Presentado por Vidanta (@vidanta) con el apoyo de Los Cabos (visitloscabos_mx)
Han pasado 20 años desde que Natalia Jerez empezó a construir su camino como actriz en la televisión colombiana. Desde entonces, ha encarnado personajes que van del drama visceral a la comedia cotidiana, siempre con una intensidad que rebasa la pantalla. Su legado no se mide solo en roles memorables, sino en la forma en que ha sostenido una carrera fiel a sus principios: la verdad, la profundidad emocional y una autenticidad que no se negocia.
En un país donde la fama suele confundirse con escándalo y la visibilidad con ruido, Natalia Jerez ha construido su carrera como se levanta una casa firme: ladrillo por ladrillo, sin saltos vacíos, sin atajos. Es una actriz que no necesita gritar para hacerse notar. Su presencia en pantalla, precisa, silenciosa y elegante, habla por sí sola.

Nacida en Bogotá en 1983, Jerez estudió Comunicación Social en la Universidad de La Sabana. Pero su destino estaba claro desde mucho antes: el arte, la cámara y la construcción emocional de los personajes. Su primera experiencia fue como presentadora de Mucha Música, un programa juvenil que la expuso al ritmo televisivo en vivo, pero también le permitió afinar la naturalidad con la que hoy aborda cada proyecto. Poco después, pasó un tiempo en Australia, donde vivió lejos de los reflectores, aprendió inglés y trabajó en oficios que nada tenían que ver con la actuación. Ese anonimato temporal sería clave. Allí aprendió a moverse en el mundo sin que todo tenga que girar en torno a un set.
Su debut como actriz llegó en 2005 con la telenovela Juegos Prohibidos como Luisa Mattos, pero lo que la distingue no es la cantidad de créditos sino la evolución dentro de ellos. Jerez no es una actriz que repita fórmulas. En Rosario Tijeras encarnó a Paula Restrepo, un personaje urbano y extremo; en La Bruja, como Claudia Mejía, abrazó el realismo mágico colombiano con tonos históricos; en Sinú, río de pasiones, cargó con el protagónico exigente de Lina María Henao en una narrativa de amor y conflicto clásico. Su más reciente trabajo como Mafe en Manes, serie de Prime Video, marca un cambio generacional. Una comedia ácida de ritmo digital y guion que refleja una Colombia contemporánea, más plural y urbana. Jerez no solo está cómoda en ese lenguaje, sino que le da matices. Es una intérprete que entiende cómo hablarle a cada época sin forzarse a ser lo que no es.
Detrás de cámaras, su vida ha tenido las características de una novela bien escrita que ella se muestra renuente de protagonizar. Su entorno afectivo ha llamado la atención mediática, pero Jerez ha optado por un modelo diferente al de muchas celebridades. Y es que no explota su intimidad, no se victimiza ni se sobreactúa. Habla de lo justo, comparte lo necesario y nunca utiliza su vida personal como estrategia de posicionamiento.

Quizás por eso ha podido sostener algo más importante que la fama: el respeto. En 2025, hizo público que tuvo que someterse a dos cirugías importantes. No dio detalles, pero sí usó sus redes para hablar sobre los tiempos del cuerpo, la vulnerabilidad y la necesidad de no romantizar el dolor. Es, en ese sentido, una figura atípica. Una profesional sin arrogancia, emocional sin exhibicionismo y cercana sin forzar simpatía. Natalia Jerez no pretende gustar a todos. Prefiere ser honesta.
Más allá de la actuación, ha prestado su voz a causas sociales. Como Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF Colombia, ha trabajado en campañas vinculadas a la infancia, la educación y la salud, sumando una dimensión ética a su imagen pública. No es activismo de post. Es un compromiso que ha sostenido con acciones reales y colaboraciones con impacto.
Hoy, en un panorama donde las actrices se ven empujadas a construir marcas más que trayectorias, Natalia Jerez sigue apostando por algo más esencial: el oficio. A cada personaje le da profundidad, contención y ritmo interno. Tiene el tipo de talento que no necesita explicación. El que simplemente se impone.
Su carrera no está hecha de momentos virales ni de titulares ruidosos. Está hecha de elecciones, coherencia y una forma de estar en el mundo donde lo importante no es brillar fugazmente, sino permanecer con integridad. En tiempos de urgencia y saturación, Natalia Jerez es una actriz que recuerda algo fundamental: que el verdadero arte no grita sino respira.
En esta entrevista, Jerez habla de lo que la ha confrontado, de lo que la ha transformado, y de lo que viene.

¿Cuál ha sido el papel que más te ha confrontado contigo misma y qué descubriste de ti interpretándolo?
Sin duda, Julieta León Jaramillo en El Capo. Ese personaje no solo me confrontó. Me marcó profundamente. Me llevó a lugares duros, a profundidades de mi ser que no había explorado. Me hizo entender que los seres humanos somos infinitos, hacia dentro y hacia afuera.
Julieta no fue un personaje fugaz. La interpreté durante muchos años y eso permitió un desarrollo emocional poco común. Crecimos juntas, como actriz y como ser humano. Su historia está cargada de drama, es la columna emocional de toda la trama. Me obligó a tocar zonas muy oscuras de mi alma. Pero también me enseñó que uno cambia, y a través de ese cambio, la forma de interpretar también evoluciona. Esa experiencia me transformó profundamente.
Pensando en tu labor como actriz, el eterno dilema: ¿Cómo equilibras la fidelidad al guion con tu necesidad de aportar tu voz personal a un personaje?
Actuar es una interpretación. Eso implica un punto de vista. Uno no está solo en escena, está en comunión con el guionista, el director, los compañeros. Por eso existen las lecturas, los ensayos, los castings. Es ahí donde se define el tono, el enfoque, el espíritu del personaje dentro de la historia.
Aportar la voz propia no es imponer, es construir en conjunto. Es como una orquesta: cada uno toca su instrumento, pero todos siguen la misma melodía. Se trata de acuerdos, de dejar el ego fuera y entender qué se quiere contar, y desde dónde puedes aportar para enriquecer esa historia.

¿Qué significa para ti construir una carrera con autenticidad, con verdad, con honestidad?
Este año cumplo 20 años en el oficio. Con el tiempo he entendido que uno no es solo su profesión. Durante mucho tiempo me identifiqué exclusivamente como “Natalia la actriz”. Pero cuando nació mi hija, entendí que soy muchas cosas. Y eso también me conectó con la autenticidad. No somos una sola etiqueta.
Contar historias desde la verdad es posible solo si uno está conectado con su propia vida, con lo que vive, con lo que siente. Esa verdad es la que uno lleva a los personajes. Ser honesto contigo mismo es lo que te permite ser honesto en pantalla.
Como madre y actriz, ¿qué tan consciente eres de la responsabilidad que tiene tu oficio al moldear la percepción del público sobre ciertas realidades?
Esa conciencia siempre ha estado, pero con mi hija se hizo más tangible. Somos espejos de la sociedad. No se trata de decir qué es bueno o malo, sino de mostrar lo que somos: lo bello, lo oscuro, lo difícil.
A mi hija, que tiene 7 años, no le muestro todo lo que hago porque hay edades para cada cosa. Pero sí quiero que entienda que lo que hago es mostrar la realidad, no glorificarla. Si interpreto un personaje en una historia de narcotráfico, no es porque quiera que se imite, sino porque esa es una realidad que existe. Y a través del arte, mostramos fragmentos de lo que somos como humanidad.

¿Cómo manejas la vulnerabilidad que tu trabajo exige y cómo te proteges emocionalmente después de un personaje intenso?
Preparándome. Ese es el punto de partida. Este oficio tiene una carga emocional fuerte, pero también técnica. Y parte de esa técnica consiste en aprender a tomar distancia.
Cuando uno comienza, quiere hacerlo todo, acepta cada proyecto y a veces incluso trabaja en dos personajes al tiempo. Yo también lo hice. Pero con los años y con la maternidad entendí que hay que saber decir no. Que descansar también es parte del trabajo.
Hoy hago pausas, recargo mi energía en mi vida personal, en mi familia, en mis amistades. Eso me permite entrar y salir de los personajes sin quedarme atrapada en ellos. Esas pausas también son una forma de protegerme.
¿Has sentido que tu trabajo ha tenido un impacto más allá de la pantalla?
Sí. Cuando uno está al aire, el público está mucho más conectado y es ahí cuando te lo hacen sentir. Algunos personajes han tenido un eco social muy grande, como Julieta en El Capo, por la carga emocional, por lo crudo de su historia.
Otros, como el de Manes, han sido espejo de la cotidianidad, del día a día. La gente me decía: “Esa soy yo en mi grupo de amigos”. Y eso también es impactar. Hacer reír, hacer sentir, hacer pensar.
También soy embajadora de buena voluntad de UNICEF desde hace más de 10 años. Y eso me permite tener una voz fuera de la pantalla, conectada con niñas, niños y adolescentes en Colombia. Eso también es parte del impacto que quiero dejar.

¿Cuáles son tus grandes referentes como actriz?
Admiro a muchas mujeres desde diferentes frentes. Desde lo actoral, Emma Thompson y Tilda Swinton me parecen extraordinarias. Natalie Portman también: su inteligencia, su preparación, su voz.
Desde otro lugar, mujeres como Meryl Streep, por el impacto icónico y social que tuvo, o Angelina Jolie, que combina su carrera con un activismo poderoso. Me inspira esa coherencia entre el talento y el compromiso.
¿Y esas películas que siempre están rondando tu mente?
Mi género favorito es la ciencia ficción. Me encantan Avatar, Blade Runner, Brazil, Star Wars, las películas de Spielberg, de James Cameron, y más recientemente de Christopher Nolan como Interestelar o Inception. Ese género me conecta con lo infinito, con las grandes preguntas.
¿Qué has aprendido de este oficio, que muchas veces es ingrato o incierto?
Que tiene que apasionarte profundamente. No puedes hacer esto por reconocimiento, porque no siempre llega. Tienes que amar observar al ser humano, tener una sensibilidad muy particular, casi antropológica. Y entender que los personajes no solo los entregas, también te transforman.
He aprendido que uno entra en una historia siendo una persona y sale siendo otra. Que este trabajo va más allá del éxito o del fracaso: te enseña, te transforma, te obliga a crecer. Por eso sigo aquí.

¿Cómo ha cambiado tu relación con el éxito y el fracaso con el tiempo?
Hoy en día el éxito para mí es tener tiempo. Tener equilibrio. Poder trabajar en lo que amo, pero también tener espacio para crecer como ser humano, para ser madre, para vivir.
Ya no mido mi carrera por premios o reconocimiento. Eso puede ser parte de, pero no lo es todo. Hoy entiendo que el éxito es la coherencia entre lo que pienso, siento y hago.
¿Cómo te imaginas el futuro de tu carrera?
Quiero dejarme sorprender. Siempre fui estructurada, de metas claras. Pero ahora quiero fluir un poco más. Me gustaría trabajar con nuevos directores, explorar otros géneros, hacer ciencia ficción.
También quiero actuar con personas de otros países, de otras culturas. La globalización y las plataformas lo permiten. Siento que vienen cosas nuevas y emocionantes.
¿Qué mensaje te gustaría dejarles a las nuevas generaciones de actores y actrices?
Que se preparen. Este oficio requiere compromiso, sensibilidad y respeto por el ser humano. No es superficial. Que no se dejen atrapar por lo rápido, lo banal, lo inmediato. Que entiendan que su superpoder es ser ellos mismos.
Y eso es lo que también quiero enseñarle a mi hija. Le digo: “Ser tú es tu gran superpoder”. En un mundo donde todos quieren parecerse a todos, la autenticidad es una forma de resistencia. Y desde ahí, podemos contar historias que realmente importan.
Créditos:
Fotos por Mario Álzate
Producción Ejecutiva por Diego Ortiz
Producción Bibiana Quintana
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