¿Existe malinchismo en el cine latinoamericano? Opinión

Un cuestionamiento sobre lo que nos gusta, lo que criticamos y el por qué a veces nos olvidamos del cine latinoamericano

Por JULIETA CHÁVEZ |

octubre 24, 2025

4:10 pm

Fotografías: Aldara Zarraoa/Getty Images Europe; AFP; PIREXIA FILMS-CINÉPOLIS DISTRIBUCIÓ; SSIFF; Cortesía | Collage: Ana Serna

Malinchismo: Actitud de quien muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio. (RAE)

Hace poco fui a La Cineteca de las Artes, cerca de los Estudios Churubusco. Llevaba tiempo queriendo ir a ver Autos, Mota y Rocanrol desde que una de las actrices, quien interpreta a la vocalista de Tequila, me contó su emoción por el estreno. La disfruté muchísimo, la verdad. La banda sonora me pareció una genialidad y su humor mexa logró sacarme varias carcajadas. En cuanto los créditos comenzaron, como acostumbro, abrí Letterboxd para escribir una reseña y leer lo que estaban diciendo los demás. Para mi sorpresa varias personas no pensaban lo mismo que yo. Algunos incluso la describían como “la peor película que han visto” o como “una buena idea con muchas lagunas mentales”. Al meterme a sus perfiles, me causó gracia notar que la mayoría de esos usuarios consumen principalmente cine europeo o estadounidense. Claro que entre gustos se rompen géneros y hoy que veo las reseñas puedo ver que las opiniones han cambiado de forma positiva, pero durante sus primeros días de estreno parecía que mucha gente no supo apreciarla.

Pirexia Films

Eso me hizo preguntarme el por qué solemos ser tan duros con el cine mexicano. Tengo una lista en esa misma aplicación de películas nacionales que disfruto mucho. No todas son la revolución del cine, pero sí son muy palomeras. Aun así, cuando leo las malas reseñas que dejan en sus comentarios, sigo creyendo con firmeza que están siendo juzgadas con injusticia, ceguera y malinchismo.

Me parece pertinente explicar qué significa este concepto tan ligado a la historia mexicana. Hace poco más de quinientos años, a principios del Siglo XVI, existió una mujer indígena llamada Malintzin, mejor conocida como “La Malinche”. Su papel durante la conquista española fue traducir y aconsejar a Hernán Cortés, líder de la expedición que resultó en la caída del Imperio azteca. Más allá de los abusos y la misoginia con la que se ha contado su historia, con el tiempo su nombre quedó asociado a la idea de preferir lo extranjero sobre lo propio. De ahí viene el término “malinchismo”.

Con esto en mente, existe otro ejemplo en el que pienso: Señora Influencer de Carlos Santos, la cual, creo yo, no tuvo la promoción ideal para el tipo de película que realmente era, pero sigue siendo una propuesta muy interesante con talentos extraordinarios como lo es Mónica Huarte, Leonardo Daniel, Macarena García y Bárbara Lombardo. En lugar de verla como veríamos cualquier otro largometraje, la terminamos por convertir en un meme de forma casi inmediata. No digo que debamos tomar todas las películas con una seriedad enorme; al final del día el cine es para disfrutar, pero incluso yo misma fui víctima de la burla colectiva y terminé llevándome una grata sorpresa.

Still de Señora Influencer, Prime Video

Durante mi tiempo escribiendo en la revista he tenido la oportunidad de conversar con varios cineastas mexicanos. David Pablos, director de El baile de los 41, Las elegidas y En el camino, se abrió conmigo sobre el tema. Me dijo que en México hay demasiados proyectos esperando luz verde, pero existen muy pocos recursos para llevarlos a cabo y que el apoyo institucional casi nunca alcanza para producir una película, aunque sea independiente. Existen plataformas que brindan la posibilidad de acceder a presupuestos más grandes, pero también tienen sus propios requisitos o intereses. Apuestan, en general, por un público masivo. Lo malo es que, al menos en México, ese “público masivo” se refiere a producciones más cómicas, de las que nos hemos burlado hasta el cansancio (como Mirreyes vs Godínez o cualquiera que incluya a Omar Chaparro, Martha Higareda o Eugenio Derbez).

Quizá ese ojo extremadamente crítico con el que vemos el cine latinoamericano ocurre solo con las producciones comerciales. Vemos Roma, Gueros, Amores Perros o Ciudad de Dios y de inmediato las catalogamos como “cine de verdad”, pero tampoco hacemos el intento de buscar más. Habiendo tantos proyectos buenos en latinoamérica, seguimos teniendo un chip que nos hace voltear a las extranjeras. Es por eso que me pregunto si seguimos repitiendo ese viejo malinchismo, solo que ahora disfrazado de crítica cinematográfica. He de confesar que me es bastante complicado pensar en películas que no son mexicanas, porque es el país en el que vivo y las noticias que escucho. Eso me hace cuestionar si se debe a mera ignorancia o simplemente es otro ejemplo de la mala distribución que muchas producciones tienen. Pregúntenme de películas francesas, españolas o japonesas, y seguro tendré bastantes proyectos en mente de los cuales hablar. Y de Estados Unidos ni se diga. 

Respecto al cine nacional pienso en Cindy la Regia, cuya directora admitió sentirse extraña al recibir comentarios diciendo que fue “una sorpresa” lo buena que era la película, cómo si las rom-coms no pudieran tener su brillo. O La vida inmoral de la pareja ideal, que aunque es amada por los más jóvenes, gran cantidad de personas la rechazan. Creo que pasamos por alto que el cine latino no lo abarca únicamente el big three mexicano conformado por Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro G. Iñarritú. Tatiana Huezo, Pablo Larraín, Natalia Beristáin, Catalina Aguilar Mastretta (que recientemente dirigió un episodio de The Summer I Turned Pretty), Ciro Guerra, Astrid Rondero, Fernanda Valadez, Cecilia Kang, César Augusto Acevedo, Lucía Puenzo, Lucrecia Martel, Tito Esparza… Todos ellos son nombres que para la industria son reconocidos, pero para el público no tanto.

Still de La vida inmoral de la pareja ideal, Netflix

Pienso en producciones más actuales como Belén (Argentina) de Dolores Fonzi, Querido Trópico (Panamá) de Ana Endara, Un Poeta (Colombia) de Simón Mesa Soto, Agarrame Fuerte (Uruguay) de Ana Guevara y Leticia Jorge o Las Locuras (México) de Rodrigo García. Todas fueron consideradas para representar a sus países en los Oscar o los Goya, pero ¿cuántas de ellas hemos visto o al menos escuchado? La mala distribución y los pocos financiamientos tienen gran culpa en esto, sin olvidar que también hay responsabilidad por parte del público. Si no reclamamos lo nuestro, ¿cómo es que van a dárnoslo?

Still de Un Poeta, Ocultimo

Es como lo que está pasando en Argentina con el Decreto 662/2024 aprobado por el presidente Javier Milei, que elimina la cuota pantalla que garantizaba la exhibición de películas nacionales en las salas comerciales. Desde entonces el porcentaje de fondos del INCAA destinados al fomento del cine nacional cayó del 50% al 20%, cifra que tenían asegurada desde 1994. Por eso muchos miembros de la industria cinematográfica argentina han denunciado una paralización casi total de la producción nacional, pérdida de miles de empleos, quiebra de empresas audiovisuales, escuelas de cine sin recursos, festivales sin financiamiento ni participación argentina y presupuestos de películas nacionales devaluados e inviables, entre otras consecuencias. El cine argentino, como gran parte del latinoamericano, está en peligro, y al no ser conscientes de ello también lo estamos abandonando.

Sería verdaderamente revolucionario empezar a consumir local. Como público, nos toca hacer el esfuerzo que muchas distribuidoras no pueden o no quieren hacer. Más ahora que Trump ha amenazado con imponer aranceles del 100% a las películas internacionales. En Latinoamérica tenemos historias buenísimas. Algunas más documentales que otras, pero todas reflejan nuestra realidad, el quienes somos. Sirven como memoria tangible de nuestra historia. 

¿Será por eso que no las consumimos? Que nos entretiene más ver algo alejado a nuestro día a día y nos atrae más este wannabe-ísmo eurocentrista/gringo. En realidad nuestras películas no son ‘mid’, simplemente, sin darnos cuenta, nos acostumbramos a menospreciar lo nuestro y borrarlo por completo de nuestro imaginario. Precisamente es esta actitud la que evidencia un malinchismo cultural colectivo, sea algo consciente o inconsciente. Pero, en caso de no ser ese, ¿cómo se le catalogaría? 

JULIETA CHÁVEZ

Redactora

Redactora editorial en The Hollywood Reporter en Español. Ha entrevistado a directores, actores y líderes de opinión, con un foco especial en mujeres, arte contemporáneo y temáticas de género.

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