Crítica Artificial: Andrew Garfield y Yura Borisov brillan como polos opuestos en el plano ético en la fascinante pesadilla tecnológica de Luca Guadagnino, ambientada en el mundo real

Monica Barbaro, Mark Rylance, Ike Barinholtz y Jason Schwartzman también protagonizan este relato sobre el desarrollo de los acontecimientos, que traza el camino hasta el punto crítico actual en la evolución de la IA

Por DAVID ROONEY |

octubre 6, 2026

3:50 pm

Cortesía de Neon

Andrew Garfield ya ha entrado en sus 40s, pero cuando se mueve con esa soltura torpe, con sus extremidades elásticas oscilando en todas direcciones y una sonrisa despreocupada dibujada en el rostro —cual excéntrico Flautista de Hamelín seguido por un séquito de tech bros hechizados—, uno juraría que es un adolescente. Resulta diabólicamente ingenioso por parte de Luca Guadagnino, un director gay que nunca ha temido explorar la identidad queer, haber elegido a Sam Altman, CEO de OpenAI, para encarnar el arquetipo del “twink demoníaco”. Sea cual sea el hechizo al que hayan recurrido los departamentos de maquillaje o efectos especiales para dotar a la mirada de Garfield de ese destello de locura sociópata, el resultado es efectivo.

Pero lo que hace que Artificial, una crónica que abarca dos décadas sobre el aprendizaje automático y la imprudencia tecnológica, resulte tan fascinante es el equilibrio que aporta Yura Borisov —quien confirma con creces la promesa mostrada en Anora— en su papel de Ilya Sutskever, el pionero de la IA nacido en la Unión Soviética. La interpretación de Borisov, inteligente, tierna y profundamente reflexiva, dota de una humanidad ancladora a una película que, de otro modo, podría haber derivado en amargura y desesperación (aunque motivos para ello no falten). Guadagnino y el guionista Simon Rich moldean el material transitando desde el humor negro y el vértigo tecnocrático hasta un horror que invita a la reflexión más seria.

Artificial

Conclusión: Un golpe traicionero en el estómago.

Recinto: Festival de Cine de Nueva York

Fecha de estreno: Viernes 25 de diciembre

Elenco: Andrew Garfield, Yura Borisov, Monica Barbaro, Mark Rylance, Cooper Hoffman, Ike Barinholtz, Jason Schwartzman, Chris O’Dowd

Director: Luca Guadagnino

Guionista: Simon Rich

Clasificación PG-13, 2 horas y 20 minutos

El guion lúcido y dinámico de Rich, humorista y antiguo guionista de SNL, comienza en 2003 en la Universidad de Toronto, cuando Ilya llama a la puerta de Geoffrey Hinton (Mark Rylance en su faceta más excéntrica y de voz pausada), un profesor cuyo trabajo pionero en redes neuronales artificiales le valdría el título de “padrino de la IA” y el Premio Nobel de Física en 2024.

Al principio, Geoff despacha a Ilya, entregándole un artículo de investigación para que lo estudie y lo comenten la semana siguiente. Sin embargo, cuando el joven ruso de 17 años regresa, apenas unos instantes después, al parecer, con una solución que permite avanzar considerablemente en las teorías expuestas en el artículo, el profesor se encuentra con un nuevo colaborador de investigación. En un plazo de diez años, Geoff, Ilya y otro estudiante de posgrado, Alex Krizhevsky (Fedor Fedotov), ​​diseñan la primera red neuronal de reconocimiento de imágenes; la venden a Google por 44 millones de dólares y se incorporan a la compañía como parte del acuerdo.

En esa etapa temprana del desarrollo de la IA, el profesor Hinton ya se muestra cauteloso ante los posibles riesgos, lo que le lleva a interrumpir la presentación de un postor chino entusiasmado con aplicaciones de defensa, como los drones autónomos.

Mientras tanto, en Silicon Valley, Altman y su amigo Elon Musk (interpretado por un Ike Barinholtz hilarantemente excéntrico, cuya propia forma de caminar, algo torpe, delata su sentido de importancia personal) lamentan haber perdido la partida frente a Google; sin embargo, ninguno de los dos se dejará desplazar tan fácilmente de la carrera de la IA. Musk contrata a Mira Murati (Monica Barbaro), una genio de la ingeniería de IA, para Tesla, mientras que Altman incorpora a Ilya al proyecto ofreciéndole una participación accionaria considerable y la oportunidad de liderar su propia iniciativa. Geoff advierte a Ilya que modere sus proyecciones y subraya la necesidad de establecer salvaguardas, pero el idealista ruso se deja llevar por el inmenso potencial de la IA: resolver la crisis climática, curar el cáncer e incluso salvar a la humanidad de sí misma.

La vertiginosa evolución de la IA cobra impulso cuando Ilya entusiasma a Sam con la idea de una AGI (Inteligencia Artificial General) de nivel superior: una tecnología teórica dotada de capacidades cognitivas equiparables a las humanas. Sam despliega su natural poder de seducción al exponer su visión —que en realidad es la de Ilya— de una AGI controlada por científicos, y no por gobiernos ni magnates. Sí, claro. Musk reaparece aquí y allá para dar rienda suelta a su entusiasmo tecnológico; en un momento dado, exclama con fervor: “¿No lo ven? ¡Somos los únicos que estamos situados en el futuro! ¡Es algo estimulante!”

En 2016, Sam, Yura y un puñado de entusiastas de la tecnología lanzan OpenAI desde el apartamento en San Francisco de Greg Brockman (Cooper Hoffman), un ingeniero de software que es quizá el más insoportable —y la competencia es dura— de ese grupo de tipos del sector tecnológico que no paran de chocar los puños, descorchar champán y gritar triunfalmente ante cada avance. Uno de los primeros hitos ocurre cuando su programa de IA aprende por sí mismo a vencer a la máquina en un videojuego famoso por su dificultad. (Lo juro: tras ver repetidamente a estos tipos corear “Siente la AGI”, estaba listo para cargar un lanzallamas).

Tras rechazar la oferta de Musk para unirse a Tesla, una reestructuración lleva a Mira a OpenAI; allí se gana a Ilya hablando de los beneficios para la medicina, la ciencia y las comunicaciones, además de mencionar que ‘Paranoid Android’, de Radiohead, es su canción favorita. Mira cree que el avance en su campo vendrá de la interacción entre humanos e IA. Sin embargo, Sam considera que dicho avance se logrará asociándose con Microsoft para obtener financiación, y desestima las preocupaciones éticas de Ilya con una falsa sinceridad que, por momentos, uno llega a creer que él mismo considera auténtica. “¡Lo hacemos por el bien de la humanidad!”, afirma.

A medida que avanza el desarrollo, la red neuronal revela su capacidad para mentir, lo que deja a Ilya más que nada desilusionado: “Pensaba que hacíamos esto para que la IA fuera más inteligente y mejor. Pero ¿y si acaba siendo igual que nosotros, solo que peor?”. La insistencia de Ilya en frenar el ritmo y respetar los protocolos de seguridad solo consigue que Sam lo aparte, y a Mira también durante un tiempo.

El profesor Hinton, quien dejó Google hace algunos años debido a una divergencia filosófica, resume lo que está por venir al afirmar: “La pregunta no es ‘¿Cómo puede salir mal esto?’, sino ‘¿Cómo podría no salir mal?’”.

Es en este punto cuando Guadagnino empieza a apretar las tuercas poco a poco, pasando casi imperceptiblemente a un registro próximo al terror psicológico. Se trata de una de las películas más controladas del director, quien trabaja con la misma eficacia y sutileza que Altman empleaba para ganarse —y a veces desacreditar— a los escépticos. El efecto final resulta escalofriante.

Garfield interpreta a Sam como un villano encantador, capaz de recuperar el puesto de liderazgo a base de labia incluso después de haber sido destituido por la junta directiva debido a negocios turbios. Resulta fácil imaginar que este retrato de Altman fuera una de las razones principales por las que Amazon MGM dejó la película en el limbo (hasta que Neon se hizo con ella), dada la camaradería existente entre los multimillonarios del sector tecnológico. Es muy probable que el acuerdo de 50.000 millones de dólares firmado por Amazon con OpenAI fuera el factor decisivo.

Es posible que el público que desconoce que Altman es gay capte indicios sutiles en la interpretación de Garfield, incluso antes de que Musk bromee al respecto durante una escena de cena o de que finalmente aparezca su novio, ya avanzada la película. La forma en que suaviza el tono de voz y lanza una mirada breve pero descaradamente provocadora a un atractivo camarero rubio mientras pide unos chupitos de vodka es una señal reveladora y divertida.

Lamentablemente, no llegamos a ver el momento en que Altman conoce supuestamente a su futuro marido en el jacuzzi de Peter Thiel. Sin embargo, tras haber permanecido su sexualidad en un segundo plano durante la mayor parte de la película, hay una escena reveladora en la que regresa a su lujosa finca de Napa: allí, su pareja recorta los arbustos del jardín mientras varios jóvenes atractivos descansan junto a la piscina y, en la planta baja, se encuentra una especie de búnker de alta tecnología con armarios repletos de armas. Las contradicciones de carácter que se aprecian tan solo en esta escena dicen mucho sobre quién es Sam Altman.

Barbaro está sólida como siempre, aunque —incluso cuando Mira alza la voz con frecuencia y parece no dejarse intimidar por ese entorno falocéntrico— la actriz podría haber tenido más material con el que lucirse. Es un placer ver a Rylance, aun cuando recurre a algunos de sus tics habituales; Barinholtz se adueña de cada escena en la que hace su entrada triunfal; y un Jason Schwartzman casi irreconocible protagoniza momentos conmovedores como un hombre que huyó del sector tecnológico al ver lo que se avecinaba y que, a juzgar por su cabello revuelto y su barba descuidada, parece vivir ahora en la calle.

En cuanto a la factura técnica, la película nunca se percibe excesivamente pulida; su ritmo conserva una agradable soltura —incluso en sus momentos de mayor dinamismo— y la fotografía de Malik Hassan Sayeed destaca por su nitidez y ausencia de artificios. Guadagnino siempre ha demostrado gran destreza en la elección musical (desde el alt-pop de Sufjan Stevens en Call Me by Your Name hasta la contundente electrónica de Trent Reznor y Atticus Ross en Challengers). Artificial no es la excepción: la enérgica banda sonora electrónica y las canciones de Damon Albarn, líder de Blur, se conjugan a la perfección con el montaje fluido de Marco Costa.

Esta obra se cuenta entre lo mejor de Guadagnino; su humor seco nos induce a un estado de relajado disfrute antes de que caiga la espada sobre la aterradora realidad a la que ahora nos enfrentamos. Aunque los avances en inteligencia artificial se suceden a tal velocidad que ninguna película podría seguirles el ritmo, Guadagnino y el guionista Rich han creado un filme provocador que parece diseñado con precisión para el momento actual.

Hablando de espadas, Sam suele pasearse con una por su apartamento de San Francisco mientras conversa con periodistas sobre su falta de culpa en su destitución de OpenAI. No cuesta imaginarlo viéndose a sí mismo inmerso en una especie de cruzada heroica. Su ego es inversamente proporcional al de Ilya, lo que contribuye a la magnífica dinámica entre Garfield y Borisov. Sam sostiene que «el futuro es inevitable» ahora que han abierto la caja de Pandora, pero, acto seguido, suelta la frase más vacía de la jerga tecnológica: “Todos somos simples NPC en este videojuego cósmico”. Si es así, ¿podría alguien desenchufarlo, por favor?

DAVID ROONEY

SUSCRÍBETE A NUESTRAS EDICIONES

Vive la experiencia completa de The Hollywood Reporter en Español, sin límites y todos los días, en sus versiones impresas y digitales.

MÁS DE HOLLYWOOD REPORTER EN ESPAÑOL

Síguenos