Aunque la cuarta temporada de la comedia dramática culinaria de FX/Hulu The Bear terminó con un cliffhanger —Carmy (Jeremy Allen White) anunciando su intención de renunciar y dejar el restaurante en manos de Sydney (Ayo Edebiri), Richie (Ebon Moss-Bachrach) y Natalie (Abby Elliott), mientras el tío Jimmy (Oliver Platt) planeaba cerrar el lugar—, nunca dio la impresión de que una quinta y última temporada necesitara responder grandes interrogantes o resolver misterios narrativos. Por eso resulta sorprendente que el séptimo episodio de la quinta temporada, dirigido por el creador Christopher Storer y escrito por Storer y Nicole Kohut, se sienta como un final de serie tan satisfactorio y definitivo para la producción ganadora del Emmy.
Se trata de un episodio de 52 minutos que mantiene una tensión constante y vertiginosa, al tiempo que ofrece momentos entrañables para la mayoría de los integrantes del elenco de The Bear y un exquisito despliegue visual de la comida. Y sí, también incluye varias escenas que me hicieron reír a carcajadas, algo que sé que quizá no debería admitir sobre una serie cuya clasificación como “comedia” sigue siendo uno de los debates más polémicos en nuestra tan fracturada cultura.
The Bear
Veredicto Final: Más enfocada y depurada, aunque queda la duda de si eso es lo que mejor sabe hacer.
Estreno: Jueves 25 de junio, 9 p.m. ET / 6 p.m. PT, por FX y Hulu.
Elenco: Jeremy Allen White, Ayo Edebiri, Ebon Moss-Bachrach, Lionel Boyce, Liza Colón-Zayas, Abby Elliott, Matty Matheson, Edwin Lee Gibson y Corey Hendrix.
Creador: Christopher Storer.
No sorprende que el séptimo episodio sea tan bueno. Siempre he sido un admirador de la mirada de Christopher Storer a las cocinas de un restaurante de Chicago en constante evolución, una visión capaz de provocar ansiedad. Quizá fui un poco menos entusiasta que el consenso alrededor de las aclamadísimas dos primeras temporadas y, después, un poco más entusiasta que la opinión general sobre la tercera y cuarta, que desataron una reacción más dividida.
Lo sorprendente, o quizá simplemente desconcertante, es que, aunque el séptimo episodio, titulado “Caramel”, me dio todo lo que esperaba y deseaba de un final de serie para The Bear, esta temporada tiene ocho episodios. FX todavía no ha enviado a los críticos el verdadero episodio final, presumiblemente para evitar spoilers, pero su ausencia me ha dejado más inquieto que emocionado. Es una sensación que no experimentaba desde esta primavera, cuando el penúltimo episodio de Hacks me ofreció todo lo que necesitaba en un final de temporada, antes de un episodio de cierre que me gustó, sí, aunque no tanto como la entrega anterior.
Aunque, pensándolo bien, eso estuvo lejos de ser lo único que me desconcertó de la mayor parte de la quinta temporada que he podido ver.
Como era de esperarse, la quinta temporada retoma la historia un día después del final de la cuarta, que también resulta ser el día mostrado en la última escena de “Gary”, el episodio independiente que se estrenó por sorpresa en mayo y que terminó con su propio cliffhanger, uno que al final resultó irrelevante. “Gary” no me encantó. Dedica demasiado tiempo a Richie y Mikey (Jon Bernthal), dos personajes que funcionan mejor como parte del conjunto que cargando por sí solos un episodio completo. Y me gusta todavía menos ahora que sé que su conexión con la temporada final es, en el mejor de los casos, muy limitada.
En cualquier caso, las cosas siguen siendo frágiles en The Bear. Sydney, Richie, Natalie y Carmy se ven obligados a adaptarse a una nueva realidad y a una estructura de poder completamente indefinida. Nadie más está al tanto de la conversación que tuvieron al final de la cuarta temporada, un secreto que sabes que no permanecerá oculto por mucho tiempo. Pero, incluso si el resto del equipo supiera que Carmy tiene la intención de irse, tienen otras preocupaciones más inmediatas, en particular que el enorme reloj digital de la cocina ha llegado a cero.
Eso significa que The Bear está al borde del cierre, algo especialmente inoportuno ahora que Marcus (Lionel Boyce) ha sido reconocido como uno de los mejores nuevos chefs por Food & Wine. Mientras Jimmy busca maneras de reducir costos y deshacerse del restaurante de una vez por todas, Sydney intenta descubrir cómo sacar adelante un servicio de cena con una despensa casi vacía y con un antiguo mentor, socio y colega, Carmy, que es muy malo para ceder el control de verdad. Desde Marcus hasta Tina (Liza Colón-Zayas), Neil (Matty Matheson), Ebra (Edwin Lee Gibson) y Gary (Corey Hendrix), todos los personajes que han desarrollado nuevas habilidades a lo largo de estas cuatro temporadas se enfrentan a un mercado laboral que podría obligarlos a dar pasos atrás en sus carreras.
Ah, y está lloviendo.
Está lloviendo muchísimo.
Llueve a una escala casi bíblica, alterando el tráfico en Chicago, posiblemente afectando el sistema de reservaciones y, muy pronto, planteando el riesgo de que el mal preparado restaurante se venga abajo de maneras literalmente físicas y no sólo simbólicas.
Se acerca la hora del servicio de cena y será el más importante en la vida de todos, pero ¿también será el último? Ese resumen de la trama suena más como la descripción de un estreno de temporada, quizá incluso de los primeros minutos del episodio inicial. Pero eso es precisamente la temporada final de The Bear. Se trata de un único día y una única noche en el restaurante, contados de manera completamente serializada, no exactamente en tiempo real, pero sin interrupciones por extensos flashbacks o episodios que se alejen de la acción principal.
Para los espectadores convencidos de que The Bear cayó, después de su primera temporada, en el exceso artístico y la pretensión, la promesa de una temporada con pocos trucos narrativos puede ser una bendición. Pero me cuesta imaginar una lista de los mejores episodios de la serie que no incluya uno o dos entre “Fishes”, “Forks”, “Napkins”, “Worms” y “Bears”.
Aunque tener una historia principal clara y con gran impulso para una temporada final es algo positivo —y quizá sería incluso mejor y más dinámica sin la necesidad de que Jimmy, Computer (Brian Koppelman) y la nueva incorporación, Cheese (Elsie Fisher), estén inmersos en una misión paralela que podría describirse simplemente como “agotar todas las demás opciones”—, los episodios que se salen de la fórmula habitual le han sentado muy bien a The Bear. Es una serie que ha prosperado gracias a su disposición para tomar riesgos, y los primeros seis episodios de esta temporada, previos al final de serie que en realidad todavía no es el final, son sorprendentemente seguros en comparación.
Pero ¿”ir a la segura” significa realmente explotar sus mayores fortalezas? De eso ya no estoy tan convencido.
Esta es una serie conocida por su intimidad y autenticidad, y, sin embargo, esta temporada está dominada por una lluvia aumentada digitalmente y por interiores tan estilizados que el restaurante se siente más como un evocador set de filmación que como un establecimiento en funcionamiento. Todo resulta muy artificial, aunque no hay duda de que Christopher Storer, quien dirigió seis de los siete episodios que he visto, abraza deliberadamente esa artificialidad. Desde el caleidoscopio casi ameboide de la luz difuminada por la lluvia hasta los constantes destellos de lente y las cuidadas siluetas expresionistas en los marcos de las puertas, cada decisión estética está llevada al extremo, incluida la música de Christian Lundberg, producida por Hans Zimmer. Con la presión elevada al máximo en todo momento, esta temporada es menos naturalista y se parece más a una versión de Kitchen Confidential dirigida por Tony Scott.
El tono está llevado al límite, impulsado por los personajes y, supongo, acorde con la magnitud de lo que está en juego. Así que Carmy está más soñador y melancólico que nunca. Sydney se muestra especialmente insegura y abrumada. Natalie decide dejar a su hijo al cuidado de Donna (Jamie Lee Curtis), aunque sea solo para aprovechar la intensidad de energía que aporta la ganadora del Emmy. Marcus, por su parte, elige precisamente esta noche para invitar a su padre y, con él, llevar sus conflictos paternos al restaurante.
¿Y los Fak? Cuesta imaginar que alguien, después de la temporada pasada, haya pensado que lo que necesitaba la serie era “más Fak”. Pero Neil y Ted (Ricky Saffieri) tienen que encargarse de problemas con las tuberías del restaurante. Si todavía dudas de que la serie sigue considerándose, al menos en parte, una comedia, yo argumentaría que ningún drama puro podría sostener una trama de varios episodios protagonizada por los Fak y la plomería. La temporada también marca el regreso de las famosas playeras de “Original Berf”, que desde hace tiempo utilizo como prueba de que The Bear sí tiene alma de comedia.
¿Drama? ¿Comedia? Sea lo que sea, los primeros seis episodios son amplios en su planteamiento y el séptimo resulta expansivo.
Más allá de esa grandilocuencia y artificialidad, los episodios que conducen al excepcional final de serie que todavía no es el verdadero final están llenos de grandes momentos, incluidos los siempre confiables Jeremy Allen White y Ayo Edebiri, cuya química —y ese peculiar sector de internet obsesionado con el “¿serán o no serán pareja?”— es reconocida de una manera breve y divertida.
También disfruté, en su mayoría, los guiños metanarrativos, mientras Christopher Storer establece un claro paralelismo entre el final de un restaurante y el final de una serie de televisión, así como las implicaciones de que él y Carmy podrían haber aprendido, o al menos aprendido parcialmente, lecciones similares sobre la necesidad —o la falta de ella— del caos en el proceso creativo. Y aunque eché de menos la brillantez que muchas veces ha surgido cuando The Bear rompe con la narrativa televisiva convencional, tampoco puedo decir que no haya agradecido el ritmo ágil de episodios que, en su mayoría, duran menos de 30 minutos.
Pero, una vez más, ¿actuar por practicidad y por el deseo de simplificar un cierre definitivo equivale a ofrecer una temporada final que represente lo mejor de The Bear? ¿La artificialidad y las limitaciones estructurales de gran parte de la temporada son apenas un señuelo para una serie que está a punto de volverse completamente delirante en su episodio final? ¿Tiene Storer guardado un último giro de artificio, una transición de Tony Scott a un estilo más cercano al Dogville de Lars von Trier? ¿O los últimos minutos de la serie estarán dedicados a responder las pocas preguntas que, sinceramente, ya no necesito que respondan, porque el séptimo episodio se siente tan acertado? De cualquier forma, habrá mucho de qué hablar después.
Supongo que lo descubriremos en unas horas.