Durante los temerosos y solitarios días de la pandemia, la serie española Veneno —la biografía de una famosa cantante trans— llegó a Estados Unidos y reconfortó a quienes se encontraron con ella. La serie fue creada por Javier Ambrossi y Javier Calvo, un dúo creativo (y expareja) conocido en su país como Los Javis. Su estilo es vibrante y sentimental, pero no teme a la oscuridad ni a los matices más ásperos. En cierto modo, son herederos de Pedro Almodóvar, igualmente fascinados por la memoria y el melodrama, aunque con una identidad propia, ofreciendo algo refrescantemente juvenil y decididamente suyo. Ese oficio en evolución se despliega con abundancia en su nueva película: La bola negra, una épica gay estructurada como un tríptico que atraviesa décadas y se entrelaza con uno de los períodos más sombríos de la historia moderna en España.
La bola negra comienza en 1937, cuando un pueblo rural, leal a los rebeldes nacionalistas, celebra la llegada de sus aliados italianos. Solo que, cuando los aviones sobrevuelan el lugar, ametrallan a los habitantes y lanzan bombas sobre los edificios. Muchos mueren, pero un joven llamado Sebastián (el cantante Guitarricadelafuente, en un prometedor debut actoral) logra ponerse a salvo, aunque termina siendo reclutado por el ejército fascista.
Veredicto final
Una deslumbrante mezcla de sensibilidad pop contemporánea y cine clásico.
Lugar de estreno: Festival de Cannes (Selección Oficial)
Elenco: Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Milos Quifes, Lola Dueñas, Penélope Cruz, Glenn Close, Julio Torres
Director y guionista: Javier Ambrossi, Javier Calvo
Guionistas: Javier Calvo, Javier Ambrossi y Alberto Conejero, a partir de su obra, La Piedra Oscura
Cinco años antes, mientras la revolución se aproxima, otro joven, Carlos (el impactante Milo Quifes), ahoga sus penas después de ser vetado del club social de su padre debido a los rumores inapropiados sobre sus inclinaciones sexuales.
Y en 2017, un escritor e historiador gay llamado Alberto (un excelente Carlos González) descubre que un abuelo, cuya existencia desconocía, le ha dejado algo en herencia: un documento que conectará crucialmente su historia con el pasado. La manera en que estas tres tramas se intersectan constituye el gran misterio de la película, una conexión explorada de forma absorbente.
La sección ambientada en 1937 funciona como el núcleo por el que orbitan las otras dos: un casi romance triste y violento entre Sebastián y un prisionero izquierdista, un apuesto exfutbolista y actor llamado Rafael (Miguel Bernardeau), quien casi con certeza será ejecutado en cuando revele la información que buscan sus interrogadores. Sebastián recibe la misión de hacerse amigo de Rafael para lograr que hable, pero las miradas furtivas que dirige al cuerpo herido, pero todavía hermoso, del prisionero dejan claro que otro impulso comienza a guiar a este soldado accidental.

El vínculo que surge entre ambos tiene más que ver con lo no dicho que con cualquier cosa expresada en voz alta; Los Javis mantienen sus conversaciones breves y evasivas. Pero entre ellos circula una enorme carga emocional: Bernardeau transmite de manera inquietante la resignación de Rafael frente a su destino, mientras que Guitarricadelafuente retrata con sensibilidad el despertar de Sebastián respecto a su sexualidad y al tipo de personas que el bando al que pertenece —uno que él no eligió— intenta exterminar brutalmente.
La película reflexiona sobre tanta historia gay perdida, reconociendo lo que debió significar para hombres de una época peligrosa y represiva sentirse inevitablemente atraídos unos hacia otros, mientras la guerra y otros horrores moldeaban sus vidas sin lograr destruir por completo aquello tan poderoso e innato que existía en ellos. Al verla, pensé en la hermosa novela The Sparsholt Affair, de Alan Hollinghurst, que sigue el linaje de hombres gay a lo largo de un siglo, observando las enormes diferencias sociales entre épocas, mientras resalta las similitudes persistentes: los placeres, quizá universales y atemporales, del amor y la comunidad floreciendo en los márgenes.
Los Javis ejecutan esta ambiciosa visión con un deslumbrante despliegue de virtuosismo técnico. Casi cada plano de la película es una maravilla cuidadosamente compuesta, ya sea como un impactante tableau de naturaleza muerta o como un impresionante movimiento de cámara, todo envuelto en una reconstrucción de época lujosa y de apariencia costosa. Es una película extraordinariamente segura de sí misma, que ofrece la embriagante satisfacción de ver cómo una obra verdaderamente ambiciosa consigue concretar su arriesgada apuesta.

Uno acude a festivales como Cannes, en parte, para presenciar la llegada de grandes nuevos cineastas, y La bola negra representa exactamente eso. Los Javis alternan las líneas temporales con inteligencia y elegancia, y saben perfectamente cuándo introducir un chiste astuto e inesperado antes de que una escena se vuelva pesada. (Hay, por ejemplo, una referencia particularmente divertida y obscena a una línea de Titanic). La película se gana su dramatismo porque logra sumergirnos por completo, y de manera convincente, en su mundo y en sus ideas, atrapándonos con su homenaje a quienes vivieron plenamente, incluso, en las circunstancias más terribles. Y, aún así, también reflexiona sobre el daño colateral que puede provocar la autoafirmación: las mujeres no son olvidadas dentro del relato.
A medida que las tres líneas argumentales de la película convergen temáticamente, Los Javis se arriesgan a caer en cierta clase de desmesura. La figura de Federico García Lorca, el escritor gay e izquierdista asesinado al inicio de la guerra, se alza en el horizonte del filme como una luna sabia y benevolente, como una especie de santo patrono que encarna toda la belleza y la lucha de la película. Descubrimos que una de las tres secciones es, en realidad, la manifestación de una obra inacabada que el autor escribió poco antes de morir. Los Javis se atreven, con audacia, a inventar nuevos textos “lorquianos” para completar esa obra. Algunos podrían llamarlo arrogancia, pero lograron convencerme con la propuesta, evocando con éxito el particular lirismo de Lorca para anclar la gran ficción de la película al peso contundente de la historia real.

Desde esa base, La bola negra construye un cine exuberante y expansivo. La música resuena alrededor de estos hombres, mientras deambulan tambaleantes por costas y montañas, ciudades bulliciosas y austeros puestos militares. Los Javis llenan generosamente el encuadre de rostros hermosos —las cortinas de cabello de Carlos ocultando parcialmente sus facciones de ángel torturado; la masculinidad sólida, pulcra y acogedora de Rafael— e incorpora un par de cameos “para los gays” en forma de Penélope Cruz, como una provocadora artista de cabaret, y Glenn Close, como una historiadora estadounidense que habla un español bastante fluido. Un chiste sobre Grindr irrumpe inmediatamente después de una escena de drama militar; y en una película sobre una pesadilla nacional que aplasta las mentes y cuerpos de jóvenes amantes, soñadores y artistas, el comediante de culto, Julio Torres, interpreta un papel secundario.
Esa fascinante mezcla entre sensibilidad pop contemporánea y cine clásico posee una potencia embriagadora, llevándonos por un viaje amplio, melancólico, y a menudo divertido, de memoria y fantasía. Ya era hora de que existiera una épica bélica gay con esta escala, esta alma y esta capacidad inventiva. Y también llegó justo a tiempo para un Festival de Cannes que, hasta ahora, había sido bastante sombrío, gris y decepcionante, ofreciéndonos algo verdaderamente vívido y evocador: un recordatorio de que el maximalismo no tiene que ser exclusivo de los grandes blockbusters de Hollywood. Los Javis han plantado orgullosamente una bandera en esa arena y han declarado que ese territorio también les pertenece.