Después de una década, Diego Luna regresó a la dirección cinematográfica con Ceniza en la boca, su cuarto largometraje de ficción. La cinta cuenta la historia de Lucila, interpretada por Anna Díaz, una joven mexicana que emigró a España junto a su hermano Diego, encarnado por Sergio Bautista, para reunirse con su madre Isabel, interpretada por Adriana Paz.
A lo largo de la película, la cual está basada en la novela homónima de Brenda Navarro, se exponen los problemas a los que deben enfrentarse los migrantes mexicanos y latinoamericanos en España, desde el racismo hasta el recordatorio constante de que no pertenecen allí por parte de la sociedad. Además, el largometraje presenta las tensiones familiares entre las protagonistas a raíz de la partida de Isabel a España cuando Lucila y Diego eran apenas unos niños.
De cara al estreno de Ceniza en la boca en las salas de cine mexicanas, Diego Luna y las protagonistas, Anna Díaz y Adriana Paz, se reunieron con THE HOLLYWOOD REPORTER en Español para hablar sobre la importancia de los temas que toca la película, cómo fue grabar aquellas escenas llenas de sentimiento y vulnerabilidad y más detalles detrás de la producción.
Primero que nada, felicidades por lo que lograron en la película. A diferencia de muchas cintas que hablan sobre migración, que nos llevan a Estados Unidos, esta nos traslada a España. ¿Por qué es importante contar también este otro lado de la migración desde México?
Diego Luna: Porque está pasando, porque entre el tránsito tan peligroso que tienen que vivir los que migran al norte por México y luego a lo que llegan, esta persecución brutal que hay hoy por la comunidad latina en Estados Unidos, esta política migratoria tan injusta, esta falta de certeza legal, además este discurso de odio xenófobo tan ignorante que va creciendo y esta violencia, está haciendo que también un grueso de la migración de México voltee hacia España, como otros países de América Latina ya lo vienen haciendo desde tiempo atrás.
Si ves los números de mexicanos en España, además registrados, ha crecido muchísimo y seguirá creciendo. Además, la migración no tiene un destino, no tiene un rumbo. Es un fenómeno global y un reto que tenemos todos a nivel social. Así que me parecía interesante lo que hacía esta novela de Brenda Navarro: hablar de los que ya están allá y de los retos que un migrante vive en un lugar que le recuerda que no es de ahí. Con esas pequeñas violencias, esos pequeños rechazos a los que el migrante se enfrenta día con día y también esas muestras de empatía, esas muestras de generosidad que también están en la película, la cinta no busca hacer juicio, sino simplemente retratar una realidad y dejar al público posicionarse ahí.
Anna Díaz: Pues es importante porque siento que de alguna manera desmantela otras violencias de las que no nos damos cuenta porque es un lugar seguro para Latinoamérica, en el sentido que también se comparte el idioma. Sin embargo, ahí te das cuenta que después de eso hay otras brechas mucho más profundas que tienen que ver con el racismo, que tienen que ver con la falta de oportunidades. Creo que eso sí es otra perspectiva de la migración.
Adriana Paz: Sí, es importante hablar de todas las migraciones, porque además cuando dices migración suena algo muy grande, que sabemos que se trata de gente yéndose de sus países, pero cada migración es una historia diferente y hay muchos mexicanos y muchos latinoamericanos en España. Qué bueno que podamos contar esta historia y con todas las diferencias y los matices de las migraciones a Estados Unidos que refrescan un poco —por decirlo de alguna forma— estas historias de gente yéndose de sus lugares de origen para buscar una vida mejor y te amplía el panorama y que a pesar del idioma español, aunque hablamos el mismo idioma, incluso entre gente de Latinoamérica hay palabras que no son las mismas. Eso le da un matiz distinto y cuenta otro tipo de cosas que suceden en ese trayecto.
Está bien hablar de eso y de todas las historias que cuenta Ceniza en la boca, que no solamente es la migración, sino que es una historia de qué es lo que pasa con las personas que migran, con las que se quedan, con las que los reciben, con sus familias, con su identidad, con su salud mental y por eso me parece como una historia necesaria.

La película empieza mostrando cómo Isabel toma la decisión de irse, pero después ya vemos a Lucila en España viviendo otra vez con su madre y con su hermano. ¿Cómo creen que es el momento en que Lucila emigra a España por primera vez?
Anna Díaz: A partir del libro, es una pequeña promesa de la madre. Ella se va primero, arregla las cosas para luego llevar a los hijos. Pero creo que también hay una necesidad de reencuentro, más que nada del hermano menor, para que tenga una madre cerca, porque se fue cuando tenía tres años. Lucila se ha encargado todo este tiempo de cuidarlo y ahora hay una puerta para una nueva vida que también supongo que se la han imaginado todo este tiempo porque no saben bien qué representa irse, no saben bien a dónde van a llegar. Es un misterio que siempre está con un toque de esperanza.
Adriana Paz: Creo que no es una decisión que Lucila tomó mucho, sino que ya estaba dicho, es algo que les prometió Isabel y que, cuando llegó el momento de: “Ahora sí me los puedo traer”, no les preguntó. Creo que también eso es parte de lo violento del cambio porque se los viene prometiendo hace ocho años. Imagínate el corazón de un niño al que cada año le dicen: “No, todavía no”, y que está el anhelo, pero al mismo tiempo es como: “¿Ahora? ¿Ahora que tengo 14 y tú tienes 20? ¿Ahora, mamá?”
Ha de haber sido fuerte porque me imagino a Isabel diciéndoles, “¡Ya lo logré!¡Ya tengo los papeles! ¡Ya vienen conmigo!” Ha de haber sido duro para ellos y eso es parte del golpe y el shock de tener que moverse en este momento de sus vidas. Él se quería ir cuando era un niño, cuando más la necesitaba. Sí la extraña, pero al mismo tiempo está enojado y no sabe si quiere ir.
Los momentos en los que más brillan sus personajes son cuando conversan entre ellas porque es cuando muestran más emocionalidad y vulnerabilidad. ¿Cómo se preparan para estas escenas en las que tienen que exponerse de tal forma frente a la cámara?
Adriana Paz: Creo que es muy importante estar en un estado de disponibilidad y eso te lo trae la respiración, la relajación y una comunicación con tu compañero, y eso también es el resultado de un trabajo previo —en este caso que además tuvimos la suerte de hacer encuentros en los que nos dirigió Viridiana Olvera bajo la mirada de Diego— para que nosotros pudiéramos irnos conociendo; para que pudiéramos recrear esas escenas que no están en el guión y que son la carnita con la que luego vas a jugar.
También estar disponibles a lo que Diego tuviera que decir o estar disponibles a lo que Anna tuviera que proponer y, con eso, ir enriqueciendo y jugando, así como entender también cuáles eran las heridas de cada personaje.
Anna Díaz: Porque también es una historia que habla de una fractura familiar y que habla de esos silencios y esa lejanía por las pláticas incómodas. Creo que justo esa conversación es una conversación tardía, pero que era necesaria desde el primer momento para entender que Lucila tiene un resentimiento porque vivió la migración no como un sacrificio, sino como un abandono total en donde tuvo que hacerse cargo de cosas que no le correspondía. Pero a partir de ahí ya cambia la mirada y empieza a ver con una madurez y un entendimiento que la hace ya no ver a Isabel [únicamente] como una madre que se fue, sino verla como una mujer que también tuvo que salir para tener una vida y buscar otras oportunidades.

Diego, ¿tú cómo recuerdas estas grabaciones de estas conversaciones llenas de emoción y vulnerabilidad?
Diego Luna: Primero, como un director profundamente afortunado de estar trabajando con actrices tan talentosas, pero además tan generosas y tan dispuestas. Es curioso porque yo sabía ya que quería trabajar con Adriana, pero estaba tomando la decisión de si iba a trabajar con Anna porque la conocía mucho menos, obviamente. La había visto solo en una película y había visto una prueba que hizo al mero principio del proceso, pero vimos a 200 personas, a 200 mujeres para ese personaje o más.
Hice una sesión de trabajo con Anna y con Adriana esperando a ver si se daba la conexión, si creía que tenían las herramientas para construir a esta madre y a esta hija, y la primera y única escena que hicimos es la del restaurante, donde se confrontan, la escena más dura de la película. Desde la primera toma ya me sentía partido emocionalmente. Me hicieron llorar. Te juro que hubiera estado contento con que fuera el resultado final.
Ellas empezaron mucho más adelante de lo que yo me había imaginado y lo que pasa entre ellas —que además no se conocían y no habían trabajado juntas— es muy especial: dos actrices que entienden el valor de la colaboración, de estar ahí para el otro. A partir de ahí, fue una delicia trabajar con ellas y, en efecto, son los momentos en que estos personajes bajan la guardia, porque también para vivir esas vidas hay que protegerse y te das cuenta de cómo estas mujeres se van guardando tantas cosas.
La comunicación es el gran problema en esta familia de Ceniza en la boca, lo poco que se hablan, lo poco que se explican, el poco entendimiento que hay y, cuando ese entendimiento llega, probablemente ya es muy tarde.
Y justo creo que esa escena en particular tiene tanto poder por cómo está filmada, porque a diferencia del resto de conversaciones que vemos en la película. Cuando hay una conversación con otro personaje, aunque esté hablando la otra persona, normalmente la cámara está enfocando a Lucila y estamos viendo cómo ella reacciona, salvo cuando está conversando con su madre. ¿Por qué decidiste grabar la película de esta forma?
Diego Luna: Porque la idea es ver lo que esta mujer recibe. La película trata de lo que recibe a cambio, no solo del esfuerzo que hace por darse, sino de lo que le toca a ella, porque yo quería vivir el viaje de Lucila y a la película la atraviesa una pregunta: “¿Por qué te fuiste mamá?”, y ella tiene que ir recibiendo durante todo el viaje lo necesario para responderse esa pregunta, y tú vas con ella.
Esta película no te hace saber lo que los personajes no saben. Esta película te va informando conforme el personaje se entera. Te va dejando vivir la historia desde la perspectiva de ella y te pone en sus zapatos. Esa es la invitación que hace esta película: ponernos en los zapatos del otro, que cuando hablamos de migración, cuando hablamos de estas migraciones forzadas, migraciones que tienen donde no hay otra opción, nos cuesta trabajo ponernos en los zapatos del otro.
La película busca hablar con los que reciben también. Es una película para hacernos pensar quiénes somos cuando recibimos, porque todos estamos en este tema de la migración. Todos recibimos, incluso los que se mueven, incluso los que se van reciben después. Eso es lo que busca: ponerte a pensar en el mejor de los casos, en quién eres cuando recibes, y para eso hay que vivir la experiencia desde los zapatos del otro, en este caso, de Lucila.

Por último, ¿cómo fue trabajar con Sergio Bautista? ¿Cómo es tener en el elenco a un talento tan joven y que está en crecimiento apenas?
Diego Luna: Tenía una experiencia, y además le había pasado tiempo atrás. Ya era otro cuando lo conocí; ya no era el que yo acababa de ver en ese proyecto. Lo vi trabajar y me pareció interesante, pero no fue hasta que lo conocí que dije: ‘Aquí va’. Porque este era un reto, es un acto de fe. Yo no estaba ahí para ver las herramientas que él tenía como actor, sino para darle herramientas para hacer esto. Pero también me siento muy cómodo trabajando así.
Hicimos todo un proceso, hicimos un taller donde tuvo un tiempo para trabajar con Anna: la relación de hermanos, pero también una relación casi materna, que es la que propone la película. Después, Adriana iba y venía, entraba y salía, como para dar esta sensación de: ‘Sí la conozco, pero no está’.
Te puedo hablar de alguien muy sensible, muy generoso también, porque siempre estaba dispuesto a ponerse ahí, con mucha seguridad. No sé de dónde la saca. Y fue muy lindo, porque cuidamos todo su proceso un poco, para que también le fuera pasando lo que el personaje va descubriendo en la película, y siempre tomando en cuenta que estás con un menor de edad, con alguien a quien tienes que tratar de forma especial.
Sobre todo, como les decía a todos, la prioridad mientras esté él es que su experiencia sea placentera. El cine tiene que lograr eso cuando trabajan niños y adolescentes; es decir, que desde su perspectiva el viaje sea solo placer, solo juego, solo descubrimiento, y que sea una decisión diaria estar ahí. Si le tienes que recordar a un niño que tiene la responsabilidad de estar ahí, cometiste un error gravísimo. Lo cuidamos muchísimo durante todo el viaje, y creo que el resultado está en la película.