Director: Gerardo Herrero
Álvaro Morte, Mina El Hammani, Sara Hwidar, Abdelatif Hwidar
Con Raqa, Gerardo Herrero se adentra en un territorio que el cine de espías rara vez se atreve a explorar a fondo: el Estado Islámico desde dentro, sin adornos ni justificaciones, y con una ética de observación más que de espectáculo. Basada en la novela de Tomás Bárbulo (Vírgenes y verdugos), la película esquiva el sensacionalismo para centrarse en el dilema moral del espionaje moderno.
La historia sigue dos líneas paralelas. Haibala (Álvaro Morte, el “profesor” de La casa de papel), es un infiltrado que navega el engranaje interno del ISIS, y Malika (Mina El Hammani), es una enfermera ceutí reclutada por Europol. Ambos tienen el mismo objetivo, pero este es apenas el marco. Lo que Raqa plantea es un retrato del daño que producen las lealtades cruzadas, donde cada personaje carga con sus propias zonas grises.
Herrero construye la narrativa como un juego de espejos. Cada movimiento de Haibala tiene su reflejo en las acciones de Malika. La simetría no es un capricho formal, sino una forma de evidenciar que, al margen de las banderas, los métodos se parecen y los costos humanos se repiten. El filme insiste en una verdad incómoda. espías, víctimas, confidentes y operadores son, en este juego, piezas y combustible a la vez.
El lenguaje visual responde a esa lógica. La cámara de Juan Carlos Gómez observa sin invadir. La violencia se sugiere más de lo que se muestra, y el fuera de campo se convierte en una herramienta narrativa. No hay pirotecnia ni morbo; la tensión nace de lo cotidiano, de pasillos de hospital, controles fronterizos y habitaciones en tránsito donde una decisión lo cambia todo. Raqa piensa el terror sin reproducir su espectáculo.
Las actuaciones se alinean con esta sobriedad. Álvaro Morte convierte a Haibala en un profesional del miedo, alguien que dosifica emociones como parte del oficio. Mina El Hammani logra un arco más contenido pero potente. Su Malika es una operadora que, por ser también sanitaria, no puede desensibilizarse del todo. Sara Hwidar aporta una dimensión clave como Muna, una adolescente cuya presencia reformula la misión. Y Abdelatif Hwidar, además de actor, ofrece el rigor lingüístico que la película necesita. El uso del árabe clásico, junto al español e inglés, no es decorativo, sino estructural.
En lo temático, Raqa se sumerge en dos núcleos potentes. Uno es la vida de las mujeres bajo el ISIS. Aquí no hay discursos explícitos, sino procesos sistemáticos de anulación legal, esclavitud y maternidad instrumentalizada. El otro es el tráfico de arte como engranaje económico de la guerra. Herrero conecta expolio y subastas con una línea directa que une la ciudad sitiada con las oficinas del primer mundo. No busca denunciar, sino exponer el absurdo de estos objetos diseñados para preservar memoria usados para borrar otras.
A nivel de producción, la verosimilitud no depende de la ubicación geográfica, sino de la atmósfera. Aunque no se filmó en Siria, la reconstrucción en Marruecos y Navarra logra transmitir el clima de sospecha permanente, de improvisación constante, de calles atravesadas por la tensión invisible del toque de queda. La integración puntual de material de archivo potencia esa sensación de ficción anclada en lo real.
Narrativamente, la película apuesta por una “lentitud funcional” que no busca clímax inmediatos, sino un suspenso que nace de la espera y de la logística. El precio de esa elección llega en el tramo final, donde el guion (firmado por Irene Zoe Alameda) cierra con una resolución más convencional que lo construido hasta entonces. El desenlace no borra lo anterior, pero sí reduce el filo con el que venía operando la historia.
Aun así, Raqa destaca por algo poco común en el thriller de espionaje actual. Retrata el espionaje como un trabajo y no como una fantasía. El manejo de códigos, idiomas, fuentes y decisiones tácticas define una ética profesional que a menudo choca con la moral personal. Ese conflicto es el núcleo de la cinta, y Herrero lo filma sin verbalizarlo. Lo dice una mirada, una respiración contenida y una ejecución que queda fuera de plano.
La cinta también articula lo que podríamos llamar una “geografía moral”. No organiza la historia en torno a un mapa geopolítico rígido, sino en función de relaciones de poder. Quién vigila a quién, quién se vende a quién y quién es útil a quién. No hay lugar para el consuelo occidental de echar la culpa solo al fanatismo. Raqa muestra cómo el negocio del terror necesita cómplices con corbata y despacho limpio.
¿Dónde se ubica entonces Raqa dentro del género? Por encima de la media, sin duda. Su apuesta por el rigor lingüístico, el foco en las mujeres, la mirada sobre la economía del saqueo y una puesta en escena que evita el fetiche de la violencia, la convierten en una rareza bienvenida. No busca agradar y tampoco busca traicionar su propio material. Y, en un género saturado de fórmulas, eso ya es una declaración estética y política.
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