A mitad de la segunda temporada de The Pitt, Princess (Kristin Villanueva), enfermera del Pittsburgh Trauma Medical Center, le confiesa a un paciente su “secreto” para sobrellevar la interminable avalancha de crisis que implica su trabajo. “Llego a casa al final de cada turno, dejo todo esto atrás”, dice, inclinándose con una sonrisa conspirativa, “y me escapo a Love Island”.
Es una respuesta involuntariamente irónica, que viene de un personaje de una serie que, de manera improbable pero inconfundible, también se siente como una vía de escape. Con sus lesiones gráficas, tragedias frecuentes y dilemas devastadores, el drama médico de HBO Max quizá no parezca el tipo de contenido pensado para reconfortar, sin embargo, la atmósfera de cuidado y competencia que emana no solo de los personajes, sino también del equipo creativo detrás de ellos, resulta un bálsamo.
The Pitt
Veredicto Final: Emocionante, absorbente y sanadora.
Fecha de estreno: Jueves, 8 de enero (HBO Max).
Reparto: Noah Wyle, Patrick Ball, Katherine LaNasa, Supriya Ganesh, Fiona Dourif, Taylor Dearden, Isa Briones, Gerran Howell, Shabana Azeez y Sepideh Moafi.
Creador: R. Scott Gemmill.
Esto no sorprenderá a quienes ya están a bordo de The Pitt. La consistencia ha sido una de las señas de identidad del drama hospitalario de R. Scott Gemmill desde su primera temporada, y en la segunda no ha hecho más que reafirmarse.
La sala de urgencias puede ser tan caótica como siempre (la nueva tanda de episodios transcurre durante el 4 de julio, así que los percances provocados por los fuegos artificiales están garantizados), pero el montaje que nos guía a través de ella se mantiene tan meticuloso y fluido como una sinfonía. Los personajes siguen siendo desordenadamente humanos, ya sea enfrentándose a prejuicios no reconocidos durante el turno o a enredos románticos fuera de él, y las interpretaciones que les dan vida son de una precisión impecable.
El tono mantiene ese equilibrio casi perfecto entre emoción y frustración, esperanza y tristeza, salpicado de inesperados toques de humor. Tal parece que todo lo sostiene un constante murmullo de calidez que fluye, ante todo, del Dr. Robby, el eminente, decente e íntegro médico de planta interpretado por Noah Wyle.
La experiencia de volver a entrar en este mundo se siente, entonces, como reencontrarse con un viejo amigo. A lo largo de los nueve episodios enviados a la crítica (de un total de quince), me deleité una y otra vez con lo que no ha cambiado de este lugar y con lo que sí.
Han pasado diez meses desde los acontecimientos de la temporada anterior, y resulta gratificante ver cómo quienes antes eran novatos, de rostros aún inocentes como Santos (Isa Briones), Javadi (Shabana Azeez) y, en especial Whitaker (Gerran Howell) —cuya confianza recién adquirida y bondad esencial lo señalan como el heredero natural de Robby—, se han asentado en sus roles. O presenciar cómo el antes respetado doctor Langdon (Patrick Ball), recién salido de rehabilitación, intenta enmendar sus errores. (Todos somos la Mel King de Taylor Dearden, corriendo emocionados a abrazarlo, para luego, de forma incómoda, pensarlo mejor en el último segundo). O notar lo protectora que es Dana (Katherine LaNasa) con su nueva contratación, Emma (Laëtitia Hollard), tras su propio encuentro con un paciente violento la temporada pasada.
Esa familiaridad también tiene algunos inconvenientes, en particular, para los nuevos personajes que se suman al elenco. Aunque aprecié los cambios de dinámica que provocan los estudiantes de medicina esta temporada —el sabelotodo Ogilvie (Lucas Iverson) y la desinteresada Kwon (Irene Choi)—, no logré sentir por ellos el mismo afecto que tuve por sus predecesores. Quizá porque, mientras Santos, Javadi y Whitaker funcionaban como puntos de identificación para el público, aprendiendo a desenvolverse en este lugar frenético al mismo tiempo que nosotros, el nuevo dúo aparece como intruso en un entorno que ya conocemos bien.
Del mismo modo, aunque The Pitt se beneficia claramente con la incorporación de la Dra. Al-Hashimi —una nueva médica de planta contratada para cubrir a Robby mientras él emprende un viaje en motocicleta de tres meses—, destinada a desafiarlo y chocar con él, me resultó difícil no ponerme instintivamente de su lado en los primeros episodios. Al fin y al cabo, él es el héroe que conocemos y queremos desde hace un año; ella, en cambio, es una presencia desconocida, cuyas ideas semirradicales hacen que las cejas de Robby se eleven casi hasta la línea del cabello. No obstante, la interpretación de Sepideh Moafi, segura de sí misma y encantadora, termina por hacer que Al-Hashimi se sienta como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
Son objeciones menores en una serie que, en términos generales, sigue funcionando a pleno rendimiento. Al igual que en la primera temporada, las líneas argumentales conforman una mezcla deliberadamente heterogénea. El mundo de The Pitt, como el nuestro, es un lugar donde la tontería de dos tipos que se marcan la piel con el logo de los Pittsburgh Penguins puede coexistir con la gravedad de un paciente con cáncer terminal que intenta decidir la mejor manera de morir; todo ellos a unos pasos de distancia de un bebé abandonado por sus cuidadores o de un anciano coqueto que se niega a dejar que una fractura en el coxis interfiera con su activa vida sexual.
En medio de un tapiz tan diverso y verosímil, The Pitt no necesita subirse a un púlpito para comentar el lamentable estado del sistema de seguros de salud en Estados Unidos: le basta con mostrar a la Dra. Mohan (Supriya Ganesh) lidiando con un padre diabético que rechaza la atención médica por miedo a acumular otras cinco cifras en deudas hospitalarias. Tampoco requiere explicar los efectos en cascada de las deportaciones masivas de Trump cuando puede presentar, sin más, a un niño gravemente herido que queda al cuidado de su abrumada hermana mayor, después de que sus padres fueran deportados abruptamente a Haití.
En uno de los temas recurrentes de la segunda temporada, Robby y su equipo se ven obligados a reflexionar sobre la relación entre la medicina y la tecnología, al enfrentarse a presiones jerárquicas para usar herramientas de IA generativa o verse forzados a recurrir a soluciones analógicas ante una crisis digital. Al sopesar el seductor potencial de la tecnología de punta frente a sus desventajas tan reales, la serie se revela escéptica, aunque no dogmática, respecto al papel que las máquinas podrían desempeñar en la atención médica moderna.
Es una postura acorde con una serie que, pese a defender la ciencia y mostrar frustración ante quienes la rechazan, siempre ha depositado su fe, ante todo, en el impulso humano de cuidarnos unos a otros. En un mundo real que, especialmente ahora, puede sentirse invadido por la incompetencia, la crueldad o la simple mala suerte, The Pitt funciona como un portal hacia uno guiado por los principios de la empatía, el coraje y la dignidad. Al hacerlo, nos recuerda que, incluso, en los momentos más oscuros o en los lugares más aterradores, basta con mirar a nuestro alrededor para encontrar lo mejor de nosotros.