Raúl Briones: “Pedro me radicalizó, pero también me hizo más tierno”

El actor mexicano habla sobre su nueva película La cocina, su raíz teatral y el papel político de la actuación

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

septiembre 15, 2025

11:48 am

Cortesía de Cine Al Este

Raúl Briones no es un actor que pase desapercibido. Su presencia en pantalla tiene peso, y fuera de ella, su discurso se sostiene con la misma convicción con la que actúa. A lo largo de 20 años de carrera, ha transitado con solidez entre teatro, televisión y cine, explorando siempre personajes con fondo humano y trasfondo social. Su papel más reciente en La cocina, la nueva película de Alonso Ruizpalacios, coprotagonizada por Rooney Mara y basada en la obra de Arnold Wesker, lo lleva a encarnar a Pedro, un migrante poblano que, como muchos, trabaja en las sombras de una gran ciudad, invisible pero imprescindible. En esta entrevista, Briones habla del cine como oficio, del arte como responsabilidad y del compromiso de mostrar el alma en cada toma.

Raúl, es un gusto poderte entrevistar. Muchas gracias por esta conversación. Quisiera empezar con una pregunta casi inevitable para un actor como tú: ¿teatro o cine? ¿Qué papel ha jugado tu formación teatral en cómo entiendes a los personajes frente a la cámara?

Fundamental. No solo porque no tuve la oportunidad de estudiar en una escuela especializada en actuación para cine, sino porque en México la tradición es profundamente teatral. Apenas ahora hay escuelas enfocadas en lo audiovisual. Entonces, mi formación teatral fue la base, pero sobre todo me dio una postura sobre la interpretación.

El teatro tiene una desnudez que te obliga a ser el eje del espectáculo. No en un sentido egocéntrico, sino en el hecho de que, cuando dan la tercera llamada, no hay vuelta atrás. El ritmo, el foco, el fluir de todos los departamentos recaen en ti como actor. Eso me marcó profundamente.

Después, al llegar al cine, descubrí otro tipo de exquisitez: la colaboración. En el cine eres parte de un engranaje, no el centro. Eso me enseñó también a ceder, a ser humilde frente al trabajo colectivo. Son dos mundos distintos, pero ambos te ofrecen algo invaluable.

¿Cuál fue ese punto de inflexión en tu vida en el que sentiste que realmente podías ser actor?

Fue amor a primera vista. Siempre fui muy sensible al arte, pero crecí en una familia obrera donde la expresión no siempre es una prioridad. O comes o te expresas. Entonces, el arte llegó tarde, pero cuando llegó, fue imparable.

En la prepa tomé un taller de actuación y ahí me enamoré perdidamente. No había plan B. Llevo 20 años actuando y nunca he dudado de que este es mi camino.

La Cocina. Cortesía de ADS Service

Como periodista y también psicoterapeuta, me interesa profundamente la construcción psicológica de los personajes. En La cocina, el guion deja muchos espacios abiertos. ¿Cómo trabajas tú esa psicología ambigua y rica de personajes como Pedro?

Mi aproximación siempre ha sido muy social. Mi primer maestro era un actor que estudió en la Ciudad de México y luego regresó a su pueblo para compartir lo aprendido. Eso me marcó. Empecé a actuar con una fuerte conciencia pedagógica, con la idea de llevar la cultura al territorio, no al revés.

Siempre trato de construir a mis personajes desde el contexto social. Incluso si la historia es fantástica, hay una conversación constante con la realidad. En La cocina, esa dimensión es brutal. La obra original de Arnold Wesker es de 1957, pero parece escrita para hoy. Migración, explotación laboral, desigualdad… todo sigue ahí, más vigente que nunca.

Pedro, en nuestra versión, es un migrante poblano que trabaja en una cocina en Nueva York. Yo vengo de un pueblo en la sierra de Puebla. Sé lo que significa migrar, lo que se deja atrás, lo que se arrastra. Tengo familia que se fue, otra que se quedó, y yo también migré dentro de México. Pedro y yo compartimos muchas heridas. 

Además, en la obra original Pedro es alemán, huyendo del estigma de la posguerra. Nosotros lo convertimos en un hombre de un pueblo donde la obediencia y el silencio son regla. Eso lo hace más complejo. Pedro no es un héroe, es casi un cuento de hadas, un tipo que en la vida real ya estaría deportado o preso. Pedro me radicalizó, pero también me hizo más tierno.

Y en medio de todo eso, tu cine y tus personajes siempre dialogan con lo político. ¿Crees que todo trabajo actoral es político?

Absolutamente. No se puede separar. A veces la industria intenta convencernos de que hay una neutralidad posible, pero es una fantasía. El arte es terapéutico, sí, pero también político desde el momento en que dejas entrar tu código postal, tu historia, tu punto de vista.

No es que todos los actores deban pararse a dar discursos. Pero incluso cuando no lo haces, estás tomando una postura. Yo me he ido radicalizando con el tiempo, no por ideología, sino por necesidad. El mundo no da tregua. Y Pedro me ayudó a entender eso. Su conciencia política es parte esencial de su humanidad.

Pensando justo en eso, en la postura política del actor, pero también en cómo opera la industria: ¿cómo negocias tú ese equilibrio entre tu visión crítica del mundo y un sistema que muchas veces busca neutralizar o suavizar esas posturas?

Esa es la gran pregunta. Y creo que no tiene una sola respuesta. Es una negociación constante que va cambiando con el tiempo, conforme uno se va entendiendo también como artista y como persona.

Al principio, yo tenía mucha fe. Incluso cierta ingenuidad. Pensaba que con talento y pasión bastaba. Pero este es un medio de entretenimiento, incluso cuando haces cine de autor o películas profundas. Y el entretenimiento, muchas veces, busca distraer, calmar, adormecer.

Pero los tiempos han cambiado. La realidad ya no se puede tapar con un buen guion. Es demasiado brutal. Entonces, el drama también tiene que cambiar. A mí me educaron con las tragedias griegas y siento que esas tragedias hoy se están repitiendo todos los días, en todas partes.

Ves a Antígona peleando por enterrar a su hermano mientras el Estado se lo impide. Ves a Edipo sin saber de qué crimen es culpable. Todo eso está ahí. Y como actor, no puedes hacerte el ciego. No si tienes algo de conciencia.

Rooney Mara y Raúl Briones en La Cocina. Cortesía de ADS Service

La prensa suele definirte como “un actor comprometido”. ¿Te acomoda esa etiqueta o te incomoda?

A veces me incomoda, a veces la abrazo. Las etiquetas son jodidas. Reducen, encasillan, deshumanizan. Y cuando te crees la etiqueta, te sientes obligado a cumplirla, como si ya no pudieras tener contradicciones, como si no tuvieras derecho a la duda o al miedo.

Pero sí creo en la responsabilidad del artista. Cumplí 41 años, estoy dando clases por primera vez. Me doy cuenta de que mucha gente joven me escribe, me busca, me mira como un referente. Y con esa gente sí tengo un compromiso. Con la prensa, con las etiquetas, puedo negociar. Pero con los jóvenes, no.

Además, en este momento tan lleno de ruido, donde las voces más estridentes y crueles acaparan los micrófonos, yo sí creo que hay que volver a hablar de ternura. La ternura también es política. Ser empático en un mundo desigual y violento es, en sí mismo, un acto de resistencia.

Finalmente, Raúl, ya me hablaste de la humanidad de tus personajes y de la responsabilidad del actor como ser humano. Pero ¿qué lugar ocupa la vulnerabilidad en tu oficio? Tanto en escena como en tu vida personal.

Muchísimo. Yo creo que si conecté tan fuerte con la actuación fue porque encontré en ella un espacio seguro para mostrarme vulnerable. Un lugar donde no tenía que protegerme del juicio, sino más bien explorar esa vulnerabilidad para entenderme y entender a los demás.

La actuación, para mí, va de eso: de buscar los hilos que nos conectan como seres humanos. Y esos hilos son el miedo, la inseguridad, la duda, pero también la fe, la compasión, el amor. Todo eso está en juego cuando construyes un personaje.

Además, creo que el mundo actual —con tanto individualismo, tanta máscara digital, tanto ruido— ha hecho que olvidemos lo esenciales que somos los unos para los otros. El capitalismo nos vendió la idea de que podemos solos, que no necesitamos a nadie. Pero es mentira. Evolucionamos como especie gracias al grupo, no al individuo.

Por eso, en mi experiencia, cuando más me he dejado tocar por la vulnerabilidad, más fuerza han tenido mis personajes. Es una paradoja hermosa: cuando más te abres, más sólido te vuelves. Cuando más heridas muestras, más verdad transmites. Y eso, creo, es lo que vuelve al arte profundamente terapéutico. Para quien lo recibe, pero también para quien lo crea.

Raúl, muchas gracias por esta conversación. Ha sido un verdadero placer hablar contigo.

Gracias a ti, André. Estoy seguro de que nos volveremos a encontrar, con nuevas películas, nuevos personajes. Aquí estaré.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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