El 19 de septiembre de 1985, un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter devastó la Ciudad de México. En cuestión de segundos, calles y avenidas se transformaron en escenarios desoladores, con edificios colapsados y miles de personas atrapadas entre los escombros. Frente a la tragedia, surgieron brigadas espontáneas de ciudadanos que, con una determinación inquebrantable, se organizaron guiados por el instinto, la solidaridad y la urgencia del tiempo.
Ante la notoria ausencia del Estado, las horas siguientes se volvieron críticas, sostenidas únicamente por la sociedad civil. Las imágenes recorrieron el mundo y expusieron una dualidad de intereses difícil de ignorar: mientras la ciudadanía luchaba por sobrevivir entre ruinas, algunos pocos se empeñaban en mantener la organización del Mundial del 86. Este contraste no pasó desapercibido para Jorge Michel Grau —director de 7:19—, quien aborda este pasaje en Cada minuto cuenta.

La serie nos muestra historias individuales que, rápidamente, se entrelazan ante la magnitud de los hechos. En la primera temporada, que abarca las nueve horas posteriores al sismo, conocemos a Ángel (Osvaldo Benavides), un médico del Hospital General; Camila (Maya Zapata), una periodista; Gabriela (Damayanti Quintanar), madre de familia y habitante de un conjunto urbano afectado; Ignacio (Antonio de la Vega), un burócrata de la Secretaría de Turismo; y Lucía y Pablo (Pamela Vargas y Alexander Colmenares), jóvenes atrapados. Cada uno enfrenta, a la vez, las heridas de su pasado y la incertidumbre de un presente insólito.
“Es una herida que sigue abierta; es el dolor latente de muchas personas que vivieron el 85. No sabemos cuándo ni cómo va a cerrarse, especialmente, porque hablar de este tema sigue siendo complicado para los mexicanos”, comparte Luis Fernando Peña, quien interpreta a Pepín, personaje inspirado en “La Pulga”, uno de los fundadores de Los Topos, el grupo de rescatistas que surgió tras el terremoto.

La nueva y última temporada de Cada minuto cuenta transcurre 24 horas después del primer movimiento telúrico. El doctor Ángel permanece atrapado bajo los escombros del Hospital General, junto con enfermeras y bebés recién nacidos, pero su búsqueda se suspende por la intervención del Ejército. Mientras las enfermeras continúan atendiendo a los heridos, y Camila se enfrenta al poder para solicitar apoyo internacional, las labores de rescate —una de ellas liderada por Pepín y un grupo de estudiantes de la UNAM— se llevan a cabo en edificios que pocos voltean a ver, como el CONALEP.
Lo que sucede después está marcado por la inminente llegada de una réplica, que no solo agrava los estragos del sismo, sino que también transforma profundamente a cada uno de los personajes. “Me encantó verlo de esa manera, porque al final de la primera temporada vemos a un Pepín que, de pronto, puede parecer un poco egoísta y que solo piensa en sí mismo”, reflexiona Luis Fernando Peña. Impulsado por la firme convicción de que retrasar la ayuda afectará el volumen de rescates, Pepín se convierte en el rostro de la solidaridad que caracteriza a los mexicanos.

“Se preocupa por rescatar a las personas con vida y está completamente entregado a la idea de que, cuanto todo termine —pasa mucho tiempo para que eso suceda— podrá reencontrarse con su familia. Lo que sucede con la réplica es que no solo cimbra la ciudad, sino también a cada uno de nosotros. Nos hace entrar en conciencia, en una redención que deja el ego y los intereses personales atrás. Nos volvemos vulnerables y mucho más honestos con nosotros mismos”.
Uno de los aspectos más destacados de Cada minuto cuenta es la construcción de sus escenarios, potenciados por una ambiciosa propuesta de producción virtual. Como nunca antes, la serie nos permite involucrarnos con los personajes dentro de los espacios de vida y experimentar de forma vívida los derrumbes y movimientos de la tierra, tal y como ocurre con Ignacio, interpretado magistralmente por Antonio de la Vega.

Ignacio nos adentra en los intereses políticos del gobierno del expresidente Miguel de la Madrid, y su posición lo coloca en una encrucijada: por un lado, defiende las decisiones del poder y, por el otro, enfrenta el dolor de tener a su hermano, Ángel, atrapado en el hospital. “En los primeros momentos, Ignacio es un antagonista, un obstáculo para solventar la emergencia que está viviendo mucha gente”, comparte el actor.
“En esta entrega vemos que, después de todo, es un ser humano. Si bien, en un principio tiene intereses mezquinos —porque son políticos y económicos—, toma consciencia y se da cuenta de la vulnerabilidad humana y el sufrimiento. A raíz de la réplica, se da cuenta de la verdadera dimensión de la tragedia. Fue muy grato ver su reivindicación. Desde el guión, noté que es un personaje que no retrata una sola tonalidad en el espectro, sino que vive entre grises, blancos y negros. Es humano”, añade.

Por supuesto, ese lado humano también se muestra con Chave (Miriam Balderas) e Hilda (Azalia Ortiz), enfermeras del Hospital General, quienes junto con Toña (Mónica del Carmen) y Rosario (Gabriela Cartol) protegen a los “Bebés Milagro”. “Requirió mucha investigación, documentación, sensibilidad, respeto y empatía ponerse en los zapatos del personaje. No solo hubo esfuerzo a nivel actoral, sino también a nivel físico y emocional”, detalla Azalia Ortiz.
“Siempre estoy ávida de este tipo de personajes, porque siempre recibes algo mucho más grande de lo que das. Hicimos un equipo muy cercano. Al encargarnos de los bebés y acercarnos a ellos, nos encontramos con la fragilidad del ser humano. Todo fue muy simbólico. Este proyecto fue intenso porque retrata lo que realmente se vivió. Está inspirado en hechos reales y, así como ocurrió con las enfermeras, también sucedió con las costureras, en el CONALEP, en Tlatelolco y en muchos otros puntos donde la sociedad civil se entregó con lo que tenía y podía. Representamos un engranaje más de Cada minuto cuenta”, agrega.

En el caso de Chave, además de atender a las víctimas, debe encontrar un espacio para resolver situaciones familiares. “La vemos tomando decisiones en medio de la tragedia. Es un personaje que tiene la fortuna de inspirar a otros a ayudar, a arriesgarse y darlo todo. Ahora, lidia contra la adversidad, tanto de la naturaleza, como de la sociedad, y del gobierno, que no está a la altura de toda la entrega y la ayuda que da la población. Eso marca mucho su comportamiento. Lo que triunfa es su fuerza, su entrega y ese guiño que siempre la lleva a sacar lo mejor de sí misma”, narra Miriam Balderas.
Cada minuto cuenta ofrece oscuridad y luminosidad; la esperanza de que las cosas pueden salir adelante. “Es maravilloso contar historias que le pertenecen a este país, a esta ciudad”, medita Luis Fernando. “Contarlas te hacen un poco más humano y te ayudan a entender cómo vivir el ahora. Cuando la veo, sobre todo la primera temporada, tengo claro que no tenemos una cultura sísmica, a pesar de las alarmas y protocolos. Lo tomamos a la ligera, cuando vivimos en una zona sísmica. No terminamos de entender que la vida es sumamente vulnerable cuando la tierra decide moverse”.

A 40 años del terremoto del 85 en México, Cada minuto cuenta se presenta como un ejercicio de memoria, no solo sobre la fragilidad humana o la solidaridad inherente al pueblo mexicano, sino también como un recordatorio de lo que aún podemos hacer mejor. “Aporta la idea de la reconstrucción y la transformación permanente del ser humano, y de cómo puede levantarse en medio de tanta catástrofe y resurgir”, señala Azalia.
Miriam Balderas extiende: “Esta historia es de todos. Conforma nuestra resiliencia y nuestra fuerza. Cada vez que respondemos a la alerta sísmica, nos responsabilizamos de nosotros mismos y de los demás. La segunda y última temporada de Cada minuto cuenta es un regalo de la sociedad civil, para la misma sociedad civil; un recordatorio de lo fuertes que podemos ser”.