Jennifer Arenas llegó al 2025 con casi dos décadas de una trayectoria como actriz detrás, un camino que empezó, literalmente, en una sala de cine. De niña podía entrar gratis a cualquier función porque algunos de sus parientes trabajaban como administradores en Cine Colombia, una reconocida cadena nacional. “Siempre llegaba a mi casa a hacer los personajes que veía en las películas que me gustaban”, recuerda, sin saber que ese sería el inicio de todo.
Una vez en Bogotá, decidió estudiar actuación y continuar, de alguna manera, con ese juego de infancia que tanto le apasionaba. “En ese momento no tenía una visión tan 360 de lo que es la actuación. Esto incluye no solamente mi parte, sino la parte de producción, la industria, la estrategia”, reconoce. Dos décadas después, con experiencia en Colombia y Estados Unidos, su perspectiva es otra. “Me atrevo a decir que estoy 100% conectada con la actuación desde la vocación. Los últimos años viviendo en Estados Unidos me ayudaron a entender que la vida me entregó la actuación porque es un lenguaje en el cual yo puedo expresar las etapas de la vida, tanto personales como las situaciones de la sociedad en general”.
Para Arenas, la actuación dejó hace tiempo de ser sólo un oficio. Se convirtió en una forma de leer el mundo, reflejando lo que la sociedad calla. Así es como ve su rol en cada narrativa, pues más allá de interpretar personajes, intenta acercarse a heridas tanto colectivas como personales para darles voz. “Nos encargamos de mirar la herida social y la herida personal. Y desde ahí es que trabajamos”, dice, convencida de que la ficción tiene un poder que otras disciplinas no alcanzan. Ese poder, explica, le ha permitido entender la actuación como su primer lenguaje, un idioma que va más allá de los diálogos de un guión. “En este momento la actuación para mí es mi primer lenguaje de comunicación, de expresión y también viene siendo una revolución”, afirma.
Con esto en mente, a la actriz colombiana le empezaba a quedar un poco chica su rol frente a la cámara. Aquí es cuando la producción entra en escena durante su paso por la Escuela Nacional de Cine de Colombia con El lado oscuro, el cortometraje de Daniel Arango de 2015. “Fue una producción bien grande para ser mi primer cortometraje. Teníamos todos los departamentos”, dice. El rodaje fue nocturno, de seis de la tarde a seis de la mañana, un ritmo que desestabiliza a cualquiera. Entre camiones que no llegaban, baños cerrados a las tres de la mañana y la atmósfera pesada que a veces flotaba entre los actores, Arenas se enfrentó a la parte menos romántica del cine. “La vida soñada, como se dice, se paga en el querer hacer todo. Ahorita en este momento estoy dividiéndolo por etapas, porque si no, te enloqueces”.
Así se dio cuenta que la producción exige tanto rigor como la actuación. Y si algo quedó claro para ella desde entonces, es que producir le permite abrir espacio a las historias que considera urgentes. No necesariamente aquellas que lucen perfectas en pantalla. “Yo creo que es importante comenzar a contar historias también de esos lugares que no se ven tan bonitos fotográficamente. Hay historias que también suceden en lugares que no se ven tan lindos como en una montaña, que no se ven tan lindos en un atardecer. Enfocarnos más en esa psicología que tenemos en Latinoamérica”, comenta.
Incluso, afirma que cada película hecha en la región, es política, aunque no lo pretenda. “Es un grito de una necesidad de mirar situaciones que tenemos que empezar a tocar, de heridas que no se han sanado, de silencios que no se han gritado”. En su caso, las inquietudes apuntan a las relaciones humanas, a lo que se hereda desde la infancia y moldea la vida adulta. Lo resume en un argumento incómodo pero certero: muchas de las decisiones, y no decisiones, en América Latina pasan por la falta de oportunidades educativas.
Esa carencia contrasta con el talento que observa en los equipos con los que ha trabajado fuera del país. “Yo como persona, que he sido migrante, me doy cuenta de la calidad del trabajo de los latinoamericanos. Pero siento que muchas veces nos explotan por la falta de educación, de entendimiento, de ver el mundo desde todas sus partes”. Este discurso se entrelaza con una crítica al molde que durante años ha dictado qué historias merecen contarse y cuáles no. Las referencias a producciones extranjeras, sobre todo norteamericanas, pesan todavía demasiado en el imaginario colectivo. “Sí hay que volver un poco a nuestras raíces, volver un poco a mostrar lo que realmente somos. Historias que quizá nosotros mismos como latinoamericanos ni siquiera hemos tomado en cuenta”.
Para Arenas, la verdadera inclusión implica abrir el espectro y dar espacio a narrativas de todas las clases sociales, incluso aquellas que no encajan en la postal turística de Colombia. “Hay muchísimas historias por contar, de todas las clases sociales, que eso es algo que también siento que no se toca mucho. A veces solamente nos quedamos con una sola parte de la sociedad cuando somos muchas cosas”, afirma. “En la magia del cine tenemos la capacidad de generar esas emociones y de representar esa realidad desde un buen lente, desde una buena narrativa, desde un buen guión y, por supuesto, con unas buenas actuaciones”.
Con los años ha aprendido a mirar la dirección con otros ojos. Entiende ahora la obsesión por la voz, por la coherencia entre quién cuenta y quién representa una historia. Y aunque reconoce que mostrar un país distinto al de los atardeceres de postal puede incomodar, para ella ahí está el verdadero valor. Historias que se centren menos en la superficie y más en lo que permanece callado.

Si El lado oscuro fue el entrenamiento, Legal terminó siendo la prueba mayor. En este largometraje, Arenas no solo interpretó a Lía, la protagonista, también cargó con la responsabilidad de la producción. Y aunque insiste en que la historia no es autobiográfica, reconoce que el guión coincide con muchas de sus experiencias. “Yo pensaba: si me voy a Estados Unidos con ahorros y de manera legal, mi historia va a ser otra. Cuando te das cuenta que Estados Unidos te cobra un piso. Claro, a algunos les irá mejor que a otros, pero como a todos, migrar es un reto y dentro de eso se te empieza a desdibujar un poco la identidad que tú traías. Fue lo que me pasó a mí”.
La película, también dirigida por Daniel Arango, fue el espacio donde descubrió el valor de trabajar en equipo. En medio de los ajustes y el caos que acompañan a cualquier rodaje independiente, encontró aliados que empatizaron con las exigencias de sus roles. “Es de las cosas más lindas que me deja este proyecto. Darme cuenta que sí se puede trabajar en equipo. Vuelvo a resaltar el tema de la humanidad, que es tan necesario en este momento, y es dejar de concebirnos desde la división y empezar a trabajar como unidad”. Lo complejo estuvo en sostener ambas funciones, actriz y productora, sin que una contaminara a la otra. “Lo difícil aquí actoralmente fue desprenderme de lo que está pasando mientras yo estoy actuando”.
En pantalla, Lía encarna la experiencia de una mujer que decide migrar y se enfrenta a la pregunta incómoda de hasta dónde se puede sacrificar la felicidad personal. Arenas reconoce que el personaje absorbió parte de su propia historia. “Yo me aferré también a eso, abracé ciertas experiencias que me sucedieron como migrante y como artista en Estados Unidos. Aunque yo soy muy cuidadosa porque no tomo decisiones a la ligera… Lía tiene de mí muchas cosas: la perseverancia, la radicalidad, las ganas de seguir adelante, la resiliencia”.
Legal llega en un momento en que la migración ocupa titulares y despierta tensiones políticas en varias partes del mundo. Y esto hace que el estreno del filme sea oportuno. “Estamos en un momento delicado general como humanidad. Sabemos que sucede este tema de la migración en Europa, en Medio Oriente. Estamos en un caos como humanidad, y creo que llega en un momento a tocar corazones. Legal es una película que invita a ser más compasivos con el otro”, explica.
Su posición sobre la situación actual en Estados Unidos es crítica y reconoce que, quizá, hay cosas que se podrían hacer de diferente manera. “Lastimosamente siento que lo que está pasando con Estados Unidos es muy grave. Falta de humanidad, exceso de ambición, exceso de ganas de poder”. Habla desde la experiencia, pues haber vivido el proceso migratorio le enseñó que detrás de cada viaje hay razones complejas que rara vez se ven desde afuera. “A veces juzgamos un montón, no entendía la gente por qué se iba hasta que fui yo. Tú no sabes por qué se están yendo, no sabemos las tristezas, la falta de dinero y de oportunidades que impulsan estas acciones”, señala, sin antes dejar en claro que rechaza a quienes migran para delinquir.
Entre otros proyectos, Arenas acaba de terminar Killer Martini, una coproducción entre México y Honduras. Se trata de un thriller político centrado en la figura de Jackie Kennedy, visto desde una perspectiva inesperada. Su personaje, Isa, llega a la mansión de la exprimera dama gracias a un trabajo ofrecido por su tía, pero en realidad está huyendo de un pasado turbio en Miami. “Ella se encuentra con la vida de Jackie Kennedy, tiene cercanías con ella y la conmueve mucho este tipo de mujer, siendo de clases opuestas”, comenta. “Es la empleada de Jackie Kennedy prácticamente, y se encuentra, a través del guión y de la historia, que ambas mujeres han tenido muchos silencios durante toda la vida”.
Este personaje la obligó a preguntarse qué cosas mantenía en silencio, qué facetas de sí misma reprimía para no incomodar. En el set compartió escena principalmente con Ana Wills, y el resto del elenco masculino llevó la conversación hacia otro lugar poco explorado como lo son las heridas masculinas. “Me di cuenta que también existía el abuso en lo masculino, algo que me invitó a bajar la guardia como mujer, y a empezar a mirarnos a los ojos unos con otros, porque esto se volvió, en algún momento, una guerra de sexos”.

Aunque no ahonda mucho en el estado de sus proyectos en paralelo, anticipa que los próximos meses la mantendrán en Colombia, donde prepara el estreno de Legal en el marco del Latam Film Market, dentro de una muestra dedicada al cine femenino. El proyecto, cuenta, es también una oportunidad para reforzar el papel de la mujer en la industria local. Entre audiciones y nuevos proyectos, se alista además para comenzar su primer diplomado en Producción Cinematográfica. “Estoy en toda la parte de equipo, encontrando nuevas oportunidades para visibilizar el trabajo de la mujer dentro del cine colombiano y latinoamericano”.
Volver a Colombia con un proyecto gestado afuera es, para ella, una forma de retribuir. “Esto invita a las personas a soñar. No solamente migramos de un país a otro, también están las personas que van de su pueblo a la ciudad o de la ciudad al pueblo. Cada vez que nosotros hacemos un cambio, incluso de una casa a otra en el mismo barrio, algo muere en ti. Pero algo también está renaciendo”.
Más allá de los aplausos o los festivales, insiste en que lo más importante de su profesión está en escuchar las historias y darles espacio. “Es una invitación a mirarnos como humanos, a sensibilizarnos, a tratarnos suave, a juzgar menos. Hablamos siempre de los migrantes hasta que te toca vivirlo. Tratarnos con más tolerancia y escucharnos. Ese es uno de los grandes motivos por los que tomé la decisión de ser productora, de sentarme a escuchar las historias de otros que tenemos por contar. El cine no es para que nos aplaudan. Si bien los festivales son importantes, no podemos olvidar la historia que nos están contando”.