Emiliano Pernía: “Aureliano José muere antes de descubrir quién es”

El actor colombiano habla de la tragedia de Aureliano José en Cien años de soledad y de las experiencias con David Fincher, Michael Fassbender que han marcado su oficio.

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

octubre 5, 2026

2:40 pm

Emiliano Pernía (Cortesía de Mauro González)

Aureliano José parece haber nacido con una guerra que comenzó antes de él. Hijo del coronel Aureliano Buendía y Pilar Ternera, criado por Amaranta y heredero de uno de esos nombres que en Cien años de soledad funcionan casi como una condena, el personaje llega a la segunda parte de la adaptación de Netflix cargando las obsesiones, deseos y contradicciones de generaciones anteriores. Para Emiliano Pernía, interpretarlo significó encontrar al individuo escondido debajo del apellido Buendía.

Pernía encontró una clave fundamental en la diferencia entre padre e hijo. Mientras el coronel Aureliano Buendía parece impulsado por la guerra, Aureliano José está gobernado por el amor. Incluso su paso por el conflicto armado termina subordinado a su obsesión por Amaranta, una relación que concentra varios de los grandes temas de la novela de Gabriel García Márquez: el incesto, el deseo, la repetición y la imposibilidad de escapar de aquello que una familia hereda.

Esta conversación con Pernía permite recorrer una carrera todavía joven pero marcada por encuentros extraordinarios. El actor recuerda haber llegado prácticamente recién salido de la escuela de actuación al set de The Killer, dirigido por David Fincher y protagonizado por Michael Fassbender, y haber descubierto allí una disciplina que todavía determina su manera de trabajar. Ahora, frente a la dimensión literaria y cultural de Cien años de soledad, aquellas enseñanzas reaparecen en una reflexión sobre el rigor, el miedo, la preparación y algo mucho menos visible que una interpretación frente a la cámara: la generosidad entre actores.

Cortesía de Mauro González

Aureliano José hereda el nombre de los Aurelianos, pero también una historia familiar marcada por la guerra, la soledad y las relaciones imposibles. ¿Cómo construiste un personaje que pertenece inevitablemente a ese destino familiar y al mismo tiempo necesita sentirse como un individuo?

Para mí fue muy importante, desde el proceso de crear el personaje, entender si estaba más movido por la guerra o por el amor. Creo que ahí aparece la gran coyuntura con el padre, con el coronel. La motivación del coronel en la novela va más por la línea de la guerra y la motivación de Aureliano José va más por la línea del amor.

Él se va a la guerra para escapar del amor, pero también para convertirse en un hombre. Cuando acompaña a su padre y luego vuelve a Macondo, García Márquez lo describe ya con características de hombre y con la secreta determinación de casarse con Amaranta. En esas líneas de la novela estaban para mí los pequeños tesoros que me indicaban por dónde interpretar a Aureliano José. Por eso creo que el capítulo donde aparezco como Aureliano José tiene algo de tragedia griega: es la historia del hombre que muere por amor.

La relación de Aureliano José con Amaranta es una de las más transgresoras de la novela porque reúne prohibición, deseo, obsesión y familia. ¿Cómo abordaste una relación tan compleja sin juzgar al personaje?

Claramente no me imaginé a mi tía para interpretarlo. Recuerdo la escena en la que Aureliano José busca a Amaranta, toca la puerta, entra al cuarto y le dice que quiere casarse con ella. Ella le responde que es un insolente y que lo único que le faltó fue amamantarlo.

Yo intentaba encontrar, como actor, dónde apoyarme para imaginar esa situación. Recuerdo estar en el tráiler con Claudio Cataño, que fue muy generoso conmigo. Le dije: “No sé cómo hacer esta escena”. Laura Mora me decía cuánto la quiere y cuánto la necesita, pero dentro de mi proceso actoral no sabía cómo imaginarlo.

Claudio me dio unas pautas muy interesantes: pensar en alguien que viene a reclamar algo que considera que le pertenece. Despersonalizar a la mujer que tienes delante, desdibujar esa parte humana y pensar: «Esto que tengo acá es mío, lo reclamo y es para mi propio uso, de nadie más». Sin juzgarlo.

Si uno se pone a pensar, suena bastante extraño, pero era imaginar algo que para el personaje indiscutiblemente le pertenece. Tú tienes, por ejemplo, unas películas detrás de ti. Son tuyas y no hay discusión. ¿Qué ocurre si haces ese mismo ejercicio y, en lugar de una película, colocas a una persona que el personaje considera que le pertenece? Las dos son cosas preciadas y, dentro de esa lógica, la otra persona termina convertida en eso.

Cortesía de Mauro González

Aureliano José crece bajo la sombra de un padre convertido en mito, el coronel Aureliano Buendía. ¿Cuánto de lo que hace nace de su personalidad y cuánto del intento de escapar de la figura del padre?

Creo que Aureliano José es una víctima de la vida que le tocó y que él no escogió: ser hijo de ese padre, no tener una madre que lo criara y terminar criado por su propia tía. Es un personaje que, lastimosamente, nunca logra encontrar quién es. Muere en la búsqueda de encontrar quién es.

No sabe si es el hijo de Pilar, si es el hijo o el amante de Amaranta, ni si quiere ser como su padre. Recuerdo una escena que hicimos y finalmente no quedó en la serie. Aureliano José va al bar de Catarino después de que Amaranta le dice que, si vuelve otra vez, ella se va a matar. Catarino le pregunta: “¿Por qué no te fuiste a la guerra con tu papá?”, y él responde: “¿Para qué me voy a la guerra si la guerra ya la tengo dentro?”.

Es un personaje que muere antes de descubrir quién es. Está destinado a enamorarse de Carmelita Montiel y tener siete hijos, y de pronto ahí hubiera sido feliz. Tal vez. Pero lo vemos morir en ese intento por encontrar quién carajos es Aureliano José.

Los personajes de Cien años de soledad parecen tener libertad, pero sin importar las decisiones que tomen terminan repitiendo comportamientos de las generaciones anteriores.

Totalmente. Por ejemplo, Remedios la Bella es un personaje muy interesante porque, para mí, ella ve la perversión y la violencia que hay en este mundo y tiene la capacidad de decidir si quiere formar parte de este plano terrenal. Decide irse. Dice: «Esto no». Evidentemente tiene muchas interpretaciones, pero yo lo veo como la compasión más inmensa que uno pueda imaginar: ”No voy a formar parte de esta matanza entre seres humanos. Mátense ustedes y yo me voy”.

Para mí también puede funcionar como una metáfora del suicidio, cuando alguien decide desterrarse, alienarse, huir, escapar, volar, ascender; abandonar este plano. Aureliano José no tenía la culpa de la vida que le tocó, pero de eso trata también la novela: de lo que cada generación de esta familia va heredando de la anterior y de cómo cada vez está más podrido. No hay manera de corregir esas herencias.

¿Qué aspecto de Aureliano José te hizo preguntarte con mayor intensidad cómo convertir algo que funciona en la literatura en algo verdadero frente a una cámara?

La necesidad. Creo que el intérprete tiene que tener muy claras su necesidad, su deseo y su objetivo. Son conceptos que se cruzan, pero hay que definir muy bien cuál es el objetivo del personaje. ¿Ser como su padre? ¿Convertirse en un hombre para Amaranta? ¿Demostrarle que lo es? ¿Y qué pasa si no lo consigue?

Recuerdo que en las conversaciones que tuvimos con Laura Mora al comienzo del rodaje ella me habló de ciertas referencias para la serie y para Aureliano José. Entre ellas me recomendó ver Rodrigo D: No futuro  de Víctor Gaviria y The Thin Red Line, de Terrence Malick.

Ella hablaba de esa “secreta determinación de casarse con Amaranta” que menciona la novela, pero la pregunta era qué pasa con él cuando le cierran esa puerta. Si no se la cierran, su destino es repetir la historia de sus antepasados y continuar ese ciclo de incesto. Pero si esa historia no se cumple, ¿qué le queda?

En eso coincidimos con Laura: se convierte en un suicidio a largo plazo. Empieza a vagar por las calles de Macondo, a emborracharse en la plaza, apostar en las peleas de gallos y meterse en peleas. Creo que los seres humanos pueden tomar un camino de vida o un camino de muerte, y él escoge un camino de muerte. Entra en su propia guerra y empieza a buscar la muerte.

Trabajaste con David Fincher y Michael Fassbender en The Killer. Ahora estás interpretando un personaje con el peso cultural de Aureliano José. ¿Hay algo que hayas aprendido en aquella experiencia que terminara acompañándote en Cien años de soledad?

No sé si de manera consciente. Los proyectos, el trabajo y la colaboración con las personas suelen dejar enseñanzas que muchas veces aparecen inconscientemente. Desde que pisé ese set de Fincher entendí el respeto por el set, por los compañeros, por el equipo y el rigor que hay que tener para sentirte merecedor de estar ahí parado. La preparación que eso conlleva y el respeto con el que hay que tomarse el trabajo.

Con Laura Mora recuerdo que ya se respiraba ese respeto por el equipo, por la escena, por la concentración, por el trabajo del actor y por el proceso de cada uno. El silencio es algo que para mí cada vez es más sagrado. Lo honro. Colaborar con personas que se toman este trabajo con tanta seriedad y rigor como David Fincher es increíble.

Recuerdo que llegué a su set en Los Ángeles. Me dio la mano y me dijo: “Gracias por estar acá. Vamos a trabajar”. Te sacaban del tráiler y era para ponerte inmediatamente en la marca donde habían tenido al stand-in. Llegabas, te explicaban la escena y era: “Tres, dos, uno, acción”. No había tiempo.

Los actores tenemos mucho tiempo para esperar y está en la conciencia de cada actor decidir qué hace con ese tiempo. Puedes estar en el tráiler haciendo TikTok o revisando el texto, aprendiendo una escena, haciendo calentamiento de voz o corporal. Cada uno sabe qué necesita. Yo todavía soy joven y sigo buscando qué me sirve. Estoy tranquilo cambiando las metodologías y procurando no casarme con ninguna. Soy muy intuitivo en ese sentido. La experiencia con Fincher me enseñó a seguir tomándome este trabajo con el respeto y el rigor que merece.

Michael Fassbender en The Killer (Cortesía de Netflix)

Además, estabas frente a Michael Fassbender en uno de tus primeros trabajos profesionales. ¿Cómo recuerdas aquella experiencia?

Para mí haber sido dirigido por Fincher fue un privilegio. Yo crecí viendo El club de la pelea. Los hombres adolescentes de mi generación hasta montábamos clubes de pelea en la casa, nos poníamos guantes y nos dábamos en la jeta. Crecí con esas películas.

Y actuar frente a Michael Fassbender fue una delicia. Me parece un actor impresionante y fue uno de los compañeros más generosos que he tenido. Esa es otra gran enseñanza que me llevo para mi vida: los actores que más admiro suelen ser siempre los más humildes y generosos.

Fueron tres días de rodaje para dos minutos de secuencia, jornadas enteras. Recuerdo que Fincher en algún momento cambió el orden de algunos diálogos y añadió otras cosas. Las primeras dos veces que grabé me caía, no tenía claro el diálogo, y Fincher dijo: “Paremos cinco minutos. Michael, ¿puedes pasar las escenas con Emiliano?”. Michael dijo que sí. Yo le pregunté: “¿No te importa?”, y me respondió: “Hermano, lo que necesites”.

Era mi segunda película, mi segundo trabajo en la vida. Acababa de salir de una escuela muy exigente, el Estudio Corazza para el Actor. Recuerdo vivir esa experiencia con mucho miedo y mucha inseguridad porque una cosa es la formación académica y otra la experiencia laboral, especialmente cuando llegas a un set y tienes enfrente a personas que admiras.

Fassbender me miró a los ojos, me puso la mano en el hombro y me dijo: “Hermano, aquí estoy. Soy tu compañero”. Para mí fue un alivio. Pensé: “Ah, bueno. Este hombre no solamente es Michael Fassbender: es mi compañero”. Hay cosas que uno no entiende cuando ocurren y cuya importancia descubre meses o años después.

¿Encontraste algo parecido trabajando con Claudio Cataño en Cien años de soledad?

Claudio fue eso para mí también. Yo admiraba mucho su trabajo desde la primera temporada y lo conozco desde hace tiempo. Es un actor que admiro profundamente. Compartimos momentos que nunca se ven y nunca se van a ver, porque no ocurrieron frente a la cámara. Fueron momentos muy íntimos en los que él, como compañero, me sostuvo dentro de esta historia. Casi como de padre a hijo me decía: «Mira, esto es lo que quiero que entiendas de mi historia como el coronel».

Tuvimos momentos muy íntimos y muy bellos. Creo que esos son los tesoros que uno guarda para la vida: los momentos que no quedaron grabados y que nadie vio. Eso me conmueve profundamente.

Has trabajado con cineastas como David Fincher y Peter Webber y ahora formas parte de Cien años de soledad. ¿Qué viene para Emiliano Pernía?

Acabo de estrenar una obra de teatro con Robinson Díaz en el Teatro Libre de Chapinero. Cuando terminamos la función y recibimos el aplauso del público, Robinson me presentó como “Emiliano Pernía, actor que se estrena profesionalmente en teatro”.

Inauguré otro lugar que no conocía: el teatro profesional. Vengo de procesos de formación muy interesantes y trabajé con Victoria Hernández en La ópera de los tres centavos en el Teatro Libre, pero esta es la primera vez que me contratan profesionalmente para hacer una obra. Para mí es un honor trabajar con Robinson. Somos él y yo sosteniendo la obra junto con Ian Valencia, con quien alterno el personaje. La obra se llama La clase del influencer, de Daniel Dátola, y la dirige Juan José Díaz Arango, hijo de Robinson y mi mejor amigo. Es muy lindo porque siento que estoy trabajando en familia.

También estoy con Mateo Stivel y Laura Tatiana Borquez en un proyecto que se llama Desmadre. No sé si puedo hablar de eso, pero bueno, te lo acabo de soltar. 

Esta segunda parte de Cien años de soledad tiene más garra y víscera. Es muy compleja porque es decadencia, muerte y tragedia, pero la sentí mucho más emocional.

Sí. Hay secuencias en las que se percibe todo el trabajo que existió antes de agarrar las cámaras. Recuerdo las libretas Moleskine de Laura Mora. Tenía unas seis y cada página correspondía a una escena, con referencias pictóricas y cinematográficas, desgloses y arcos dramáticos. Era un trabajo enorme. Esas son las cosas que me llevo. Siempre hay alguien que está más preparado que uno y alguien que tiene más pasión que uno. Eso se contagia. Para mí, eso es delicioso.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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