Bogotá amanece con un fenómeno improbable. Una bandada de flamencos sobrevuela la ciudad como si hubiera tomado una ruta equivocada y no encontrara cómo regresar. Ese detalle, que en otra película sería simple color local o un golpe de lirismo gratuito, en Selva funciona como una clave. No es tanto un “misterio” como una metáfora viva, insistente, de un estado de ánimo.
Julián (José Restrepo) también está perdido. Lleva cinco años trabajando en un call center, atrapado en el ruido constante de la atención al cliente, sosteniendo una existencia en piloto automático hasta que una llamada inesperada lo confronta y lo empuja a caminar la ciudad como quien busca aire, o un último hilo que lo conecte con algo verdadero.
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Codirigida y escrita por Esteban Hoyos García y Juan Miguel Gelacio, Selva avanza como un mapa emocional hecho de viñetas que consisten en encuentros con viejos afectos, cruces con extraños, silencios largos que pesan más que los diálogos, y una Bogotá filmada no como una postal sino como un organismo hostil, abarrotado, gris e indiferente.
La puesta en escena abraza una cotidianidad asfixiante, pero se permite pequeñas fugas poéticas (los flamencos, ciertas irrupciones del azar) que no buscan “embellecer” el malestar, sino nombrarlo de otra forma. Cuando no hay lenguaje para decir “no puedo más”, el cuerpo sale a caminar y la ciudad se vuelve la única conversación posible.
Restrepo (Enemigo en el espejo, Estado de fuga 1986), construye a Julián desde lo mínimo. Una mirada fija, un cansancio físico que no necesita explicaciones, una manera de habitar el espacio como si ya estuviera de salida. La película entiende que el gran conflicto no siempre se expresa en estallidos. A veces es un desgaste lento y una desconexión que se vuelve costumbre.
Y en ese registro, su mayor virtud es la empatía, nunca condescendiente, con quienes viven atrapados entre la promesa de un futuro que no llega y la culpa de sentirse “ingratos” por no saber disfrutar lo poco que tienen. Ahí es donde Selva se vuelve más punzante. El call center no es solo un trabajo. Es una metáfora de la ciudad como rutina, como guion ajeno que se repite, como una performance de amabilidad obligatoria mientras por dentro todo se vacía.
La dirección opta por una “cocción lenta” coherente con el tema. Sin embargo, esa elección tiene un costo. por momentos, el conjunto se siente más como un estado que como una progresión, y la película roza el riesgo de quedarse flotando en su propia atmósfera. Pero también es su apuesta más honesta. El hastío generacional que retrata rara vez ofrece catarsis; más bien produce días que se parecen demasiado entre sí, hasta que uno decide romper la línea aunque no sepa hacia dónde.
Donde Selva realmente gana terreno es en su capacidad de hacer que lo íntimo se perciba colectivo. Los flamencos extraviados no “explican” a Julián, pero lo acompañan. Son esa presencia que insiste en el fondo del cuadro para recordarnos que perder el rumbo no es una falla individual, sino un síntoma. La película mira esa condición con compasión y con rabia, sin convertirla en discurso, y encuentra en la ciudad (en sus sonidos, en sus ritmos y en su cansancio) una forma de relato tan importante como el protagonista.
Veredicto: Un debut sensible y lúcido que retrata la alienación urbana con pulso poético y observación aguda. Aunque su estructura de viñetas a veces diluye el impacto, confirma a Hoyos García y Gelacio como voces a seguir.
Ficha técnica
Título: Selva
Dirección: Esteban Hoyos García, Juan Miguel Gelacio
Guion: Esteban Hoyos García, Juan Miguel Gelacio
Reparto: José Restrepo, Marcela Valencia, Laura Tobón, Jamblock Jr., Marcela Robledo, Jorge Herrera
Fotografía: Paula Moreno Vergara
Montaje: Juan Miguel Gelacio Ramírez
Música: Daniela Ziadé
País: Colombia
Duración: 75 min.
Idioma: Español
Género: Drama/Ficción