. 

Habla sobre las imágenes que vemos constantemente ahora, en nuestros teléfonos, de desconocidos lanzándose al peligro para salvar a alguien que no conocen. Un niño arrastrado por la corriente. Una persona rescatada de un coche en llamas. Un extraño protegiendo a otro de un daño inminente.

“Todos aplaudimos”, enfatiza. “Lo convertimos en un héroe de inmediato. Una estrella. Ve y habla con Oprah. Haz la gira”. Toma una pausa. “No lo hacen por la recompensa. Es un instinto. Es algo humano”. 

Ese es Sensei. El Buen Samaritano. Y en una película que resulta casi opresivamente oscura, su instinto se convierte en la luz guía. La señal de que la película no ha perdido la fe en las personas. Porque Sensei no ha perdido la fe en ellas.

“Creo que en los últimos meses ha habido muchos senseis por ahí”, dice Del Toro.

En ese momento, una mujer, ejerciendo ruidosamente de protagonista en una mesa cercana, narra algo sobre capital de riesgo o divorcio, quizá ambos. Del Toro se ve sacudido de su pensamiento.

No la mira con desaprobación. La observa con interés antropológico.

“Esa señora”, dice en voz baja.

Traje y camisa: Hermès; corbata: Paul Smith. Fotografía: Myles Hendrik.

Del Toro se reclina en el sofá del reservado, con los ojos entrecerrados, escuchando de la misma manera en que escucha todo.

“Olas del océano”, dice de repente.

Otro estallido desde la mesa vecina. Una risa demasiado fuerte para la sala.

Del Toro se encoge de hombros.

“Olas del mar. Olas del mar.”

Asiente. Se pone de pie. Ajusta la gorra de los Oakland A’s. El vestíbulo sigue zumbando. La mujer ruidosa sigue narrando su propia importancia. 

Del Toro se escabulle sin competir.

SETH ABRAMOVITCH

SUSCRÍBETE A NUESTRAS EDICIONES

Vive la experiencia completa de The Hollywood Reporter en Español, sin límites y todos los días, en sus versiones impresas y digitales.

MÁS DE HOLLYWOOD REPORTER EN ESPAÑOL

Síguenos