Filmado a lo largo de cuatro años en los suburbios de Beirut, In the Shadow of Beirut es mucho más que un documental de denuncia. Es una inmersión profunda en las vidas de quienes habitan los márgenes, retratadas con una sensibilidad poco común. Stephen Gerard Kelly, su director, se instaló en la ciudad tras una decisión personal y fue recibido por una comunidad que terminó adoptándolo. En esta conversación, Kelly habla del poder del arte, de su responsabilidad como cineasta europeo y de por qué el futuro está (o debería estar) del lado de los niños.
¿Cómo nace tu relación con Beirut y cómo un director irlandés termina contando esta historia?
Yo me mudé al Líbano en 2015 porque mi pareja consiguió un trabajo allá. Al llegar, empecé a recorrer la ciudad en bicicleta y un día conocí a un joven vendedor en el mercado de Sabra, que me presentó a su madre. Ella, una mujer mayor y madre soltera, prácticamente me adoptó. Por años viví con ellos, aprendí su idioma, su cultura. Me cuidaron como a uno más. A partir de esa confianza, otras personas me empezaron a pedir que registrara bodas, celebraciones… y luego también momentos difíciles. Durante cuatro años grabé intensamente. La cámara se convirtió en mi herramienta para comprender y compartir sus historias.

¿Qué te llevó a tomar la decisión de convertir esas grabaciones en un documental?
Fue un proceso orgánico. Mi intención nunca fue “hacer una película sobre Beirut”, sino entender a las personas que conocí y que me permitieron entrar a sus vidas. Poco a poco, sentí que había algo valioso que debía compartirse. Como irlandés, como alguien que viene de una nación también marcada por la colonización, me sentí llamado a contar esta historia. He vivido en Sudán, en Congo, en Etiopía… y en todas partes he visto el mismo patrón: comunidades marginadas por estructuras de poder que extraen, oprimen y manipulan.
El documental tiene un eje muy fuerte en los niños. ¿Por qué decidiste centrarte en ellos?
Porque ellos son las víctimas más vulnerables de todo este sistema. Los niños no eligen dónde nacen, ni bajo qué políticas o estructuras. No tienen voz ni poder, pero son quienes más sufren. Durante el rodaje fui padre, y eso cambió mi forma de ver las cosas. Me hizo sentir aún más responsabilidad. In the Shadow of Beirut no busca señalar culpables individuales, sino denunciar un sistema global que permite —o peor aún, diseña— estas condiciones de vida inhumanas.
Hablábamos de que países como Líbano, Colombia o Irlanda han sido marcados por la triada de pobreza, corrupción y conflicto armado. ¿Compartes esa lectura?
Sí. Totalmente. Hay paralelos entre nuestras historias. Y como decías tú, André, el punto de encuentro más profundo está en la infancia robada. Niños que crecen sin haber sido realmente niños. Niños que cargan el peso de una adultez prematura. El documental es, en el fondo, un llamado a poner a los niños por delante de cualquier ideología, grupo o frontera.

¿Qué piensas sobre el conflicto Israel-Palestina a la luz de lo que has vivido en Beirut?
Mi película no es sobre Palestina, pero no se puede ignorar que el sufrimiento en Beirut tiene raíces en la geopolítica regional. El conflicto palestino-israelí no es una simple disputa entre dos pueblos. Es la consecuencia de una colonización estructural. El movimiento sionista —no el judaísmo, que debe ser protegido y respetado como cualquier otro grupo oprimido— construyó un Estado sobre principios éticamente podridos. Y eso ha tenido consecuencias devastadoras para los pueblos indígenas de la región. No se trata de elegir un bando, sino de denunciar las estructuras que oprimen a los más vulnerables.
En el documental hay escenas especialmente dolorosas: Niñas enfermas, matrimonios infantiles, trabajo forzado. ¿Qué mensaje esperas que quede en la audiencia?
No tengo la solución. Si la tuviera, o si alguien más la tuviera, ya se habría implementado. Pero creo en la empatía. Quiero que quien vea In the Shadow of Beirut no juzgue, sino que se pregunte: ¿y si yo hubiera nacido allí? ¿y si esa fuera mi hija? Si logramos ponernos en los zapatos del otro, podemos empezar a construir algo distinto. No podemos seguir viendo a las personas como estadísticas o como “el problema de otro”. Todos tenemos responsabilidad. Y todos compartimos este mundo.
¿Sientes que tu trabajo con la cámara es una forma de resistencia?
Sí. Como alguien que viene de Europa, de un país con economía estable, reconozco mi privilegio. Pero también siento la obligación de usar ese privilegio para algo útil. La cámara es mi herramienta. No es mucho, pero es lo que tengo para intentar crear puentes, para contar historias que de otro modo serían invisibles. El arte y el lenguaje, como tú decías, son lo que nos puede salvar. Nos pueden recordar que, antes que ciudadanos, partidos o bandos, somos seres humanos.