En una época en la que el documental social corre el riesgo de volverse fórmula o panfleto, La red emerge como una obra muy singular. Es combativo sin caer en la consigna vacía, y llega a ser poético sin renunciar al humor o al dolor. Dirigido por Juan David Cortés Hernández, este largometraje colombiano no se limita a narrar la historia de una organización comunitaria, sino que encarna sus luchas, emociones y horizontes utópicos en cada encuadre. Es cine de autor y cine colectivo, cine de la calle y cine político.
“Lo que hace de este documental una propuesta particularmente poderosa es su ética de la imagen. Cortés Hernández, quien también se encargó de la dirección de fotografía y del montaje, trabaja desde adentro, no como observador sino como cómplice. Su cámara no se impone sino que acompaña”.
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El eje de la obra es la Red Comunitaria Trans, organización fundada en 2012 en el barrio Santa Fe de Bogotá, cuya existencia ha sido un acto de vida frente a un sistema que le niega justamente eso: el derecho a vivir. Con una expectativa de vida promedio de apenas 35 años para las mujeres trans en Colombia, el simple hecho de persistir, reunirse, marchar, sanar y crear ya es profundamente subversivo. La red captura esa subversión en toda su complejidad, multiplicando voces, cuerpos, lenguajes y gestos, pero también en sus silencios y ausencias.
Lo que hace de este documental una propuesta particularmente poderosa es su ética de la imagen. Cortés Hernández, quien también se encargó de la dirección de fotografía y del montaje, trabaja desde adentro, no como observador sino como cómplice. Su cámara no se impone sino que acompaña. No estetiza la miseria y tampoco dramatiza el trauma. Encuentra, más bien, una forma de registrar la vitalidad de las calles, los talleres artísticos, los inflables monumentales, las marchas, las ausencias y las cicatrices. Es una mirada sin exotismo ni distorsión, profundamente afectiva y política.
La película encuentra su dispositivo central en una escultura inflable de doce metros: Un cuerpo trans desbordado que se convierte en monumento de lo no monumentalizado. Lejos de las estatuas ecuestres y los próceres de mármol, este cuerpo inflable recoge la memoria de las asesinadas, de las expulsadas y de las desaparecidas. Es una imagen tan concreta como simbólica, y articula uno de los pasajes más conmovedores del filme: Cuando la Red viaja con este artefacto a Ciudad de México para acompañar la marcha trans local. Allí se produce un cruce entre territorios, lenguajes y experiencias que refuerza la dimensión continental de la lucha.
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No es casual que gran parte del equipo técnico y del elenco esté integrado por miembros de la misma Red Comunitaria Trans. Más allá del testimonio, hay una afirmación de autoría colectiva. El arte no es un adorno de la lucha, sino una extensión de su cuerpo. Esto se refleja en la música compuesta por Miguel Navas, que evita el subrayado emotivo para tejer atmósferas electrónicas de calidez, rabia y celebración. También en el montaje, preciso y emocional, que permite que cada secuencia respire sin urgencias ni concesiones didácticas.
La red no busca complacer ni complacer al espectador liberal ni tampoco escandalizar al conservador. Su meta es otra: Transformar. Como sugiere el propio director al recordar los inicios del proyecto, el arte puede (y debe) ser una herramienta de conexión, de visibilidad, de resistencia. Lo que aquí se construye no es un simple retrato institucional, sino un relato coral donde el arte popular (marica, travesti, callejero y prostibulario) y se inscribe en el territorio del cine político latinoamericano más lúcido y necesario.
El filme de Juan David Cortés Hernández no se deja encasillar. Es un documento histórico, una carta de amor a las redes del cuidado, un archivo del duelo y una coreografía de la rabia. Si el Estado y la sociedad han fallado en proteger a las personas trans, La red responde con una propuesta estética que hace visible lo que tantos prefieren no ver. Y, sobre todo, con una ternura que no se resigna. Una ternura organizada.