En 2006 ocurrió algo extraordinario para el cine mexicano. Mientras Alejandro González Iñárritu consolidaba su prestigio internacional con Babel y Alfonso Cuarón entregaba la devastadora distopía de Children of Men, Guillermo del Toro realizaba la película que terminaría definiendo toda su carrera.
Hasta entonces, el director oriundo de Guadalajara era visto como un maestro del fantástico y del horror pop gracias a Cronos, Blade II y Hellboy. Un director amado por geeks, monstruólogos y fanáticos de las criaturas prostéticas. Pero El laberinto del fauno cambió todo. De repente, ese mexicano obsesionado con insectos, vampiros, relojes rotos, catolicismo y monstruos tristes, nos entregaba una de las grandes obras maestras del siglo XXI. Y lo hacía mezclando cosas que parecían incompatibles: los cuentos de hadas, el franquismo, el horror corporal, la guerra civil española, el catolicismo, el fascismo, Goya, Buñuel, los hermanos Grimm y el dolor emocional de crecer demasiado rápido.
Resulta imposible hablar de El laberinto del fauno sin mirar antes a El espinazo del diablo. En esa cinta de fantasmas producida por Pedro Almodóvar, del Toro ya había explorado la Guerra Civil Española desde la mirada de un niño rodeado de muerte, fantasmas y violencia política. Pero mientras El espinazo del diablo era una historia contenida, melancólica y casi íntima sobre el trauma de la guerra, El laberinto del fauno toma esas mismas obsesiones y las expande hacia algo mucho más ambicioso: Un cuento de hadas brutal donde el horror histórico y la fantasía oscura terminan fundiéndose completamente. Una funciona como el susurro triste previo a la otra; la segunda es la explosión total de ese universo emocional y político.
La historia transcurre en 1944, en plena represión franquista posterior a la Guerra Civil Española. Ofelia (Ivana Baquero), una niña obsesionada con los cuentos fantásticos, llega junto a Mercedes (Maribel Verdú), su madre embarazada, a un cuartel militar dirigido por el capitán Vidal (Sergi López), un oficial franquista obsesionado con el orden, la obediencia y la idea enfermiza de dejar descendencia masculina. Desde el inicio, Del Toro deja claro que Vidal es el verdadero monstruo de la película.
Sergi López (Harry, un amigo que te quiere bien) construye uno de los grandes villanos de la historia reciente del cine porque nunca interpreta a Vidal como una caricatura demoníaca. Lo interpreta como algo mucho peor. Un hombre convencido de que su violencia es necesaria. Cada gesto suyo transmite control, crueldad y una masculinidad podrida por el fascismo.
Mientras la guerrilla antifranquista resiste en los bosques cercanos y su madre se deteriora físicamente, Ofelia encuentra un antiguo laberinto donde un fauno le revela una verdad imposible: Ella sería en realidad la princesa perdida de un reino subterráneo y debe superar tres pruebas para regresar a casa. Ahí es donde Del Toro hace algo extraordinario.
La fantasía nunca funciona como escape infantil. Funciona como traducción emocional del horror político. Eso vuelve tan poderosa a la película veinte años después. Porque del Toro entiende que los niños procesan el terror mediante imágenes, símbolos y criaturas. Ofelia no inventa monstruos para jugar. Los necesita para sobrevivir psicológicamente a un mundo gobernado por hombres violentos. Y ahí aparecen las grandes influencias de del Toro.
Está Francisco Goya en esos rostros deformes y cuerpos consumidos por la oscuridad (“El sueño de la razón produce monstruos”). Está Luis Buñuel, en la relación entre religión, violencia y deseo reprimido; está El espíritu de la colmena de Víctor Erice, en la mirada infantil atravesada por la posguerra española; Y también están los cuentos originales de los hermanos Grimm, donde los bosques eran espacios aterradores y los adultos podían convertirse fácilmente en depredadores. Incluso el diseño del Hombre Pálido parece salido de una pesadilla pintada por Goya después de leer a H.P. Lovecraft.
Y aun así, del Toro insiste constantemente en algo fundamental. Los monstruos fantásticos son menos crueles que los humanos reales. El Hombre Pálido devora niños, pero Vidal tortura, asesina y destruye vidas convencido de estar defendiendo una idea superior de país. El fascismo aparece entonces como la criatura más monstruosa de toda la película.
Además, El laberinto del fauno llegó justo antes de que Hollywood quedara completamente anestesiado por el CGI limpio, sin textura o rastros humanos. Del Toro todavía filmaba criaturas físicas, maquillaje prostético, animatrónicos y escenarios tangibles. Por eso la película sigue sintiéndose viva. Hay suciedad, humedad, peso y materia en cada criatura.
La fotografía de Guillermo Navarro también sigue siendo extraordinaria. Los tonos dorados del mundo fantástico contrastan con los azules fríos y metálicos del universo militar, aunque poco a poco, ambos mundos terminan contaminándose mutuamente. Porque del Toro nunca separa completamente fantasía y realidad. Las dos mantienen una relación simbiótica y ambas están llenas de sangre.
Vista veinte años después, la película también se siente como una declaración política que no ha perdido fuerza. Habla sobre el autoritarismo, la obediencia ciega, la masculinidad fascista y la resistencia emocional desde la mirada de una niña que todavía cree que la bondad puede existir. Y quizá ahí está el verdadero corazón de la película.
Ofelia sobrevive no porque sea fuerte físicamente, sino porque se niega a aceptar que el mundo brutal de los adultos sea la única realidad posible. Eso convierte El laberinto del fauno en mucho más que una película fantástica, una de las obras más humanas y crueles que ha dado el cine moderno.
Veredicto: Veinte años después, El laberinto del fauno sigue siendo el punto donde Guillermo del Toro dejó de ser solamente un gran director de cine de monstruos para convertirse en uno de los grandes cineastas políticos y fantásticos de su generación.
Ficha técnica
Título: El laberinto del fauno
Título original: El laberinto del fauno
Dirección y guion: Guillermo del Toro
Elenco: Ivana Baquero, Sergi López, Maribel Verdú, Doug Jones, Ariadna Gil
Fotografía: Guillermo Navarro
Música: Javier Navarrete
Año: 2006
Duración: 118 minutos
País: España/México
Género: Fantasía oscura, drama bélico, horror fantástico