Crítica: The Pitt

De la mano de veteranos de ER Emergencias como R. Scott Gemmill y John Wells, esta serie de 15 episodios sigue a los médicos y enfermeras de un centro de trauma en Pittsburgh

Por DANIEL FIENBERG |

septiembre 19, 2025

10:57 am

Warrick Page / MAX

Tomó un tiempo, pero todas esas horas que la gente pasó maratoneando ER Emergencias, House y otros clásicos dramas médicos, durante el confinamiento por la pandemia, han dado sus frutos con una oleada de nuevas series ambientadas en hospitales, incluyendo la ligeramente superior Mentes Extraordinarias, la prometedora St. Denis Medical (NBC), la alocada Doctor Odyssey (ABC) y Doc (Fox). 

También hubo especulaciones sobre el resurgimiento completo de ER Emergencias, pero en su lugar recibimos The Pitt, de Max, que —a pesar de contar con Noah Wyle, uno de los favorito de ER, como protagonista, productor ejecutivo y guionista; además de un equipo detrás de cámaras liderado por veteranos de la serie como John Wells, R. Scott Gemmill, Joe Sachs y otros— definitivamente no es el regreso de ER, especialmente por motivos legales. 

Veredicto final

Empieza con altibajos, pero se fortalece con el tiempo.

Fecha de estreno: Jueves, 9 de enero (Max)
Elenco: Noah Wyle, Tracey Ifeachor, Patrick Ball, Supriya Ganesh, Fiona Dourif, Taylor Dearden, Isa Briones, Gerran Howell, Shabana Azeez, Katherine LaNasa
Creador: R. Scott Gemmill

¡No! The Pitt es una serie completamente autónoma, con un escenario urbano nuevo y apenas explorado, un elenco de personajes nuevos, aunque vagamente familiares, y un formato narrativo que se parece un poco a ER, pero también un poco a 24, lo que la hace totalmente diferente o, al menos, algo diferente. 

Lo cierto es que si The Pitt fuera realmente ER: Edición Pittsburgh, probablemente no necesitaría comenzar tan despacio como lo hace, luchando durante al menos una hora para presentar a los personajes o una situación general que no necesita mucha explicación. Una vez que arranca, The Pitt emerge como un procedimiento médico bien ejecutado, hecho por personas que sí saben cómo hacer este tipo de series, que cuentan con un giro estructural que a veces es muy efectivo y, en otras ocasiones, resultan una molestia o un distractor.

Con Gemmill como creador y Wells dirigiendo el primer episodio, The Pitt nos lanza al caos del Centro Médico de Trauma de Pittsburgh. La serie comienza a las 7:00 am, y los 15 episodios —a los críticos les enviaron los primeros 10— nos llevan a través de un solo turno supervisado por el Dr. Michael “Robby” Robinavitch, interpretado por Wyle. Cada episodio cubre una hora de este turno en tiempo real, aunque los capítulos duran cerca de 45 minutos sin los saltos temporales que permiten los comerciales, algo que podría sacarte de quicio si lo piensas demasiado. 

Justo hoy se cumple el aniversario del día en que, en el peor momento del COVID, murió el mentor de Robby. Casualmente, también es el día en el que el centro de trauma recibe a una nueva generación de internos y residentes, llenando la sala de emergencias con novatos de ojos bien abiertos, como lo fue John Carter en el piloto de ER. Pero también como en Grey’s Anatomy y otras 50 series médicas. El “primer día de trabajo” es un cliché. Acéptalo.

Durante la primera hora, conocemos a los residentes de mayor rango bajo el mando de Robby, incluyendo a Collins (Tracy Ifeachor), de quien rápidamente descubrimos que está embarazada; al sarcástico y brillante Langdon (Patrick Ball); a Mohan (Supriya Ganesh), cuya paciencia con los pacientes le ha valido el apodo de “Slow-Mo”; y a McKay (Fiona Dourif), una madre soltera con un pasado que volverá a surgir en los siguientes episodios. 

Warrick Page / MAX

Al equipo se suman Whitaker (Gerran Howell), un chico de campo de Nebraska; la entusiasta y torpe King (Taylor Dearden), la confrontativa Santos (Isa Briones), y Javadi (Shabana Azeez), una prodigio de 20 años. Algunos son estudiantes, otros internos. A veces importa, a veces no. 

Quien mantiene todo en funcionamiento es la ruda jefa de enfermeras Dana (Katherine LaNasa), que en una escena se refiere a un grupo de camilleros como “yinz”, solo para que sepas que la serie está ambientada en Pittsburgh. De otro modo, apenas lo notarías, ya que el 99% de la acción ocurre en los interiores, y esos interiores fueron filmados, casi en su totalidad, en un set. 

Las referencias poco inspiradoras hacia Pittsburgh incluyen una entrega sorpresa de almuerzo de Primanti Bros, y un paciente que pregunta por el marcador del partido de los Pirates. Los guiños más acertados son de una paciente que fue diseñadora de producción en Mister Rogers’ Neighborhood, pero, en general, no es una serie muy “Pittsburgh”. 

Además de la docena de personajes principales, hay un sinfín de enfermeras, técnicos y cirujanos visitantes; algunos con nombres, otros sin él. Durante toda una hora, temí que la serie nunca se detuviera lo suficiente como para permitirme involucrarme emocionalmente con alguno de los personajes.

El caos es precisamente la clave. El formato en tiempo real está excelentemente aplicado para crear no solo inmediatez, sino también la simultaneidad de un centro de trauma en plena actividad. Hay veinte cosas ocurriendo al mismo tiempo, y en lugar del típico A-B-C de las tramas con procedimientos médicos, claramente definidos en cada episodio, los pacientes atraviesan la serie a su ritmo y con distintos niveles de urgencia. 

En términos prácticos, los casos suelen comenzar de forma rutinaria y algo repetitiva —sobredosis, enfermedades que afectan a personas sin hogar, lesiones laborales—, pero escalan de formas inesperadas y con niveles sorprendentes de tensión, emoción y —advertencia para espectadores sensibles— sangre. Hay un paciente con un pie completamente “desollado”, otro con quemaduras en todo el cuerpo, y un sinfín de bisturís y agujas. Además, una mujer con un insecto en el oído y una situación que termina con tres ratas en la sala de emergencias.

Todo sucede al mismo tiempo, y lo que más me gusta del diseño de producción es lo brillante y abierto que es el espacio, lo que permite prestar atención tanto a los casos en primer plano, como al ir y venir constante en los rincones del encuadre. Es un caos cuidadosamente diseñado, que está hecho para parecer disfuncional y fuera de control, porque The Pitt tiene algo que decir  —nada revolucionario, pero sí muy válido — sobre las fallas de la medicina de urgencias en Estados Unidos: hospitales con poco personal, médicos mal pagados, privatización creciente y niveles de atención determinados por la cobertura de un seguro. 

Warrick Page / MAX

Los defectos del sistema están encarnados en la administradora del hospital, Gloria (Michael Hyatt), quien aparece en cada episodio —o cada dos—, para decirle cosas desagradables a Robby sobre los índices de satisfacción de los pacientes. Es un personaje unidimensional que tiene aún menos sentido si se considera el formato en tiempo real de la serie. En una serie normal, un villano que aparece una vez por episodio, es decir, cada semana o dos, puede tener cierta lógica, pero si tu antagonista tiene tiempo para fastidiarte cada 45 minutos, tal vez lo que necesita es un nuevo trabajo. Uno que le consuma más tiempo.

El formato en tiempo real suele ser menos eficaz cuando se trata de desarrollar arcos narrativos. Ver a John Carter madurar durante una o las 12 temporadas de ER tiene sentido, pero la cantidad de sabiduría que gana Whitaker, o la lección de humildad que recibe Santos en el transcurso de 10 episodios, no resultan convincentes. Así como tampoco es creíble que Robby pase de elogiar a un personaje, y prometerle una carta de recomendación para una prestigiosa beca, a casi despedirlo. Todo eso en menos de tres horas. El formato funciona para situaciones pequeñas —como cuando Robby pasa un episodio entero tratando desesperadamente de ir al baño, pero nunca lo logra— y para grandes eventos, más que para una lógica interna sólida y coherente. Algo que Jack Bauer podría confirmar.

Aunque The Pitt no sea, en efecto, una nueva versión de ER, se beneficia significativa e inevitablemente de la existencia de su predecesora. Las habilidades actorales de Wyle (y, aparentemente, sus dotes como guionista) se perfeccionaron en este género; maneja la jerga hospitalaria como si hubiera nacido para ello. Wyle encarna bastante bien lo controlado (y cuidadoso) e inestable (y peligroso) que es Robby. Tanto, que probablemente la serie podría prescindir de sus flashbacks sobre el COVID, que rompen innecesariamente con el formato narrativo. 

A pesar de mis temores iniciales sobre no recordar ni un solo nombre, y mucho menos encariñarme con los personajes, el proceso de adaptación toma solo esa primera hora antes de que los héroes principales —porque aquí todos son héroes, todos tienen defectos, y todos arrastran historias personales insertadas con cierta torpeza— adquieren mayor profundidad. 

Por muy inverosímil que sea la evolución de su personaje, Howell transmite bien ese crecimiento y mantiene la dignidad, incluso, pese al chiste recurrente de que Whitaker siempre termina cubierto de fluidos corporales. Dearden tiene una dulzura frágil, que contrasta muy bien con la fragilidad herida de Dourif y la dureza que proyecta Briones, quien nos hace intuir que solo es una fachada para esconder su propia psique maltratada. Las transiciones de personaje en Collins (Ifeachor) y Langdon (Ball) a veces resultan algo bruscas, pero ambos actores logran vender esos giros con bastante solvencia.

La serie evita el “casting de impacto” con los pacientes de la semana (cuyas historias, en algunos casos, se extienden a lo largo de toda la temporada), pero no faltan los rostros conocidos entre los actores invitados. Entre ellos están Abby Ryder Fortson (¿Estás Ahí, Dios? Soy yo, Margaret) como una adolescente embarazada; Mackenzie Astin como el hijo de una paciente con Alzheimer; y Ashley Romans (Y: The Last Man), como una mujer con anemia falciforme, cuyo caso permite que la serie aborde las desigualdades raciales en la atención médica.

Aunque The Pitt proyecta un zumbido caótico y desorganizado, construye sus tramas importantes con mucha destreza, culminando en una tormenta perfecta de momentos emocionales en el octavo episodio, que logra arrancar lágrimas mucho más merecidas de lo que habría imaginado. Esto, por supuesto, es algo que ER Emergencias solía hacer de forma espectacular. The Pitt definitivamente no es ER, pero por momentos logra cosas similares a su estilo que, seguramente, los fanáticos del género sabrán apreciar. 

DANIEL FIENBERG

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