Leah Forester ha construido una carrera donde el diseño de interiores trasciende lo funcional para convertirse en una narrativa visual. Comenzó su trayectoria en el Nueva York de los años noventa, en medio de la escena de la moda que marcó época, trabajando para figuras como Diane von Fürstenberg, Isaac Mizrahi y Vera Wang. Esa etapa le enseñó algunas cosas que aún están presentes en su proceso creativo.
“He aprendido varias cosas de muchas maravillosas mujeres cuando trabajé allí. Mujeres que eran muy claras sobre su visión creativa, que eran intrépidas, que lograron tener una vida de familia muy hermosa, una vida creativa y una vida social muy fuerte”, recuerda. Para ella, el verdadero legado de esas experiencias fue comprender que “nuestra vida es realmente nuestra mayor obra de arte”.
Forester rápidamente se convirtió en un personaje reconocido en la moda y el estilo editorial. Fue directora de relaciones públicas, productora de desfiles y estilista de moda editorial y comercial. Después, asumió la dirección de moda de C Magazine, donde consolidó su voz en la narrativa visual del estilo californiano. “Solo la idea de trabajar con fotógrafos que creían en mí, quizás antes que yo creyera en mí misma, fue realmente formativo. Tener la oportunidad de poner mi voz en una revista que se trata del estilo californiano –crecí en California– fue una posición muy relevante para mí y tenía mucho que decir”, señala.
Durante esos años trabajó con modelos como Carolyn Murphy, Kirsty Hume y Cindy Crawford, así como con celebridades como Sharon Stone y Julia Roberts. “Ver a la gente ser genial en lo que hacen”, afirma, fue una de las lecciones más importantes que le dejó su paso por la publicación.
Su trabajo fue derivando hacia una exploración más profunda del espacio como experiencia. De hecho, el mundo de la moda le permitió comprender la exigencia y el dinamismo del sector. “En los momentos de alta presión es cuando mi mejor obra sucede”, explica. Esa necesidad de expansión la llevó a transformar su propio loft en Venice, California, en un espacio creativo donde organizaba cenas temáticas y eventos que fusionaban gastronomía y arte.
Así nace The Venice Supper Club. Inspirada en la libertad creativa de Burning Man, Forester encontró en estas experiencias una forma de trasladar el espíritu del desierto a un entorno urbano. “Fue lo más cercano a ir a Burning Man sin tener que ir a la playa”, comenta.
Ese camino, que también incluyó su primera boutique por cita en Nueva York, derivó en su proyecto más ambicioso: Casa La Huerta, en Careyes, México. Comprada en 2020, en pleno inicio de la pandemia, la villa se transformó en un espacio que da prueba de su visión. “Es un camino sinuoso, pero cuando lo miro, hace sentido que haya terminado en este lugar que, para mí, es el ideal”, dice. Con nueve habitaciones y un diseño meticuloso realizado junto a Raven Kauffman, Casa La Huerta se convirtió en un refugio artístico. “Me gusta crear el ambiente para todo. Tener las bebidas correctas cuando la gente llega, y las ropas correctas que las chicas usan. Todo es parte de la experiencia, quieres crear la ilusión perfecta”, afirma.

La pandemia, lejos de frenar el proyecto, le dio el tiempo necesario para desarrollarlo a detalle. “En verdad pasamos mucho tiempo caminando por cada esquina de la casa y pensando, ¿dónde queremos sentarnos? ¿Dónde queremos que la luz esté? Solo teníamos tiempo en nuestras manos para hacer todo lo posible”, explica. Con el trabajo de 200 artesanos locales, la renovación concluyó en menos de un año, manteniendo la esencia original de la propiedad.
Casa La Huerta hoy es un lienzo vivo. Esculturas de Alex Grey, instalaciones sonoras de Aaron Taylor Kuffner y piezas luminosas del dúo Hybycozo conviven en un entorno que refleja el gusto personal de Forester y su esposo. “Realmente es arte visionario, y eso puede significar muchas cosas. Es visionario, es experimental, son cosas que puedes tocar, escuchar o sentir. Es interactivo, de alguna manera”, señala.

Cortesía Prensa.
El proyecto también guarda un homenaje a la estética de Bvlgari a través de su elemento más icónico: la Serpiente Pool. Inspirada en una joya vintage de la casa romana, la piscina es toda una pieza de arte que complementa la propuesta. “Presiento una serpiente en la piscina”, le dijo a su co-diseñadora Raven Kauffman, quien no dudó en darle forma a la idea. Tras un minucioso proceso de diseño y mosaicos elaborados a mano, la serpiente culmina en una lengua bifurcada de oro de 18 quilates.

Más allá de lo arquitectónico, Forester define Casa La Huerta como un espacio emocional y espiritual. “Espero que se sientan transportados a un lugar donde cualquier cosa es posible. Que tengan una perspectiva más amplia sobre la vida. Además, que sientan que no solo fueron a un lugar geográfico, sino que fueron a un nuevo lugar dentro de ellos mismos”.
Careyes, con su comunidad surrealista y artística, es el escenario ideal para este proyecto. “Es como si todas las ovejas negras del mundo nos uniéramos en un lugar y creamos esta familia muy extraña”, describe. “El hijo de Gian Franco Brignone me dijo: ‘Mi padre hubiera amado esta villa. De verdad, la hubiera amado’. Para mí, eso es tan conmovedor y el mejor cumplido que pude haber tenido”, confiesa.
Y aunque Casa La Huerta se ha consolidado, aún hay mucho más por explorar dentro de su concepto. Más allá de sus instalaciones, el proyecto se extiende hacia la creación de objetos que prolongan la experiencia de la Villa fuera de sus muros. Ponchos bordados con el logo, chándales, bolsas y accesorios luminosos forman parte de una línea de mercancía pensada no solo como recuerdos, sino como piezas útiles inspiradas en la vida cotidiana y en pequeños hallazgos que Leah ha ido recopilando con el tiempo. “No quería que fueran souvenirs, sino objetos que de verdad pudieras usar, que tengan un sentido práctico pero también emocional”, explica.
A la par, surgen colaboraciones que amplifican su universo, como la que Leah desarrolla junto a Relato Nativo, un taller de perfumería artesanal en Oaxaca. De esa alianza nace un aroma exclusivo que busca capturar la esencia del lugar a través de notas de copal y ámbar, disponible en formato de aceite y vela para quienes desean llevar consigo un recuerdo sensorial de su estancia. “Para mí era importante que la gente pudiera llevarse un pedacito de La Huerta, no solo en la memoria, sino también en la piel, en el día a día”, comenta.
En su recorrido, Leah Forester ha dado vida a un trabajo que trasciende disciplinas y espacios, configurando un lenguaje propio que se refleja tanto en su carrera como en Casa La Huerta. “El elemento más importante de la creatividad es la autenticidad. Nunca pienso en cómo va a ser recibido. Cuando tu punto de vista viene de un lugar de amor y belleza, está bien si no a todos les gusta”, concluye.