Guitarricadelafuente está acostumbrado a las giras por arenas, donde interpreta su música ante decenas de miles de fans que gritan cada noche, pero está descubriendo que ninguna experiencia te prepara para el ritmo de una campaña rumbo a los Óscar. “Todo es una locura”, dice desde un patio en Middleburg, Virginia, su parada más reciente en la ya vertiginosa gira de prensa de La bola negra. Sus característicos rizos se mueven tranquilamente con la brisa mientras sonríe y se ríe para sí mismo, todavía incrédulo ante lo que está viviendo (o quizá afectado por el jet lag). “Desde que dije que sí a formar parte de esta aventura, no esperaba que pasara absolutamente nada”, dice. “Solo pensé: ‘Bueno, esta es mi primera película, mi primer papel’”.
En efecto, los debuts cinematográficos no suelen ser así. Sin embargo, el español de 29 años, cuyo nombre real es Álvaro Lafuente Calvo, y cuyo nombre artístico combina su apellido con un diminutivo que significa “guitarra pequeña”, se ha convertido en uno de los artistas de folk más populares de su país en los últimos años, y ahora está descubriendo lo que sucede cuando una primera película logra conectar de verdad con el público.
La bola negra, un drama épico sobre el amor entre hombres que abarca casi un siglo, se estrenó con una respuesta entusiasta en el Festival de Cannes, donde sus realizadores, Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos popularmente como Los Javis, ganaron el premio a Mejor Dirección. Netflix adquirió los derechos para Norteamérica y puso en marcha una importante campaña. Desde entonces, la película ganó el codiciado Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Toronto, y llegó a las salas estadounidenses con el segundo promedio de recaudación por pantalla más alto de la historia para una película en un idioma distinto al inglés. Un buen comienzo, considerando que es el primer experimento de Netflix para informar sobre cifras de taquilla. La cinta ampliará su estreno en salas durante el próximo mes y parte del siguiente, antes de llegar al streaming el 2 de diciembre.
Guitarricadelafuente interpreta a Sebastián, el personaje central de la historia ambientada durante la Guerra Civil. Es un trompetista de pueblo que visita una pequeña localidad y se ve obligado a pasarse al bando nacionalista después de sobrevivir, por poco, a un brutal ataque contra la comunidad. Le asignan la vigilancia de Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), un prisionero de guerra republicano. Al conocerlo, comienza a descubrir una identidad sexual que había reprimido.
La historia está basada en la obra de teatro La piedra oscura, de Alberto Conejero, inspirada, a su vez, en la obra inconclusa de Federico García Lorca, La bola negra, que también forma parte del imaginativo entramado narrativo de Los Javis. Sebastián es el eje de la amplia exploración que hace la película de la historia de España, la vergüenza sexual y el trauma cultural. Guitarricadelafuente retrata, de manera conmovedora, la lucha por sobrevivir de un joven profundamente perdido y su doloroso camino hacia alguna forma de libertad personal. Su debut frente a la cámara deja una impresión notable, reforzada por su melancólica canción original, ‘La Nieve’, que une los distintos hilos de La bola negra en una secuencia culminante y desgarradora.
El trabajo adquirió un carácter personal. Desde las inquietantes conexiones entre su historia y la de Sebastián con la Guerra Civil, hasta su propia identidad como hombre abiertamente gay, Guitarricadelafuente encontró muchos elementos en La bola negra con los que se sintió identificado. A lo largo de la conversación, revela que todavía está descubriendo nuevas capas y significados de todo lo que vivió.

¿Cómo viviste el cambio hacia la actuación después de varios años como músico? ¿Era algo que querías hacer?
Quise ser actor antes de querer ser cantante. La música siempre fue una parte muy importante de mi vida, pero no la veía como algo profesional. Cuando empecé a salir de gira y a cantar ante el público, hace unos ocho años, era muy tímido. Mi nombre artístico era una forma de hacer que la gente no supiera quién era. Si me hubieras visto hace unos ocho años, me habría defendido con una guitarra. Era una especie de escudo, pero también como un arma. (Ríe).
De alguna manera, la música me enseñó a sentirme más cómodo conmigo mismo. Con el tiempo, me permitió subir al escenario. Adoptas un ego al que aspiras y que te gustaría llevar a tu vida real. Por eso creo que existe un vínculo muy estrecho entre actuar en una película y estar sobre un escenario.
¿Cómo reaccionaste a las exigencias propias del papel?
Muchas cosas me parecieron aterradoras. Evidentemente, era la primera vez que hacía algo así, pero también estaban todos los temas que rodean la película: la Guerra Civil, Federico García Lorca y contar una gran historia queer a una escala que no había visto antes. Al menos en España, son temas que intimidan, porque se han abordado muchas veces, pero desde una perspectiva generacional distinta. Cuando leí el guion, pensé: “Está bien, esto no solo conecta con mi forma de entender estas ideas, sino que también habla del autodescubrimiento: un joven gay que busca su lugar en el mundo”. Sebastián es alguien que ni siquiera tiene la oportunidad de permitirse descubrir quién es o encontrar su lugar en el mundo.
En ese sentido, ¿tuviste algún referente mientras crecías y descubrías tu propia identidad como hombre queer?
Lo más parecido serían las películas de Almodóvar. Muchas historias queer, historias sobre mujeres, historias muy liberadoras en una época en la que no era habitual hablar de esos temas. Esas fueron las primeras cosas que pude ver en la pantalla grande. Cuando estaba creciendo, no había tantos referentes.
Cuando la película se estrenó en España, fui a verla con mis amigos porque quería ver su reacción. Seguramente, en TikTok y en todas partes has visto muchas proyecciones en las que termina la película y se hace un gran silencio en la sala. Vi a una pareja gay de 16 años tomarse de la mano, abrazarse y llorar. Me acordé de mí mismo a los 16 años; ni siquiera me habría planteado hacer algo así en público, ¿sabes? Fue muy, muy conmovedor verlo.
La película es un gran éxito en España. Es raro encontrar una película de estas dimensiones sobre una historia gay en cualquier parte del mundo.
Esta película hizo que personas que llevaban 10 años sin ir al cine volvieran a las salas. Es un fenómeno cultural. No es solo una historia queer, sino una historia sobre el amor y la empatía hacia todas esas historias que no han podido contarse. Y ha sido aún más impresionante ver la reacción de las generaciones mayores. Podrías pensar que tienen más prejuicios o que han guardado más silencio sobre estos temas. Así que, de alguna manera, es como si muchos mundos se tomaran de la mano y vivieran un momento de reconciliación. Es decir, en España todo el mundo va a ver La bola negra sin importar de dónde venga.
¿A qué crees que se debe? Es un éxito sin precedentes para una película gay, especialmente en España y, como decías, parece que estamos ante un verdadero fenómeno cultural.
Creo que se debe a muchas cosas. Cuando llegas al fondo de algo que parecía muy local, como la historia de un país —de una guerra civil—, puedes crear algo realmente grande. Esta película lo ha conseguido. Son tres historias que se entrelazan a lo largo del tiempo; cuando leí el guion, no podía imaginar cómo terminaría, ni visual ni narrativamente. Hay algo catártico cuando termina la película. Para eso deberían servir las películas, no para dar lecciones, sino para entusiasmarte con algo. Te animan a tomar una decisión en tu vida y a abrazar el amor que tienes.
¿Cuál fue la escena más difícil de filmar?
La más difícil fue una de las últimas: la ejecución. Fue una escena muy intensa porque representó la culminación de todas esas emociones y de todo ese peso acumulado, en medio de una tormenta perfecta. Estuvimos bajo esa tormenta durante tres horas. Sostuvimos armas de guerra de los años treinta que no funcionaban. Tuvimos que repetir la escena muchas veces y mantenernos en esa dureza, esa hostilidad y esa represión que el personaje se impone. Te están diciendo que mates a alguien. Vas a cargar con eso el resto de tu vida. Fue muy duro vivirlo.

Tu interpretación refleja muy bien la ambivalencia de un soldado en un conflicto como este y, al mismo tiempo, está cargada de emoción. Pensando especialmente en una escena como esa, ¿cómo encontraste el equilibrio?
Entre todas las personas que fueron obligadas a ir a la guerra, había muchos jóvenes que ni siquiera sabían por qué luchaban o por qué tenían las manos manchadas de sangre. Hay una gran carga de inocencia, pero muchas personas cuestionan esa inocencia. Dicen: “Podrías haberte resistido”, pero, de lo contrario, los habrían matado. Esa carga de responsabilidad es algo con lo que el personaje tiene que vivir el resto de su vida. Te hace pensar en todas las personas que tuvieron que enfrentarse a eso en la vida real.
Mi abuelo tuvo que vivir algo parecido a lo que vivió Sebastián. Era de un pequeño pueblo del norte de España y nació en 1914. Fue a la guerra cuando tenía unos 18 años, y el pueblo del que era originario estaba ocupado por el bando nacionalista de Franco. Lo obligaron a luchar con ellos. La Guerra Civil fue algo que nos tocó a todos. Todos tenemos algún vínculo con alguien que peleó en ella. Uno de mis abuelos estaba en el seminario y los republicanos lo mataron. Nadie queda al margen. Tuve que sentir todo esto muy, muy, muy de cerca.
Tiene mucho peso emocional, sobre todo, porque se parece tanto a lo que estás interpretando.
Sí, totalmente. (Ríe).
Y escribiste ‘La Nieve’ al día siguiente de filmar esa escena, ¿cierto?
Es cierto. ¡No fue una coincidencia! Después de rodar esa escena, volví a la habitación del hotel. Era como la una de la mañana. Fue mi manera de procesar todo ese peso emocional. Tenía un piano e improvisé una pequeña melodía que les envié directamente a Los Javis. Cuando me dijeron que hiciera la canción, pensé que no tenía sentido que yo cantara durante la película mientras mi personaje aparecía en pantalla. Creí que la pondrían en los créditos o algo así, pero la utilizaron para entrelazar las tres historias. Si lees la poesía de Lorca, hay muchas referencias al color blanco. Fue muy irónico descubrir que la nieve también representa la muerte. Cuando los tres personajes empiezan a darse cuenta de que esa muerte, o el final de su viaje, está llegando, algo actúa como catalizador y los impulsa a empezar a vivir sus vidas con libertad.
Trabajaste muy de cerca con Penélope Cruz, quien interpreta un personaje que aparece en una sola escena en la que ve y acepta a Sebastián tal como es. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue un sueño. Es el mayor ícono de España, la reina de España, y tener la oportunidad de compartir con ella esta escena tan especial es algo que, dentro de 10 o 20 años, recordaré como un regalo. Hubo un paralelismo entre la forma en que Sebastián la conoce y lo que ocurrió en la vida real, porque siempre existe esa admiración por una diva. Eso fue lo que me pasó a mí.
Es muy perfeccionista. Quiere repetir una toma cada vez que puede; quiere que todo salga bien. Me sentí muy abrumado por esa situación. Ella hizo que todo fuera mucho más cómodo para mí, un recién llegado, y me permitió estar ahí de la forma más honesta posible. Incluso ahora, que estamos de gira con la película, se preocupa por todos nosotros. Me ha animado mucho y se preocupa mucho por mí. Recuerdo que, mientras esperábamos para rodar la escena en el camerino de su personaje, ella estaba en lo alto de las escaleras y me pidió que cantara una de mis canciones. Me dijo: “¡A capela!”. Y yo pensé: “Esto no está pasando. No puede ser real, ¿verdad?”.
Ella apoya a quienes tienen menos oportunidades. Siempre defiende a quienes no pueden defenderse por sí mismos, y creo que eso refleja su esencia, ¿sabes? Le molesta que todo el mundo se refiera a ella como “madre”. Es como: “Dejen de llamarme madre. Al menos soy su hermana”. (Ríe). Así que ha sido como mi hermana gemela. O mi hermana menor. Mejor dicho.
Pensando en todas las personas con las que trabajaste y en las distintas exigencias del rodaje —escenas de acción, escenas íntimas, etcétera—, imagino que aprendiste mucho sobre cómo te gusta trabajar como actor. ¿Qué descubriste de ti mismo al terminar la película?
Teníamos el guion, pero Los Javis nos decían: “Bueno, ¿cómo dirías esto? ¿Cuál sería la forma más auténtica de decirlo para ti, como Sebastián?”. Te daban la libertad de hacerlo. Estoy muy agradecido por esa confianza ciega que depositaron en mí. Eso me animó mucho como actor. Éramos tan cercanos que se sentía una especie de simbiosis en la sala. Podía conectar muy rápido con lo que me decía Ambrossi o Calvo.
Fue una película muy ambiciosa. Todos confiaron en esta historia y pudieron identificarse con ella. Creo que eso fue lo que hizo que la película se sintiera tan grande. Apenas descubrí quién soy como actor, y es algo que quiero seguir conociendo. Necesito ser flexible en lo artístico, absorber lo que me ofrece la vida y adaptarme a lo que veo a mi alrededor; convertirme en alguien más. Aprendí muchísimo al interpretar este papel y conecté con facetas de mí mismo que antes desconocía.
Volviendo a ese recuerdo de cuando tenías 16 años y empezabas a vivir tu identidad como persona queer, me pregunto qué reflexiones surgieron al hacer esta película sobre tu propia identidad y el lugar que ocupa en tu trabajo.
Sabes, nunca salí del clóset de manera oficial. No se lo dije formalmente a mis padres hasta que cumplí unos 22 años, más o menos. Crecí en un pueblo pequeño, donde no había muchos referentes ni personas en la escuela que fueran abiertamente gays. Hay una parte de mí que, de alguna manera, ha olvidado esa etapa. No recuerdo cómo me sentía. Sebastián es alguien que tiene que reprimirse y aferrarse a algo que puede ser muy peligroso para él. Cuando vives en tiempos de guerra, si te concentras en algo que no sea sobrevivir o ayudar a tu familia a sobrevivir, eso puede considerarse un privilegio. Él necesita ocultarse detrás de una dureza masculina y mostrarse enérgico en tiempos de guerra: tener un rifle en la mano y, de pronto, hacerse hombre sin siquiera saber qué significa eso.
Justo antes de La bola negra, trabajé en mi álbum Spanish Leather, en el que abordo mucho la reconciliación con esas figuras masculinas hostiles de mi infancia, que parecían estar en mi contra. Fue una gran reconciliación con esa parte de mi vida, darme cuenta de que ya no soy aquel joven de 16 años. Recibí mensajes de muchos jóvenes en España que me decían que se sentían muy identificados con lo que representaba y que mi música los había ayudado a conectar con su yo más profundo, a abrirse más a sí mismos y a lo que los rodea. No quiero que nadie viva de otra manera.
Estás a punto de asistir a la Gala de la Academia y a otros eventos. ¿A quién te ilusiona conocer?
¡No sé con quién me voy a encontrar! Me dio mucha envidia que Los Javis estuvieran en Telluride, conociendo a Sofia Coppola y Julianne Moore. (Ríe). Yo estaba dando un concierto en Madrid y no pude ir. Pero me encantaría conocer a Luca Guadagnino. Seguro que es un tipo genial.