Crítica: Jurassic World: El Renacer

Gareth Edwards toma las riendas de la dirección, mientras que el guionista original, David Koepp, regresa en esta entrega sobre un equipo de extracción que busca muestras genéticas de criaturas gigantes en una biósfera tropical.

Por DAVID ROONEY |

julio 2, 2025

1:56 pm

Jasin Boland / Universal Pictures

El Dr. Henry Loomis, el paleontólogo interpretado por Jonathan Bailey en Jurassic World: El Renacer, en algún momento se lamenta del desinterés del público por ver a las mismas criaturas prehistóricas de siempre. Eso llevó a los directivos, impulsados únicamente por las ganancias, de InGen —la multimillonaria empresa de biotecnología especializada en resucitar animales extintos—, a crear nuevas especies mediante cruces genéticos. “Entretenimiento diseñado”, es como lo llama Henry. Esa misma descripción podría aplicarse a la nueva entrega de Gareth Edwards, dentro de la franquicia de dinosaurios clonados que Steven Spielberg inició hace más de tres décadas. Hay nuevos y poderosos monstruos al acecho, pero en esencia, se trata de una recopilación de fórmulas narrativas recicladas.

Esto no quiere decir que la película no ofrezca momentos llenos de adrenalina, emoción y encuentros cercanos y escalofriantes con bestias gigantes, cuya ira desatada, les da un extraño aire a las atracciones cruelmente explotadas en Freaks, la película de Tod Browning. ¿Cómo no sentir un poco de lástima por un enorme mutante llamado Distortus Rex — o simplemente D. Rex, para hacerlo aún más humillante— con una cabeza parecida a la de una beluga? Cuando los hombres juegan a ser Dios, rara vez terminan bien, y estos híbridos del Mesozoico tienen muy buenas razones para estar furiosos. 

El guionista David Koepp, que regresa en esta entrega, coescribió la película original de 1993, dirigida por Spielberg, junto al autor de ciencia ficción, Michael Crichton, cuyos libros inspiraron las películas; así como la secuela de 1997: El mundo perdido: Jurassic Park. Aunque Koepp no escribió Jurassic Park III, sí participó en la elaboración de la trama. Son, principalmente, la primera y la tercera entrega las que generan numerosos déjà vus en El Renacer. 

La originalidad que carece la nueva película, lo compensa un ritmo narrativo dinámico, grandes sustos y nuevos personajes carismáticos, interpretados por un elenco excelente, aunque en su mayoría, moldeados a partir de arquetipos ya conocidos. 

En 2015, Colin Trevorrow le dio un sólido comienzo a la segunda trilogía con Jurassic World, y la secuela de J.A. Bayona, El reino caído, ganó puntos por su creatividad, al cambiar el rumbo hacia un tono de casa embrujada. Pero la entrega final, Dominio, dejó al descubierto una franquicia que luchaba por respirar creatividad, alejándose del terror centrado en las criaturas, para convertirse en una aventura de acción sin mucho brillo. Al volver casi a lo básico, El Renacer cumple con la promesa de su título. 

Al final de Jurassic World: Dominio, los humanos y los dinosaurios comenzaron a coexistir, y los clones prehistóricos vagaron por el mundo, fuera de su santuario. Sin embargo, la atmósfera de la Tierra actual ha resultado inhóspita para estas criaturas, y muchas han muerto o migrado hacia una franja tropical alrededor del ecuador, que se asemeja al clima de su era original, el Mesozoico. En esta zona, el turismo está estrictamente prohibido.

El prólogo, ambientado 17 años antes de la acción principal, toma su lugar en una instalación secreta de investigación y desarrollo de InGen, en la isla Saint-Hubert, cerca de Barbados. Cuando el sistema de contención falla, debido a una envoltura de Snickers, un técnico observa horrorizado cómo su compañera de laboratorio es destrozada y devorada por una mutación genética de dinosaurio que, en su mayoría, está fuera de cuadro.

De vuelta en el presente de la película, el elegante ejecutivo de una gran farmacéutica, Martin Krebs (Rupert Friend), organiza una expedición ilegal que lo acompañe a la isla para extraer ADN de las tres especies más gigantescas que habitan la tierra, el mar y el aire: el titanosaurio herbívoro, el mosasaurio acuático y el quetzalcoatlus volador. Los científicos de su empresa, ParkerGenix, creen que esas muestras contienen la clave para un medicamento revolucionario contra las enfermedades cardíacas, cuyo valor se estima en billones para quien obtenga el control exclusivo.

Krebs recluta primero a Zora Bennett (Scarlett Johansson), una fuerte exoperativa de fuerzas especiales, ahora contratista privada de seguridad y respuesta táctica; “una mercenaria”, como la llama de broma el Dr. Loomis, quien es el siguiente en ser reclutado. Aún afectada por la pérdida de un compañero en una misión de entrenamiento en Yemen, Zora ve los 10 millones de dólares que ofrece Martin como una vía para retirarse de un trabajo tan exigente. (Aunque, a juzgar por lo cómoda que se ve Johansson con camisetas sin mangas, pantalones cargo y sudor sucio, no parece que Zora tenga la intención de retirarse pronto). 

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Se encuentran en una ciudad portuaria de Surinam con Duncan Kincaid (Mahershala Ali), capitán del Essex, un barco patrullero militar reconvertido, que los llevará a la isla Saint-Hubert. Al igual que su vieja amiga Zora, Duncan todavía sufre por una trágica pérdida familiar; ambos hacen una jugada astuta para que Krebs aumente el pago de Duncan. 

La tripulación de Duncan incluye al desagradable jefe de seguridad, Bobby Atwater (Ed Skrein), al copiloto haitiano, Le Clerc (Bechir Sylvain) y a la marinera, Nina (Philippine Velge). Adivinar en qué orden se convertirán en los bocadillos de los dinosaurios es un juego divertido. 

Porque no sería una película de Amblin —con el sello de Spielberg— sin al menos un niño en peligro, una línea argumental paralela sigue a una familia en un viaje a bordo de La Mariposa, un velero capitaneado por Reuben Delgado (Manuel Garcia-Rulfo). Desde su divorcio, las hijas de  Reuben, Teresa (Luna Blaise), que está en la universidad, e Isabella (Audrina Miranda), de 11 años, han vivido con su madre. Estas vacaciones son el intento de Reuben por reconectar con ellas, aunque no le hace mucha gracia la presencia del perezoso novio de Teresa, Xavier (David Iacono), en el viaje. 

En la primera de muchas secuencias extendidas de acción, especialidad de Gareth Edwards, La Mariposa es embestida por un mosasaurio y vuelca. El Essex recibe la señal de auxilio, y aunque Martin —que poco a poco se revela como el típico villano corporativo sin escrúpulos— insiste en no desviarse de la misión de extracción, es anulado por los demás. 

El guion de Koepp, tras tomarse su tiempo en desarrollar a los personajes, se apega a la receta: añade dinosaurios y mezcla. Todo se acelera cuando el Essex es atacado por un espinosaurio y Teresa, en un momento de alto riesgo, revela más pruebas sobre la poca fiabilidad de Martin. La embarcación encalla en las aguas rocosas de la isla Saint-Hubert, con la esperanza de que los depredadores sean demasiado grandes como para seguirlos, pero terminan naufragando ahí, con el grupo de Delgado separado de sus rescatistas. 

Filmada (como la original de Spielberg) con cámaras Panavision y lentes anamórficos de 35mm, las selvas de Tailandia, donde se sitúa la isla, ofrece un espectáculo visual impresionante. El estilo dinámico del director de fotografía, John Mathieson, mantiene el ritmo acelerado mientras los dos grupos avanzan entre la densa vegetación, donde cada sonido inquietante o crujido de hojas incrementa la tensión. 

Dado que la instalación abandonada de InGen funciona con energía geotérmica, proveniente de aguas termales, consideran que será el mejor lugar para pedir ayuda. La tienda de conveniencia, estilo gasolinera, ciertamente es ideal para promocionar algunas marcas —Dr. Pepper, papas Lay’s, Cheetos, etc.— y, además, el escenario perfecto para recrear la famosa escena de la cocina de Jurassic Park, en la que los velocirraptores acechan a dos niños. Esta vez, es un quetzalcoatlus chillón, lo bastante inteligente como para seguir a los humanos a través de los túneles subterráneos que conectan el pueblo. 

Esa misma especie de pterosaurio aparece en una escena en la que Zora y Henry descienden en rappel por un acantilado muy alto, hasta llegar a un templo antiguo esculpido, de donde extraen una muestra de un nido de huevos de quetzalcoatlus. Por supuesto, la madre no está nada contenta de encontrarlos en la colonia.

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Gran parte del humor proviene de la falta de preparación de Henry para las operaciones de campo, pues ha pasado toda su vida trabajando en museos, y de su coqueteo bromista con Zora. Bailey y Johansson, ambos en excelente forma, aportan mucho encanto a la relación que va creciendo entre dos polos opuestos: él, un científico idealista; ella, una veterana de combate, segura de sí misma que, sin embargo, se muestra receptiva a las dudas éticas de Henry sobre el plan de ParkerGenix. 

Una de las secuencias más memorables —y la que más recuerda ese sentido poético y casi espiritual de asombro en la original de Spielberg— es cuando llegan a un valle verde y frondoso lleno de titanosaurios pastando. Henry parece un niño maravillado, impresionado ante la vida de estos gentiles gigantes e incapaz de contener la emoción al acariciar una de las enormes patas de esta criatura. La rica banda sonora orquestal de Alexandre Desplat, que incorpora el tema clásico de John Williams, potencia las escenas de acción, pero es especialmente hermosa en estos momentos tan emotivos. 

Otra gran fuente de emotividad en la película es la creciente unión de la familia Delgado. Isabella queda en shock y en silencio tras la experiencia, pero vuelve a encontrar alegría, gracias a una criatura adorable que lleva en su mochila y a la que llama Dolores —un animal animatrónico, parecido a un cachorro, conocido como aquilops—, algo tan típico de Spielberg que podría parecer cursi, pero esa ternura también resulta conmovedora. De igual forma, crece el respeto de Reuben por Xavier, quien resulta tener más cualidades de lo que aparenta. 

La superestrella de la franquicia, el T. Rex, con su rugido estruendoso y sus diminutas manos (no hablaré sobre eso), hace un regreso muy esperado. Despierta de una siesta en las orillas de un río, por el que los Delgado intentan escapar en balsa a través de los rápidos, pero el enorme terópodo los persigue a toda velocidad —¡nadando!— en una escena que alcanza un nivel máximo de tensión, cuando Isabella se separa del grupo.

La combinación de locaciones reales con sets y los efectos digitales son impecables. El trabajo de CGI en las criaturas es de primera, especialmente en el aterrador tramo final, cuando el torpe, pero imponente, D. Rex entra en acción. Está claro que Edwards es un fan devoto de Spielberg, e incorpora homenajes sutiles a lo largo de la película, especialmente en las secuencias en mar abierto que evocan Tiburón. Jurassic World: El Renacer probablemente no encabezará ninguna lista de las mejores entregas de la franquicia, pero los fans de siempre (me incluyo) seguramente la van a disfrutar muchísimo.

DAVID ROONEY

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