Wagner Moura es uno de esos actores que no necesitan presentación. Para muchos espectadores latinoamericanos, su rostro quedó ligado a personajes intensos, contradictorios y profundamente humanos como el infame Pablo Escobar de la serie Narcos y sus papeles en las películas Tropa de Élite, Wasp Network y Civil War. En Agente Secreto, su más reciente filme, vuelve a habitar una zona compleja: la de un hombre marcado por la persecución, la mentira y el desgaste moral en un contexto político asfixiante.
En esta conversación, Moura habla sobre la ambigüedad como espacio natural del ser humano, el impacto del Brasil reciente en la creación de la película y la importancia del cine como herramienta de memoria cultural.
En un cine que a menudo simplifica el bien y el mal, Agente Secreto se mueve en zonas grises. ¿Te resulta más honesto trabajar desde esa ambigüedad?
Sí, claro. Creo que los personajes son más complejos cuando viven en la zona gris. Nosotros todos vivimos en esa zona. Hay gente muy buena, por naturaleza buena, pero todos tenemos contradicciones.
Los personajes completamente buenos o malos no existen en la vida real. Son personajes de Disney. Lo interesante es ver cómo alguien que no es perfecto intenta mantenerse fiel a ciertos valores. Eso es humano. Y cuando el público ve esa humanidad, se identifica.
¿Te resulta más interesante interpretar desde esa complejidad?
Sí, porque es más cercano a lo que somos. Tenemos cosas bonitas y también cosas feas. Esa tensión hace que el personaje tenga profundidad. No se trata de justificarlo todo, sino de entenderlo.

Tu personaje parece cargar un desgaste moral más que físico. ¿Cómo se construye eso desde la actuación?
Es un hombre que pasó por muchas cosas: persecución, injusticia, infamia, problemas con su esposa, con su hijo. Todo eso cansa. Aunque uno se mantenga fuerte, aunque siga luchando, hay un desgaste interno.
La infamia, la mentira, la persecución… son armas muy usadas por gobiernos autoritarios. Y eso deja marcas profundas.
La película aborda un contexto político delicado en Brasil. ¿Sientes que nace de una necesidad de hablar de ese momento?
Totalmente. La película surge del Brasil que vivimos entre 2018 y 2022. El director y yo fuimos muy vocales sobre nuestras posiciones políticas y sufrimos consecuencias por eso.
El gobierno de Bolsonaro intentó rescatar valores de la dictadura militar para el Brasil del siglo XXI. Eso es muy grave. Y cuando pasan cosas así, el arte responde.
Lo que hacen los gobiernos autoritarios históricamente es atacar a periodistas, artistas y universidades. Atacan el pensamiento, la discusión, los hechos. Por eso es tan importante el papel del periodismo y del cine.

En la película la violencia muchas veces se siente más que se muestra. ¿Cómo se maneja esa tensión?
El director Kleber Mendonça Filho tiene una formación cinéfila muy fuerte. Conoce muy bien la gramática del cine. Hay referencias al cine estadounidense de los años 70, a Sam Peckinpah, a Brian De Palma. Pero todo pasado por un filtro brasileño.
La violencia está ahí, pero no es gratuita. Se construye desde la tensión, desde el clima. Es una violencia que incomoda más por lo que sugiere que por lo que exhibe.
Brasil suele asociarse con carnaval, fútbol, alegría. Pero la película muestra también una historia de dolor. ¿Crees que el cine debe equilibrar ambas imágenes?
Un país se entiende a través de su cultura. Ninguna nación se desarrolla sin verse reflejada en su cine, en sus libros, en su teatro.
Claro que Brasil es carnaval, samba, generosidad, diversidad cultural y racial. Todo eso está en la película. Pero también están la violencia, el racismo, la corrupción, la impunidad.
El Brasil de hoy no es igual al de los años 70. Hemos mejorado. Pero cuando surgen movimientos autoritarios, nos recuerdan que esas fuerzas siguen ahí, latentes. Por eso es importante no olvidar.
¿Sientes que Agente Secreto refleja el Brasil actual?
Sí. Porque muestra esa dualidad. La alegría y la dureza. La solidaridad y la violencia. La diversidad y el autoritarismo. Todo convive.
El cine tiene que hablar de eso. No solo para que el mundo nos entienda, sino para que nosotros mismos nos entendamos.