Jason Clarke y Patricia Arquette: “¿Cómo pasa esto?” La anatomía moral de Murdaugh: Death in the Family

Los protagonistas de Murdaugh: Death in the Family se asoman al abismo de una historia real para entender no solo el crimen, sino la maquinaria emocional que lo vuelve posible.

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

diciembre 17, 2025

11:40 am

Cortesía Disney+

La miniserie Murdaugh: Death in the Family tiene como punto de partida un caso tan conocido como difícil de procesar. No es el “quién”, sino el “cómo”: cómo una familia se rompe desde adentro mientras, por fuera, sigue pareciendo respetable. Jason Clarke (Alec) y Patricia Arquette (Maggie) explican qué les atrajo del proyecto, cómo abordaron la mezcla de amor y amenaza dentro de una relación, y por qué la serie busca ir más allá del expediente hacia los patrones de conducta, las excusas íntimas y la devastación de una comunidad que creyó conocer a uno de los suyos.

Patricia, Jason: este caso es fascinante, oscuro, miserable y extraño… todo a la vez. ¿Qué pensaron cuando les llegó por primera vez y cómo se sintió meterse en esa madriguera, con el contexto revelándose poco a poco, como le pasa al público? 

PATRICIA ARQUETTE: Yo estaba siguiendo el caso mientras ocurría. Veía su testimonio, cómo aparecía nueva evidencia, cómo mentía y luego intentaba “arreglar” la mentira. Y toda esa comunidad estaba profundamente impactada. Fui conociendo cosas de su conducta: robo, mentira patológica, manipulación, engaño.

Alguien así no se presenta diciendo “soy el villano, hago cosas malas”. Está mezclado con otras cosas: calidez, amor por su esposa, y a la vez un historial de infidelidad. Querer ser buen papá, y al mismo tiempo no tener límites con sus hijos. En un hogar con alcoholismo hay patrones previsibles: la pareja del alcohólico, el alcohólico, el impacto en los niños, y cómo esos niños pueden repetir conductas. Y pasa algo parecido con personalidades narcisistas: vivir el gaslighting, ser empujado a dudar de lo que uno vio, de lo que uno sabe. Eso me interesaba: los patrones de comportamiento.

Jason, ¿y para ti?

JASON CLARKE: La pregunta que se me quedó clavada —cuando lo vi por primera vez, cuando leí el guion, cuando investigué— es: ¿cómo pasa esto? ¿Cómo un hombre termina cargando un arma, girando la esquina y haciendo lo que hace con su hijo, y luego se endereza y hace lo mismo con su esposa?

Pensé que con los guiones, con el trabajo que exigían, con Patricia y el elenco, podíamos acercarnos a eso: si no a explicarlo al cien por ciento, al menos a darle una realidad emocional. Quitar distancia: no quedarnos en juicio, cifras, “hechos” como lista; mostrar que en el centro hay una familia partida, y una comunidad traicionada más allá de lo imaginable. Lo que se ve como true crime es, muchas veces, la comodidad del después. A mí me atrajo volver a lo humano: ¿cómo pasa esto?

Cortesía Disney+

¿Reconocen esos rasgos en otras personas, o incluso en ustedes? 

PATRICIA ARQUETTE: Para mí tiene que ver con trastornos de personalidad. No sé si él es sociópata con narcisismo o qué; no soy médica. Pero hay patrones en esos perfiles: mentirosos habituales, manipuladores, gente que engaña y hasta obtiene una especie de estímulo por “salirse con la suya”. En el inicio, por ejemplo, sabotea el arma de un amigo y gana dinero con eso: una pequeña descarga de poder.

Y también hay patrones previsibles en las parejas de esas personas. Se habla incluso de efectos neurológicos acumulados cuando te hacen gaslighting: te dicen “no, amor, no fue así”, mientras tú amas a esa persona, la recuerdas sosteniendo a tu bebé, acompañándote en duelos, en momentos difíciles. Recibes amor y, al mismo tiempo, tropiezas con algo que no encaja; y luego lo cubren, lo maquillan. Empiezas a dudar de ti: “en el fondo es buena persona”, “¿por qué mentirías sobre eso?”, “no quería que te enojaras” … mecanismos, una y otra vez.

Y no era solo ella: la comunidad completa decía “imposible, nosotros lo conocemos”. Eso siente la gente cuando descubre que alguien funciona con ese tipo de doblez. A veces ni la propia persona se reconoce a sí misma: es como si estuviera partida en dos.

JASON CLARKE: Mira: si construyes una casa de naipes, se va a caer. No hay nada más importante que el amor y el amor de los otros: tu esposa, tus hijos. Tirar eso a la basura… eso es el Rey Lear.

Como actor, lo que trabajé fue: ¿cómo sostiene un hombre eso? Dominándolo todo. Con necesidad, con afecto, con agresión, con presencia física, con ocupar el aire, el espacio, la comida, las armas, la tierra, el auto… y no dejar que su esposa tenga un segundo de calma. Mantenerla “gestionando” lo emocional de la casa, de los hijos, de todo. Ese tipo de hombre. Magnánimo y agresivo, con un apetito monstruoso, 265 libras. Esa mezcla.

Cortesía Disney+

Sus personajes, Maggie y Alex, tienen una relación muy complicada. ¿Cómo encontraron la química y los matices? 

PATRICIA ARQUETTE: En cuanto conocí a Jason sentí afinidad. Me entusiasmó cómo estaba mirando al personaje. Para mí esto trata de una familia: sí, hay tragedia comunitaria, pero hay también esa textura de “nos conocimos en la universidad”, “te casas para toda la vida”, “pasan cosas”, “el matrimonio a veces es duro”, “pero sigues”, “ahora hay hijos”. Ella está contenta siendo apoyo y él es la estrella: el futbolista, el que está al frente. Y ella está bien con eso.

Jugamos con el humor compartido, el amor por los hijos, la necesidad de protegerlos, la idea del proveedor, y cómo él valora a la familia y a ella… hasta que todo se va tensando y los velos empiezan a caerse. Con ciertos actores aparece una licencia: la sensación de que puedes explorar sin pedir permiso cada segundo.

JASON CLARKE: Y con Patricia, desde el primer momento, no hubo necesidad de “actuar la química”. Había disposición de entrar. Hay escenas —por ejemplo, esa en el episodio tres, cuando entra música de los Beach Boys y yo llego bailando— donde notas una chispa: “no hay lugar al que vayas que yo no pueda ir contigo”. El guion te empuja con olas grandes, pero nunca sentí que estuviera solo en esos cambios.

Y algo que adoro: no se ven las costuras. No hay un “aquí estoy demostrando esto o aquello…”.  Aprendes tu texto y te comportas con 200 personas alrededor y cámaras, pero te comportas. Encontramos a nuestros Maggie y Alec y los dejamos vivir en pantalla. No teníamos prisa por llegar a la noche inevitable: el camino es lo que vuelve insoportable el golpe.

Nunca conocemos del todo a nadie, ni a quienes amamos. A veces sí hay señales, pero elegimos no verlas, nos volvemos “ciegos” … 

PATRICIA ARQUETTE: Mi padre fue un hombre muy complicado. Lo amé muchísimo, pero era confuso: podía ser encantador, proveedor, muy gracioso, y también nos abandonaba; podía manipular y lastimar. Y eso te enseña que una relación puede estar hecha de piezas que no encajan.

Ellos se juntan jóvenes, fue el gran amor de ella, y además hay un condicionamiento cultural: aguantar, sostener, “nadie es perfecto”. Y en ese terreno, cuando hay gaslighting durante años, se vuelve una danza de excusas: “así es”, “solo necesita atención”, “es un bebé”, “es estrés” … Hasta que algo se quiebra y el cuerpo y la mente reaccionan distinto. Hay patrones cuando alguien despierta y empieza a nombrar: “mientes”, “me estás manipulando”. Ese tránsito era lo que me interesaba.

¿Qué temas descubrieron en sus personajes que los comprometieron como actores?

PATRICIA ARQUETTE: No es solo “hechos”. Es la mecánica para esconderlos y seguir funcionando como si nada. Jason tuvo que conducir el show con esa personalidad y sus recursos para conseguir lo que necesitaba, para tapar y compensar. Lo importante es el amor también: el amor real mezclado con lo que lo contamina.

JASON CLARKE: Yo tenía que justificar mi conducta como Alec, todo el tiempo. Buscar una lógica insaciable: “no tuve suficiente amor”, “no tuve suficiente sexo”, “no tuve suficientes pastillas”, “mi familia no valora lo que les doy”. Y también la autojustificación económica: “les conseguí más dinero, me deben”.

Tiene hambre de comodidad, de necesidad, de aprobación: una codicia física. Y ojalá el público vea, a través de eso, cómo una familia implosiona, cómo alguien puede ejercer violencia contra quienes dice amar. Es como un niño de cinco años, hambriento e insaciable, que fue desarrollando mecanismos con los años. Y, aun así, sí: se amaban. Él amaba a sus hijos. Amaba su comunidad. Todo era “de él”, en su cabeza.

Cortesía Disney+

Cuando interpretan personas reales tan escrutadas, ¿cuál es el límite entre ser fiel a lo ocurrido y construir su propia versión?

JASON CLARKE: Es una responsabilidad enorme, sea que interpretes a alguien en una tragedia o a alguien que destruyó una familia y una comunidad. Te lo tomas en serio por respeto a la realidad y porque una buena historia exige honestidad. Habrá momentos de intuición, claro, pero intentas mantenerte dentro de lo verosímil. Y en escenas intensas, Patricia y yo sentíamos esa carga: que lo que plantamos en decisiones y gestos fuera coherente, para salir con la cabeza en alto y con dignidad hacia quienes fueron afectados.

PATRICIA ARQUETTE: Sientes responsabilidad y me importan ella y su hijo; me importa la comunidad devastada. Pero también: ella estaba enamorada. Era su marido por muchos años. Veía imperfecciones, no veía el mapa completo. Yo no puedo prometer “cada matiz exacto”; no la conocí. Ella filmaba los videos familiares; era más de apoyo, de estar detrás, de llevar galletas a actividades, ese tipo de persona que no quiere el centro.

Tomas los hechos, preguntas detalles: qué cocinaba, qué maquillaje usaba, pequeñas manías. Haces lo mejor posible, pero no creo que un actor “sea” una persona real. Eso sería otra cosa: un documental.

¿Encontraron ideas sobre lo que le hace a alguien crecer sintiéndose intocable?

PATRICIA ARQUETTE: Titulación, acceso, riqueza, alcoholismo modelado, minimizar daños, creer que no hay límites. Después del accidente del bote, para mi personaje hay un momento claro: debió haber exigido rehabilitación, un alto real. Esos sistemas familiares se heredan.

JASON CLARKE: Como padre, siempre piensas qué estás heredando. Y esos chicos… no desarrollaron mecanismos para sostener una vida propia. Y vivir bajo la infamia del padre, correr una carrera que no es la tuya, cargar con la sombra… es devastador. Cuando muere el padre de Alec, según contó alguien cercano, eso lo hunde más: fue un terremoto interno. Romper con el sistema y vivir con tu propio comportamiento es difícil cuando todo está diseñado para repetirse.

Han interpretado personajes muy duros. ¿Alguien en sus vidas les dice “ya basta”? ¿Necesitan descanso después?

PATRICIA ARQUETTE: Mis hijos solo me pidieron que no hiciera más papeles como uno en el que era una madre que envenenaba a su hijo. Me decían: “no más de eso”. Yo les respondía: “estoy actuando, no voy a envenenarlos”. Fuera de eso, no.

JASON CLARKE: Es duro, sí. Terminas escenas y te sientes sucio, porque están muy bien escritas. Pero cuando trabajas con alguien con quien puedes dejarlo todo en el set, eso ayuda: lo dejas en la cancha. Aunque, claro: yo estuve cinco meses en pants con cejas rojas, subiendo peso, caminando con el personaje encima. Mi familia lo vive. Y, aun así, por extraño que suene, fue un goce interpretarlo: llegar y traer ese torbellino de caos y destrucción, y también energía.

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¿Cuánto ayudan el vestuario, el peinado y el maquillaje para conectar con el personaje?

JASON CLARKE: Muchísimo. Tú llegas con preparación interna: el trabajo, el acento, las decisiones. Y luego llega el equipo con regalos: zapatos específicos, una peluca que encaja, cejas decoloradas. Te miras al espejo y ahí está. Y construyes con tu compañera. Además, aquí no usamos prótesis: si no te escondes detrás de eso, y haces el peso, el peinado, la piel… el público lo siente más humano. No ve a “alguien jugando a alguien”: ve a nuestro Alec.

PATRICIA ARQUETTE: Fue emocionante. Y las lentes de contacto… miras el mundo distinto, como con gafas oscuras. Hay difusión, subterfugio: algo no está del todo presente. Y el vestuario cuenta historia: ropa de una mujer conservadora, colores alegres, como de tienda de regalos de vacaciones. Incluso si todo va mal, ella todavía intenta sostener una idea de “vida feliz”. Eso informa.

La serie se mete con la podredumbre bajo la respetabilidad institucional. ¿Qué conversación esperan que tenga la gente después de verla? No solo sobre los Murdaugh, sino sobre la justicia y la rendición de cuentas.

JASON CLARKE: Justicia. Punto. Esto examina la justicia. Un juicio por jurado, el peso de una comunidad pequeña donde todos se conocen, los favores, lo que se normaliza. Durante años, los Murdaugh ganaron casos de lesiones grandes porque conocían a todos. La idea de “tus pares” cambia cuando esos pares recibían flores, cuando todos estaban ganando algo. Al final, Alec es juzgado por gente que descubre que él los venía robando y destruyendo su comunidad.

Y no hay un cierre perfecto: no apareció el arma; hay tecnología, registros, GPS, mentiras que se derrumban. La justicia es lo mejor que podemos hacer. Y hay que examinar las mentiras que nos contamos y las consecuencias a las que pueden llevar. Él eligió matar a su esposa y a su hijo para que “todo lo demás funcionara”. Una elección monstruosa, que nadie debería tomar.

PATRICIA ARQUETTE: No creo que esto sea exclusivo de Estados Unidos: esa idea de éxito y dinero a cualquier costo, muchas veces asociada a expectativas sobre lo que “debe” ser un hombre. Esta familia tenía un lugar de élite. Y eso se conecta con escalas grandes y pequeñas: desde el poder institucional hasta un pueblo.

Pero también está la dimensión emocional: la comunidad diciendo “¿quién es este tipo?”. Todos sintiéndose engañados. Y eso obliga a mirar: nos manipulamos, nos dejamos manipular, nos dormimos. Ojalá nos importemos más. Somos una especie rara, y a veces agota.

JASON CLARKE: Estamos viviendo tiempos oscuros… pero siempre los ha habido. Y aun así hay gestos que te rompen el corazón: dos días después de los asesinatos, el abogado de la otra parte llamó para decir “queremos retirar los cargos, ya has sufrido suficiente; no es humano”. Esa compasión de “ama a tu prójimo” vuelve todavía más doloroso lo que él hizo. Pero la gente se levanta. La historia está llena de oscuridad y de supervivencia. Y la justicia requiere personas que sostengan el peso, que no suelten.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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