En la Hacienda de Las Palomas, los aromas que desprende el hervor de la segunda y última temporada de Como agua para chocolate transitan entre la dulzura de las torrejas de nata, el calor de un caldo de colita de res, la suavidad de un esponjoso pan de muerto y el picor de un mole casero. La última vez que nos trasladamos a Piedras Negras, la Revolución propició pérdidas, destierros, huidas y encierros.
Ahora, la serie, basada en la obra clásica de Laura Esquivel, regresa para cerrar la historia del amor incandescente de Tita de la Garza y Pedro Múzquiz. “Siempre hay un fuego entre ellos. Ese es el motor de Tita, el amor”, dice Azul Guaita sobre el eje narrativo que define los nuevos capítulos. “El Dr. Brown lo resume muy bien: tienes que encender tus cerillos porque si no se humedecen y ya nunca vuelves a sentir; pero tampoco los puedes prender todos porque te puedes quemar”, añade.
Sumida en un profundo dolor, Tita nos recibe con un silencio desgarrador, acentuado por una mirada perdida. Más tarde, cuando es rescatada por el Dr. Brown y trasladada a Eagle Pass, una pequeña frase sobre un papel esboza la esperanza de que su espíritu no se ha ido del todo: “No hablo porque no quiero”. Cinco palabras que no solo revelan su deseo de recuperar su fuego interior, sino que también enfatizan la esencia de la serie producida por Salma Hayek Pinault.
Como agua para chocolate es una historia que se narra desde el cuerpo, las emociones y la memoria de las mujeres. Hay cierta contemporaneidad en sus decisiones de vida y una lucha constante por resquebrajar tradiciones familiares e imposiciones sociales, morales y políticas. “Conocer a dónde van a llegar todas estas mujeres, y sus motivos, te mueve mucho”, señala Andrea Chaparro, quien interpreta a Gertrudis.

La segunda hija de Elena de la Garza (Irene Azuela) asume un papel protagónico en la resistencia contra los militares, guiando a quienes huyen a la sierra; sin embargo, pronto se aleja de cualquier imposición para forjar un camino de libertad bajo sus propios términos. “Todo eso te hace recordar alguna herida propia, heredada o de alguna mujer que conoces. ¡Y cómo duele!”, enfatiza.
“Contuve muchas emociones para darle a Gertrudis el espacio que necesitaba para enfrentar más decisiones de las que tuvo en la primera temporada. Se da cuenta de que esa no es la única vida posible y que existen distintos caminos para llegar a donde quiere. Yo tenía que llorar antes de las escenas para poder alcanzar ese momento contenido y silencioso. En los primeros capítulos me intimidó mucho la sensualidad; intenté aterrizarla en mi cuerpo. Esta vez, tuve una fortaleza distinta, una valentía para romper con ella frente a todo lo que se había construido antes”, agrega Chaparro.
Al igual que Gertrudis, Juan, su pareja, atraviesa transformaciones importantes, marcadas por una lucha que, aunque se mantiene como telón de fondo, impacta en la vida de todos los personajes. “Hay cambios muy radicales para él”, detalla Louis David Horné. “Me parece que toma una tridimensionalidad que suma mucho a la historia. Ha sido maravilloso darle vida a un personaje que representa la digna rabia que tuvieron muchos mexicanos que nos precedieron e hicieron el país en el que estamos hoy. Eso fue lo que me enamoró desde el principio de la serie, y Juan me llenó totalmente el corazón”.
En la casa del Dr. Brown, Tita redescubre la calma y la paz; además, al regresar a la cocina, comienza a experimentar un amor creciente que, por momentos, se ve interrumpido por los recuerdos de Pedro. A kilómetros de distancia, las cosas han cambiado: las sombras de Mamá Elena, una crisis económica y un ataque inminente a Las Palomas reclaman su regreso.

“Ella defiende la hacienda de un grupo de violentos y, tras el ataque, comienza a mostrarse solidaria con Fina (Lesslie Apodaca); luego debe enfrentarse a la enfermedad, lo que también nos permite conocer su parte más frágil”, destaca Irene Azuela, quien detonó los matices de un personaje que oscila entre la severidad y la compasión. “No sé si logra reivindicarse, pero sí nos ofrece ciertos elementos con los que podemos suavizar los juicios que tenemos sobre Mamá Elena”, medita.
“Sin duda, los elementos que salen a la luz permiten al espectador entender que esta mujer tenía motivos para ser como fue. Lo interesante de la segunda temporada es que la intensidad y la rigidez de Mamá Elena se transforman en algo distinto. Ya no es esta mujer dura y contenida, sino que ahora vomita, literalmente, su rencor, su ira y su resentimiento, y eso es interesante como arco dramático”, expone Azuela.
“Tenga cuidado, doctor. Tita puede hacer de su vida un calvario. Ya vio cómo le fue a Pedro Múzquiz. […] Nunca va a dejar de amarlo”, le advierte Mamá Elena al Dr. Brown, tan solo unos días antes de que un cúmulo de raíces comenzara a consumir su lecho de muerte. ¿Premonición o certeza? Lo cierto es que su partida divide a Tita entre iniciar una nueva vida o mantenerse atada al amor de Pedro, quien, tras la pérdida de su padre (Mauricio García Lozano) y su reencuentro con Rosaura (Ana Valeria Becerril), promete “hacer las cosas bien”.
Los consejos en el recetario de Nacha (Ángeles Cruz) no son suficientes para apaciguar la indecisión de Tita, cuyo compromiso con el Dr. Brown es motivo de gozo para Rosaura, quien asume su rol como la nueva cabeza de la familia De la Garza y de Las Palomas. “El amor de John juega un papel muy importante. A lo mejor, no es tan emocionante y pasional como el encuentro de Tita y Pedro en los maizales, pero aporta mucho a la historia”, cuenta Francisco Angelini entre risas.

Su papel como el Dr. Brown no solo refuerza una línea narrativa que reivindica el derecho de las mujeres a aspirar a nuevos ideales, sino que también abre la puerta a repensar las masculinidades. “Nos da una pista para reconocer el valor de ser hombre, por ejemplo, qué puedes hacer para ser una mejor pareja, para amar de una manera más sana, para cuidar a una persona que amas y para impulsar su libertad y su poder de decisión”, reflexiona.
“Es una perspectiva que destaca dentro de la historia y que contrasta con la manera en la que otros personajes se relacionan con las mujeres. Más que una reivindicación, es un faro que nos indica que debemos ir hacia un lugar en específico, porque allá el mundo es mejor; no solo para los hombres, también para las mujeres. En general, al momento de elegir una pareja es bueno saber que tenemos la posibilidad de encontrar gente que nos puede ofrecer un amor bonito. Esta es una temporada en la que van a subirse a una montaña rusa de emociones”, añade.
Pero a pesar del amor y la devoción incondicional del Dr. Brown, Tita encuentra en Pedro el oxígeno que mantiene encendida su alma. “Hay unas escenas increíbles que involucran a los cerillos”, revela Andrés Baida, cuyo personaje ha propiciado un debate constante entre los espectadores. “La idea de reivindicar a Pedro es poner una expectativa en él. Si antes hacían corajes, ahora hacen el doble. Vamos a ver a un Pedro más humano, maduro, que no trata de quedar bien, pero sí se responsabiliza de sus acciones. Como todo en esta historia, todo parte del amor, y así se explica por qué toma ciertas decisiones y por qué decide crecer de otra manera. El público decidirá si le cae bien o no”.
Un champandongo y unos frijoles a la tezcucana terminan por impulsar la revolución interior de Tita. “Es hermoso ver a una mujer tan fuerte y, al mismo tiempo, con tantos sentimientos que solo trata de controlar y transmitir a través de la comida. Es algo muy poderoso. Tita me enseñó muchísimas cosas y, sin duda, hay un antes y un después personal y profesional. Marcó la forma en la que vivo y, definitivamente, la manera en la que cocino”, puntualiza Guaita.

Dirigida por Julián de Tavira y escrita por Silvia Ortega Vettoretti, junto a Cynthia Fernández Trejo, Jerry Rodríguez y María Jaén, Como agua para chocolate evoca algo más que una historia de amor. A lo largo de doce capítulos, se enriquece con mensajes en torno al sistema de cuidados, la dignidad, la identidad, la autonomía, el empoderamiento y el cuerpo como territorio. Todo eso construye una mirada que reafirma que somos dueñas de nuestro propio destino.
“Me gusta pensar que nosotras somos parte de la memoria de Como agua para chocolate y, al mismo tiempo, me quedo con grandes recuerdos de las mujeres que hicieron esta serie”, recalca Irene Azuela, en referencia a las creativas que se sumaron a la producción, entre ellas, Ximena Amann, Ariana Romero Rodríguez, Luciana Jauffred, María Paz González, Annaí Ramos y Maru Rangel.
“En la serie hay una gran cantidad de herramientas tecnológicas que realzan la iluminación, la calidad de la imagen, la edición y los efectos especiales. Para mí, un elemento importantísimo es la música. Los sonidos contemporáneos se integran en un universo ambientado a principios del siglo pasado, y todo se entreteje tan bien que me parece una de las grandes cualidades de esta producción. La historia se desenvuelve como una flor y nos invita a entrar en esta nueva interpretación de la obra de Laura Esquivel, junto a un equipo sumamente talentoso y profesional”, subraya.
“Es un parteaguas, en muchos aspectos, formar parte de algo tan importante como esta historia, que nació hace más de treinta años. El poder de estos proyectos pone en alto a México. Estoy eternamente agradecido con la gente que lo hizo posible. Me encanta que la historia gire en torno a la cocina y las emociones de Tita. Todo parte de ser mexicano: la familia y la comida”, añade Andrés Baida.
Como agua para chocolate llega a su fin, pero, como sus recetas, perdura para seguir narrando los pasajes, dolores, amores, sazones y sabores de la vida de Tita.