Con una trayectoria previa en el documental, donde ha trabajado desde la observación directa y el contacto prolongado con comunidades reales, Marianna Brennand ha construido su cine desde una preocupación constante por la representación ética. En Manas (hermanas), su primer largometraje de ficción aborda la explotación sexual infantil y el abuso intrafamiliar en la isla de Marajó, en la Amazonía brasileña. Lejos de convertir el horror en espectáculo, la película opta por una mirada que prioriza la experiencia emocional y psicológica de sus personajes, especialmente la de una niña de 13 años atrapada en un entorno donde la violencia se ha vuelto parte del paisaje cotidiano.
Manas es una película muy dura, pero necesaria. Teniendo un pasado como documentalista, ¿qué te llevó a contar esta historia desde la ficción y no desde el documental?
Yo no estaba buscando hacer ni un nuevo documental ni una ficción. Todo empezó con un encuentro con Fafá de Belém, una cantante muy conocida en Brasil y una gran activista de derechos humanos. Ella acababa de regresar de la isla de Marajó y me contó lo que estaba ocurriendo con niñas y mujeres que eran explotadas sexualmente en las balsas del río Tajapuru.
Eso me sacudió profundamente como mujer y como ser humano. Hace más de diez años, cuando escuché esto por primera vez, ni siquiera era un tema del que se hablara en Brasil. Como documentalista, mi primer impulso fue denunciarlo. Pero muy pronto entendí que hacer un documental implicaba exponer a esas niñas y mujeres frente a una cámara o pedirles que revivieran traumas terribles.
Yo no quería contar una realidad violenta produciendo más violencia. Y al mismo tiempo, ya no podía cerrar los ojos a lo que había conocido. La ficción fue la forma que encontré para honrar esas historias con verdad, complejidad y respeto, sin caer en estereotipos ni en una mirada sensacionalista.
Como psicólogo, me interesa mucho saber cómo trabajaste la construcción emocional de los personajes, especialmente de las niñas y de los adultos. ¿Cómo fue ese proceso?
Fue un proceso muy largo. El guion tomó ocho años y pasó por muchos tratamientos. Dos personas fueron fundamentales: la hermana María Henriqueta Cavalcanti y el delegado Rodrigo, verdaderos héroes en Brasil. Ellos trabajan desde hace décadas en la región amazónica protegiendo a niñas y mujeres.
A través de ellos conocí psicólogos, trabajadores sociales, agentes de salud y consejeros tutelares. La mayoría de los relatos que construyen Manas vienen de esas personas, no directamente de las víctimas. Eso me permitió identificar patrones de comportamiento, reacciones emocionales y consecuencias del trauma. Incluso trabajé con una psicoanalista durante la escritura.
Quería que el espectador sintiera en el cuerpo lo que vive esa niña. Por eso hay gestos, reacciones físicas y símbolos, como la leyenda del boto cor-de-rosa, que funciona como una forma infantil de explicar lo inexplicable. Todo en la película tiene capas emocionales y psicológicas.
El retrato del padre es especialmente complejo y evita el estereotipo del abusador monstruoso. ¿Por qué fue importante para ti construirlo así?
Porque la realidad es esa. En Brasil, la mayoría de los abusos ocurren dentro de la casa y, muchas veces, a manos del padre. El peligro no siempre viene del hombre violento y evidente, sino de quien inspira confianza, de quien cuida y protege.
Si el abusador fuera un monstruo evidente, el espectador se distanciaría. Yo necesitaba que al comienzo se creyera que ese padre es un hombre bueno. Eso refleja lo que ocurre cuando una niña intenta denunciar y nadie le cree porque “esa persona no sería capaz”. No hay justificación posible para la violencia, y eso tenía que quedar claro sin simplificar el perfil psicológico.

También la madre es un personaje doloroso. ¿Cómo abordaste esa figura?
Con mucha responsabilidad. La madre representa a mujeres atrapadas en ciclos generacionales de abuso. Escuché muchos relatos de mujeres que no logran proteger a sus hijas porque creen que esa es la única realidad posible: “yo viví esto, mi madre también, mi abuela también”.
No es falta de amor, es una normalización aprendida de la violencia. Por eso, cuando la madre revela que ella misma fue víctima, todo encaja. No quise juzgarla, sino entender cómo ese sistema se reproduce.
¿Crees que hoy existe más conciencia frente a este tipo de abuso o que sigue normalizándose?
Es una pregunta muy compleja. Mi sensación es que hoy hay más denuncias. Eso puede dar la impresión de que hay más violencia, pero creo que lo que está pasando es que se está hablando más.
El abuso intrafamiliar ocurre en todo el mundo, no distingue clase social ni religión. Es un problema estructural, ligado a sociedades patriarcales y machistas. La solución no es única: pasa por políticas públicas, por el Estado, pero también por un cambio profundo en cada persona.
Mostrando Manas en distintos países, siempre hay una mujer que se me acerca y me dice: “yo soy una mana, esto también pasa aquí”. Eso es aterrador, pero también confirma la urgencia de hablar de esto. Esta violencia no puede seguir siendo aceptada como algo normal.
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