El prolífico subgénero hollywoodense de las comedias de intercambio de cuerpos, ya llevaba tiempo existiendo cuando Jamie Lee Curtis y Lindsay Lohan protagonizaron el sorpresivo éxito: Un viernes de locos. Heaven Can Wait, All of Me, Big y el gusto culposo de Blake Edwards, Switch —sí, es mala, pero nada puede estar mal con Ellen Barkin y JoBeth Williams— son algunos ejemplos. También hubo, entre otras, una versión de Un viernes de locos en 1976, cuyo guion deslucido y dirección burda fueron, en parte, redimidos por la irresistible dupla de Jodie Foster y Barbara Harris.
En 2003, el remake de Mark Waters elevó el nivel con diálogos chispeantes (cortesía de los guionistas Heather Hach y Leslie Dixon), comedia física energética y protagonistas con una química notable. Sigue siendo, sin duda, la mejor adaptación en pantalla de la novela clásica infantil de Mary Rodgers, publicada en 1972.
Otro viernes de locos
VEREDICTO FINAL: ¿Esto hace inevitable Otro viernes de locos?
Fecha de estreno: Viernes, 8 de agosto
Elenco: Jamie Lee Curtis, Lindsay Lohan, Julia Butters, Sophia Hammons, Manny Jacinto, Maitreyi Ramakrishnan, Rosalind Chao, Chad Michael Murray, Mark Harmon
Director: Nisha Ganatra
Guionista: Jordan Weiss; historia de Elyse Hollander y Weiss, basada en el libro Freaky Friday de Mary Rodgers.
Clasificación: PG, 1 hora y 51 minutos
Lamentablemente, no hay nada que de tanta risa en Otro viernes de locos, como cuando Anna Coleman —la adolescente grunge interpretada por Lohan— despierta en el cuerpo de Tess (Curtis), su controladora madre psicoterapeuta, y grita horrorizada frente al espejo: “¡Parezco una momia!”.
Ahora, luego de 22 años e innumerables comedias de intercambio de cuerpos, la “freakuela” (culpen a Disney por el término, no a mí) reemplaza la suavidad y el encanto de la primera versión, por un caos manufacturado que se siente más rígido y agresivo. De hecho, tu nivel de tolerancia dependerá de cuánto soportes los niveles de locura y excentricidad de Curtis, en una actuación tan maníaca y estridente, que hace que Donna, su personaje en El Oso, parezca tímida.
El choque intergeneracional y la fricción madre-hija que alimentaron las risas en Un viernes de locos se diluyen en el guion de Jordan Weiss (Dollface, de Hulu), quien se apega bastante a la fórmula original, pero duplica las travesuras del intercambio de cuerpos. Eso dispersa demasiado la premisa cómica, a tal punto, que empiezas a olvidar quién es quién o, simplemente, te deja de importar.
Así como el conflicto de la película de 2003 explotó por el resentimiento de la adolescente rebelde, quien sentía que Tess estaba planeando reemplazar a su difunto esposo al casarse con Ryan (Mark Harmon), la secuela gira en torno a otra amenaza que afectará la dinámica familiar.
Esta vez se trata de Anna, una madre soltera, cuyo matrimonio con Eric (Manny Jacinto), un restaurantero británico viudo, se avecina tras un fugaz noviazgo de seis meses. Harper (Julia Butters), la huraña hija de 15 años de Anna, se opone rotundamente a la posibilidad de mudarse a Londres. Lily (Sophia Hammons), la hija de Eric, también de 15 años, se resiste a la idea de quedarse en Los Ángeles, en lugar de regresar a Inglaterra para entrar a la escuela de moda. Naturalmente, las dos adolescentes se odian, lo que las lleva a una pelea de comida durante una venta escolar de pasteles, al puro estilo de Disney Channel.
Aunque Rosalind Chao y Lucille Soong figuran entre los nombres que regresan al cast de Otro viernes de locos, sus personajes tienen muy poca participación, pero al menos los realizadores acertaron sabiamente, al alejarse de la “maldición asiática” de la galleta de la fortuna.
En lugar de eso, Anna y Tess, y después Harper y Lily, llegan a la mesa de Madame Jen (Vanessa Bayer, trabajando mucho por poca paga), una psíquica de sótano, quien se sorprende hasta a ella misma al intuir que las líneas de vida de las Coleman más grandes ya se han cruzado en el pasado. Sin siquiera saber de dónde viene ese mantra, Madame Jen les dice a las adolescentes: “El sentir de algunos debes cambiar, para regresar a donde debes estar”.
Cualquiera que haya visto la primera película reconocerá el temblor que experimentan las cuatro mujeres al escuchar el augurio. A media noche, Anna y Tess se descubren en los cuerpos de Harper y Lily, respectivamente, y viceversa. Esto provoca pánico y confusión, además de una gran alteración en los planes de la boda. A medida que experimentan la vida a través de otros ojos, descubren, eventualmente, la empatía y un terreno común que antes era desconocido.
Un problema aquí es que la Anna adulta y la Tess de mediana edad son mucho menos divertidas que sus jóvenes contrapartes, sin importar quién está habitando sus cuerpos. Hay algo de placer al ver a Lohan regresar a uno de sus roles más queridos (junto con Chicas Pesadas y Juego de Gemelas); pero hacer de Anna una manager musical que trata de evitar que su desconsolada clienta Ella (Maitreyi Ramakrishnan) colapse por un corazón roto, justo antes de su gran concierto en el teatro Wiltern, es simplemente una laboriosa forma de incluir a su antigua banda, Pink Slip, en un concierto que propicia un clímax llamativo.
Ganatra y Weiss hacen que todo se sienta un tanto mecánico, en lugar de una espiral creciente de locura, y muchas escenas parecen material adicional que, en realidad, no aporta nada a la historia. Esto incluye a Anna experimentando la pasión de Harper por el surf; a Tess manejando descuidadamente un carro deportivo prestado por Los Ángeles; a Lily reemplazando a Tess en un feroz partido de raqueta; o a Harper improvisando en una entrevista de migración, para demostrar la legitimidad de los planes de matrimonio entre Anna y Eric.
Esta última escena introduce una situación cómica que provoca bastante pena ajena, cuando la oficial de migración (Santina Muha), recién salida de una ruptura amorosa, llora con la canción ‘Tubthumping.’, de Chumbawamba. Y sí, “pissing the night away” es una frase que se te puede venir a la mente al ver esto.
El punto más bajo es la sesión de fotos de Ella para Rolling Stone —¿Qué clase de estrella pop se fotografía vestida de una fresa gigante o un pastel de cumpleaños? Ah, cierto, Katy Perry— cuyo guardarropa es saqueado por Anna/Harper y Tess/Lily, cuando irrumpen en su vestidor para buscar nuevos atuendos que vayan acorde a sus nuevos yo.
La comedia se vuelve todavía más débil cuando empieza a depender de vestimentas horrendas para provocar risas. Lily, chica, si tu gusto te lleva a usar esa monstruosidad de mezclilla, necesitarás suerte para entrar a la escuela de moda. Pero no te preocupes, más adelante, la diseñadora de vestuario, Natalie O’Brien, le pone a Curtis un vestido rosa chillón que casi hace que el conjunto anterior se vea perdonable.
La película es, quizás, lo suficientemente ruidosa, colorida, alocada, excéntrica y recargada, como para disimular la desesperación de un guion que muestra poca imaginación al explorar los desafíos psicológicos de tres generaciones distintas que intentan comprenderse entre sí.
Butter (la pequeña actriz de método dentro del set de Tarantino en Había una vez en Hollywood, ahora ya crecida) y Hammons resultan encantadoras, en parte, porque no están regresando a roles de hace décadas, sino forjando sus propios personajes. Ambas, logran exprimir algo de jugo a la incongruencia de ver a adolescentes que se enfrentan, de repente, a responsabilidades de adultos.
Jacinto también aporta calidez y un toque de simpatía a su rol como el prometido ideal. Si Ryan, el personaje de Harmon, parecía un tanto insípido en Un viernes de locos, aquí es tan efímero que se te olvida que existe.
Disney no es precisamente nueva en el negocio de la nostalgia calculada, pero la manera en la que esta película forzó el regreso de Jake, interpretado por Chad Michael Murray —a pesar de que no tiene ningún sentido argumental volver a incluir al antiguo amor de secundaria de Anna— resulta particularmente descarada. Su función principal es redescubrir su pasión por Tess, en escenas que me hicieron apartar la vista por la vergüenza.
Naturalmente, alguien va a decir alguna frase trillada como “La familia lo es todo” al final, cuando todas esas diferencias que mantienen a los personajes enfrentados se disuelven y parece posible una fusión entre ambas familias. Creo que habría preferido un remake, escena por escena, a esta dolorosa explotación comercial.