Menem se adentra en el caos político de la Argentina de los 90, usando la figura del presidente argentino, no solo como un retrato biográfico, sino como el centro de una crítica mordaz sobre la corrupción, el poder, el dinero y el espectáculo político. En su estructura, la miniserie resuena con otras producciones como la recordada serie House of Cards y las comedias políticas de Adam McKay The Big Short y Vice, donde la política se descompone en un ejercicio de manipulación y teatro mediático, pero con un toque único. Y es que la serie argentina busca ir más allá de la biografía para capturar la esencia de una época tan visualmente marcada por la estética de la velocidad, el exceso y el simulacro, y en ese sentido nos recuerda lo que hizo el chileno Pablo Larraín con los turbulentos años 80 en su obra maestra del cine político y mediático conocida como No.
Al igual que en los biopics políticos Nixon de Oliver Stone y The Iron Lady de Phyllida Lloyd, Menem presenta la figura del político no solo desde sus decisiones públicas, sino a través de las luchas internas y las tensiones que lo rodean. A lo largo de sus seis episodios, la miniserie utiliza un estilo visual frenético y un ritmo acelerado, que recuerda al JFK de Stone pero con un enfoque más estético y estilizado y menos oscuro y paranoico. El director Ariel Winograd (El robo del siglo) junto a Fernando Alcalde (quien codirigió los episodios 4 y 6), logran capturar la tensión del poder político no solo enfocándose en las hazañas de Menem, sino también en los entornos que lo moldearon. Así, la miniserie convierte a la figura del expresidente en un símbolo de un sistema más grande, un juego de apariencias donde todo, desde la política hasta la vida personal, se convierte en espectáculo.
La premisa de Menem sigue la historia de su ascenso desde su campaña presidencial en la década de los 80 hasta su consolidación como el hombre más poderoso de Argentina, todo enmarcado dentro de la dinámica de un sistema político cada vez más marcado por el espectáculo. Como en la cinta The Ides Of March de George Clooney, la política se presenta como un juego de movimientos calculados, donde el poder no se ejerce solo a través de las decisiones políticas, sino a través del control de la narrativa pública. La serie, con su estética vibrante y su ritmo vertiginoso, aprovecha los recursos estilísticos, la disonancia entre la gravedad de los eventos y la ligereza con la que se presentan, creando una atmósfera que descompone el cinismo inherente al sistema político. Las secuencias de flashbacks y la mezcla de imágenes de archivo con recreaciones actúan como una máquina de distorsión, reflejando la forma en que Menem, al igual que otros líderes de la política mundial, construyó una realidad paralela.
Leonardo Sbaraglia (Relatos salvajes) es el pilar de la serie, logrando una interpretación compleja de Menem que va más allá de la mera imitación. En lugar de simplemente reproducir los gestos del expresidente, Sbaraglia encarna a un Menem cuya habilidad para seducir, manipular y representar a sí mismo como una figura carismática se convierte en el corazón de la serie. Su Menem no está marcado por la ideología, sino por el poder de la imagen, el carisma y la representación del poder como espectáculo. Es una figura trágica que representa la política no solo como un proceso de toma de decisiones, sino como una maquinaria en la que cada movimiento está pensado para ganar seguidores y asegurar la permanencia en el poder.
También te puede interesar: Mariano Varela habla sobre el proceso creativo detrás de Menem – Hollywood Reporter
Griselda Siciliani (Bardo), en el papel de Zulema Yoma, se aleja de la tradicional esposa relegada a un papel secundario y se presenta como una figura incómoda y visceral que desafía al poder desde su propia verdad. Siciliani no busca imitar a la mujer detrás de Menem, sino recrearla en toda su complejidad, y lo logra a través de un personaje cargado de contradicciones, dolor y deseo de justicia. Zulema no se conforma con ser un accesorio en la historia de su esposo, sino que se convierte en un catalizador de la narrativa, en el personaje que expone las grietas del sistema y la farsa que rodea al poder junto con Olegario Salas, el fotógrafo ficticio de Menem.
Este personaje, encarnado por Juan Minujín (The Two Popes), aporta una perspectiva moral distante y crítica. Como el personaje de Norman McKay en Kingdom Come (la deconstrucción de Alex Ross del universo DC) o Phil Sheldon (el fotógrafo creado por Ross para ser testigo de la historia de los superhéroes en Marvels), Salas funciona como un narrador incómodo, un hombre que no tiene más opción que involucrarse en los engranajes del poder, pero cuya mirada disidente y desencantada nos permite cuestionar lo que estamos viendo. Como observador, se convierte en el contrapunto necesario frente al espectáculo de Menem, su entorno y sus juegos de poder. La dinámica entre Salas y la familia presidencial refleja la tensión entre el idealismo y el pragmatismo y entre la crítica y la complicidad, que caracteriza la política de la época (y bien podríamos decir, la actual).
Menem es una miniserie que no solo cuenta la historia de un expresidente, sino que se convierte en una crítica feroz de la política latinoamericana y de los mecanismos políticos y mediáticos que configuran nuestras realidades. A través de un elenco destacado y una estética visual que recuerda a los grandes thrillers y las sátiras políticas, la miniserie descompone las estructuras de poder, cuestionando no solo los métodos de un hombre, sino los de todo un sistema maquiavélico donde el fin justifica los medios.