En 1967, Mel Brooks escribió y dirigió The Producers, una comedia delirante sobre dos productores teatrales que descubrían una oportunidad de oro en el fracaso. Si montaban la peor obra de la historia, podían recaudar más dinero del necesario, declarar pérdidas y quedarse con los fondos excedentes. La farsa, que parecía una sátira exagerada, anticipó sin proponérselo una práctica real que hoy es parte estructural de la industria del entretenimiento: La llamada “contabilidad creativa” de Hollywood.
La ficción de Brooks palidece frente a la sofisticación contemporánea con la que los grandes estudios convierten éxitos rotundos en aparentes fracasos financieros, con el único fin de evitar pagar a actores, escritores, directores, inversionistas y otros socios contractuales. Muchos de los mayores éxitos de taquilla de la historia (películas que recaudaron cientos o incluso miles de millones de dólares) aparecen en los libros contables como pérdidas.

¿Cómo una película taquillera puede “perder” dinero?
El caso de Harry Potter y la Orden del Fénix es ilustrativo. La cinta, que costó aproximadamente 150 millones de dólares y generó cerca de mil millones en taquilla mundial, fue declarada por Warner Bros. como una pérdida de 167 millones. Igualmente desconcertante es el caso de Star Wars: Return of the Jedi, un fenómeno que amasó 475 millones de dólares en 1983, y que, sin embargo, según Lucasfilm, Disney y Fox, nunca fue oficialmente rentable.
La explicación es inquietantemente simple: Los estudios no pierden dinero realmente, sino que emplean métodos de contabilidad diseñados para inflar artificialmente los gastos, disminuir los beneficios declarados y así evitar las obligaciones contractuales ligadas a las ganancias netas.
Hollywood Accounting: el arte de fingir pérdidas
Esta práctica permite que los estudios creen sociedades de responsabilidad limitada (LLCs) para cada película, fragmentando la estructura contable, se vendan bienes y servicios a sí mismos a precios inflados, trasladando “gastos” artificiales a las producciones, imputen a una película rentable los costos de producciones fallidas anteriores y otorguen préstamos internos con tasas de interés elevadas, generando costos financieros ficticios.
Todo esto tiene un propósito claro, el cual es evitar pagar regalías a los involucrados y, en muchos casos, aprovechar deducciones fiscales que convierten aparentes fracasos en beneficios contables reales.

Warner Bros. Discovery y el precedente reciente: proyectos sepultados
Esta lógica no se limita a las hojas de cálculo. En años recientes, ha tenido consecuencias tangibles sobre el catálogo de producciones disponibles para el público. En 2022, Warner Bros. Discovery llevó esta práctica a un extremo visible y polémico. La compañía canceló proyectos completos que ya habían finalizado o estaban en etapas muy avanzadas de postproducción. Entre ellos Batgirl, una película de superhéroes protagonizada por Leslie Grace, con un presupuesto superior a los 90 millones de dólares, Scoob! Holiday Haunt, la secuela animada de Scoob! (2020), pensada para el mercado familiar, y Coyote vs. Acme, una ambiciosa fusión de animación y acción real con John Cena en el elenco.
En lugar de estrenar las películas y enfrentar el riesgo de un recibimiento tibio o decepcionante, Warner optó por archivarlas de forma definitiva para poder reclamarlas como pérdidas fiscales, recuperando parte significativa de sus costos de producción. Esta decisión, aunque amparada en razones financieras y estrategias de “optimización” corporativa, tuvo un efecto devastador sobre los creadores y trabajadores involucrados, que vieron anulado el fruto de años de esfuerzo.
Más preocupante aún, sentó un peligroso precedente que consiste en demostrar que a veces es más rentable destruir una obra que asumir el costo simbólico y económico de su fracaso público.
¿Quién paga el precio?
Aunque puede parecer una travesura inofensiva entre grandes corporaciones, las consecuencias son reales y devastadoras para los artistas. Winston Groom, autor de la novela Forrest Gump, firmó un acuerdo por el 3% de las ganancias netas de la adaptación cinematográfica. La película recaudó más de 700 millones de dólares, ganó seis premios Óscar, y, sin embargo, Groom no vio un centavo, viéndose obligado a amenazar con una demanda para recibir algún pago.
La historia se repite en casos como el de la familia Tolkien, privada de las ganancias prometidas por la multimillonaria franquicia de El Señor de los Anillos, o el de John Cusack, quien jamás recibió beneficios por su participación en Say Anything, cinta que paradójicamente habría generado pérdidas de 44 millones de dólares a lo largo de 35 años, según los libros contables de Fox.

Detrás de esta ingeniería financiera quedan atrapados cientos de profesionales entre actores, directores, guionistas, animadores, diseñadores, técnicos y trabajadores de la industria que ven cómo años de trabajo desaparecen para beneficio de las corporaciones. El caso de Batgirl fue especialmente emblemático. Su cancelación no sólo privó al público de una película, sino que despojó a un equipo entero de la posibilidad de mostrar su talento y consolidar sus carreras.
Para actores, guionistas y directores de menor perfil (que no tienen los recursos para emprender costosos litigios), estas maniobras representan la pérdida de una fuente esencial de ingresos: Las participaciones en las utilidades o los pagos por retransmisiones.
La práctica también afecta a los propios inversionistas. Casos como el de TSG Entertainment, que demandó a Disney y 20th Century Fox por manipulación contable en la distribución de beneficios, muestran que ni siquiera los grandes capitales están inmunes a estas maniobras, como proyectos tan exitosos y costosos como Avatar: The Way of Water. Aunque la mayoría de estos litigios se resuelven fuera de los tribunales, cada caso contribuye a erosionar el secretismo que protege estas prácticas.
Streaming y nuevos desafíos
La transición hacia el modelo de streaming ha agravado esta situación. Donde antes los artistas podían obtener residuales a través de la sindicación televisiva o reestrenos, las plataformas actuales rara vez transparentan sus cifras. Netflix, Prime Video y otros gigantes del streaming limitan las oportunidades de reparto de ganancias, lo que ha contribuido a un clima de creciente precarización laboral, reflejado en las recientes huelgas de guionistas y actores en Hollywood.
Aunque algunos servicios de streaming estudian esquemas de pagos basados en el rendimiento de los contenidos, no está claro si estos realmente beneficiarán al talento o si, como la contabilidad creativa, terminarán siendo un nuevo mecanismo de control de costos disfrazado de incentivo.
¿Cómo afecta esta tendencia a la diversidad y creatividad en Hollywood?
Más allá de las pérdidas inmediatas, el modelo de “fracaso planificado” tiene consecuencias culturales profundas. Cuando los estudios diseñan estrategias donde el éxito creativo no es prioritario, sino que maximizan beneficios a través de ingeniería contable, el incentivo para apostar por propuestas arriesgadas, diversas o innovadoras se reduce dramáticamente. Se priorizan franquicias seguras, secuelas, reboots y productos derivados que garanticen mínimas sorpresas en la taquilla o permitan ser fácilmente cancelados si el panorama financiero lo exige.
La diversidad de voces, estilos y narrativas queda subordinada a consideraciones contables. Nuevos talentos encuentran mayores barreras para acceder a presupuestos significativos. Las historias que se alejan del molde estándar (aquellas que desafían, provocan o arriesgan) tienen menos posibilidades de llegar a la pantalla.
Así, en un círculo perverso, el ecosistema creativo se empobrece. Las grandes plataformas y estudios producen más contenido, pero con menos diversidad real de formas, géneros y perspectivas. Y el público, paradójicamente, termina recibiendo una oferta más monótona, predecible y controlada.

¿Es posible un cambio?
Aunque la contabilidad creativa de Hollywood es generalmente legal, su legitimidad ética y su impacto sobre la cultura están cada vez más en entredicho. Demandas recientes, mayor escrutinio mediático y las huelgas de guionistas y actores de 2023 muestran que hay una creciente conciencia sobre la necesidad de reformas.
Sin embargo, el cambio estructural dependerá de presiones conjuntas de múltiples frentes como sindicatos más fuertes, legislación fiscal más estricta, auditorías más independientes y, en última instancia, un público que también exija mayor transparencia y responsabilidad a las industrias del entretenimiento.
Por ahora, a más de medio siglo del estreno de The Producers, el mensaje de Mel Brooks sigue siendo dolorosamente vigente. En Hollywood, el fracaso es un negocio tan lucrativo como el éxito, siempre que se calcule correctamente en los libros contables.
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