El origen del vibrador sexual no suele figurar en las historias oficiales del progreso humano, pero fue una invención tan real como reveladora. A fines del siglo XIX, se ideó como un instrumento médico para tratar la “histeria femenina”, un diagnóstico que encapsulaba todo lo que la medicina patriarcal no quería comprender: el deseo, la frustración, la rabia, la ansiedad y la autonomía emocional. Ese hecho absurdo y profundamente simbólico fue el punto de partida de Hysteria (2011), una comedia romántica británica dirigida por Tanya Wexler y protagonizada por Maggie Gyllenhaal, que convirtió la opresión sexual en humor inteligente y crítica de época.
Consuelo, la serie de ViX creada por Juan Carlos Aparicio Schlesinger y Mateo Stivelberg, hereda ese espíritu. Toma el objeto más censurado de todos, el dildo, y lo convierte en símbolo de liberación femenina, económica, emocional y política. Ambientada en México en 1955, la serie cuenta la historia de una mujer burguesa recién abandonada por su esposo que, en lugar de llorar o resignarse, se pone a vender consoladores. Pero Consuelo no es solo una serie sobre autoestimulación femenina, es también una carta de amor a las comedias clásicas de los años 50 y una crítica feroz a la represión de ayer y de hoy.
La protagonista, interpretada con carisma explosivo y ternura mordaz por Cassandra Sánchez Navarro, es Consuelo de Portillo, una mujer de clase alta cuya vida perfecta se desmorona cuando su marido la deja. La humillación de ser una esposa “dejada”, estigma fatal en una sociedad donde el matrimonio era el único destino legítimo para una mujer, la lleva a reinventarse. Consuelo no cose, no cocina ni enseña catecismo. En cambio, descubre gracias a la liberada prima de su esposo el negocio de los juguetes sexuales y decide comercializarlos con disimulo y estrategia entre las damas de su colonia con ayuda de su empleada del servicio convertida en socia. Lo que empieza como una forma desesperada de subsistir se convierte en una cruzada de liberación colectiva.
La serie arranca como un drama de transformación femenina en medio de una sociedad rígida, una premisa que remite a los grandes relatos de mujeres contra el mundo. Hay una conexión clara con Mildred Pierce, tanto la cinta original protagonizada por Joan Crawford como la magistral miniserie de HBO con Kate Winslet. Mildred, como Consuelo, es una madre abandonada por su esposo que termina convirtiéndose en empresaria, enfrentando el clasismo, el juicio social y la fragilidad de las estructuras familiares. También hay ecos de Imitation of Life, donde dos mujeres (una blanca y una negra) crían juntas a sus hijas mientras enfrentan la marginación, la diferencia de clase, los prejuicios raciales y los mandatos femeninos. Tanto las dos versiones de Mildred Pierce como las dos de Imitation of Life (con Claudette Colbert y Lana Turner, respectivamente) reflejan el precio de ser mujer en un mundo que solo tolera ciertos tipos de ambición, maternidad y deseo.
Pero a diferencia de esos relatos trágicos, Consuelo escoge el camino de la comedia. Y no cualquier comedia, sino una con guiños estéticos y narrativos a los romcoms clásicos protagonizados por Doris Day y Rock Hudson (Lover Come Back, Pillow Talk, Send Me No Flowers) donde la tensión sexual y la represión eran parte del juego, disimuladas tras diálogos ingeniosos, situaciones absurdas y una teatralidad encantadora. La influencia de los revivals de las comedias románticas de antaño como Down With Love (con Renée Zellweger y Ewan McGregor) y Populaire (con Déborah François y Romain Duris) también está a flor de piel en los colores pastel, el diseño de producción impecable, los gestos teatrales, los gags visuales y un ritmo frenético que oculta comentarios mordaces bajo su apariencia inocente.
El elenco está perfectamente orquestado. Además del trabajo encantador y sin miedo de Sánchez Navarro, brilla Catherine Siachoque como Olga, la vecina chismosa y guardiana del statu quo, una villana cómica que encarna el machismo internalizado y el poder del qué dirán. Lincoln Palomeque interpreta al maquiavélico y cínico esposo que abandona a Consuelo, un tipo tan machista como cobarde que representa el hombre que delega, huye y juzga para luego regresar buscando apoderarse del negocio y el dinero de su cónyuge. Eileen Yáñez como Matilde (la socia de Consuelo), Sofía Monarrez como Martha Patricia (la hija que sueña con casarse y ser periodista), Camila Núñez como Cecilia (la precoz hija pequeña), Erick Chapa como el doctor Fernando Palomares (interés romántico y aliado de Consuelo en su causa) y Alexander Ventosa como Andrés (el hijo clasista pero enamorado de la humilde Luisa, interpretada por Ana Celeste Montalvo), complementan un reparto diverso y comprometido, con actuaciones que oscilan entre la farsa y la emoción sincera.
Hay que agradecer también al equipo creativo encabezado por Larissa Andrade, cuyo guion es agudo, dinámico y perfectamente equilibrado entre sátira y emoción. También a la dirección de arte de Jeisson Andrés Rincón Rodríguez, que consigue recrear la estética de los años 50 sin caer en el kitsch gratuito, e incluso logra que los vibradores de época parezcan objetos de museo y de deseo al mismo tiempo.
Lo que Consuelo logra, y no es poca cosa, es mostrar cómo la sexualidad femenina ha sido históricamente demonizada, ridiculizada o simplemente borrada del relato. En una época donde las mujeres no podían hablar de placer sin ser tachadas de “libertinas”, la serie pone el orgasmo, la masturbación y la autonomía corporal en primer plano. Y lo hace sin morbo ni vergüenza. Con picardía y con honestidad, también. Pero, sobre todo, con una claridad política que no necesita grandes discursos. Basta ver a una mujer levantar un dildo como si fuera un trofeo para entender que hay una batalla que se está ganando.
Pero la serie no se queda en el sexo. También es una crítica aguda a la lucha de clases, al machismo estructural y a las formas en que la sociedad controla los cuerpos y las mentes de las mujeres. Lo más inquietante es que, aunque se sitúe en 1955, Consuelo nos habla del presente. Porque, a pesar de que los años 60 y 70 fueron décadas de liberación sexual y cuestionamiento del orden patriarcal, los años 80 trajeron de vuelta el moralismo, el conservadurismo y el fanatismo religioso. Y muchas de esas ideas siguen vivas hoy: en las políticas públicas, en los discursos religiosos, en las redes sociales y en la cultura de la cancelación y la vergüenza.
Por eso esta serie no es solo divertida: es urgente. Representa una televisión mexicana que ha cambiado, y mucho, desde los tiempos en que las telenovelas protagonizadas por Verónica Castro, Victoria Ruffo y Thalía repetían la idea de que el único camino para una mujer sola era llorar, sufrir, aguantar y aspirar al matrimonio. En Consuelo, las mujeres se hacen cargo de su deseo, de su cuerpo y de su economía. No son “buenas” por ser sumisas ni “malas” por gozar. El placer ya no es pecado. Es parte de la canasta básica familiar.
Y esa es quizás su mayor provocación. Ver a una mujer levantando un dildo en alto, como si se tratara de una antorcha olímpica o una bandera de guerra, es ver cómo la televisión, aún desde lo popular, puede ser profundamente subversiva. Porque mientras muchos siguen diciendo que la televisión latinoamericana sigue siendo conservadora, misógina y anticuada, Consuelo responde con risas, vibradores y una protagonista que no pide permiso para cambiar su vida.
Consuelo es una sorpresa luminosa en el catálogo de ViX, una plataforma que está apostando por contenidos más atrevidos, feministas y contemporáneos, aun cuando estén ambientados en el pasado. No es una serie perfecta, ni mucho menos, pero sí es valiente, entretenida, estéticamente cuidada y, sobre todo, necesaria.
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