Rodrigo Nava: “Para ser profundos no tenemos que hablar con un lenguaje rebuscado”

El director mexicano revisa su recorrido entre la publicidad, el teatro y el cine, y explica por qué cada proyecto debe conservar una parte de la verdad de quien lo dirige

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

agosto 5, 2026

4:02 pm

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Rodrigo Nava aprendió a contar historias dentro de los segundos cronometrados de un comercial. La publicidad le enseñó que una idea no existe aislada de quienes deben hacerla posible, que cada decisión tiene un costo y que escuchar otras voces no necesariamente debilita la mirada de un director. Años después, al desplazarse hacia el teatro y el cine, esa formación se convirtió en una parte esencial de su método.

Su trayectoria ha transitado entre géneros, formatos y procesos de adaptación. En 2018 dirigió y produjo la obra de teatro Enfermos de amor, versión mexicana de Love/Sick, de John Cariani. La experiencia llegaría posteriormente al cine con Enfermo amor, codirigida con Marco Polo Constandse. También ha dirigido montajes como Prueba perfecta, adaptación de Proof, la obra ganadora del Pulitzer de David Auburn, y Finlandia, escrita por Pascal Rambert.

La versión mexicana de Loco por ella, comedia romántica protagonizada por Diego Klein y Minnie West, utiliza una historia de amor para aproximarse a la salud mental. Nava trabajó acompañado por especialistas y personas vinculadas directamente con las condiciones representadas, consciente de que el entretenimiento puede utilizar el humor sin convertir el diagnóstico en un chiste ni reducir a los personajes a una etiqueta clínica.

Su trabajo más reciente en los escenarios es una nueva versión de El método Grönholm, texto de Jordi Galceran que transforma una entrevista laboral en un duelo psicológico sobre la ambición, el miedo y las condiciones impuestas por el mundo empresarial. El montaje prolonga una conversación presente en toda su obra: aquello que sucede dentro de la mente cuando el amor, el trabajo, la familia o las expectativas sociales comienzan a exigirnos una versión de nosotros mismos.

Nava reflexionó sobre su evolución como director, la búsqueda de una voz propia y la responsabilidad que implica representar experiencias ajenas. También habló sobre su diagnóstico de trastorno por déficit de atención e hiperactividad, sus dieciocho años de terapia y el nuevo proyecto cinematográfico que desarrolla junto con Alejandra Bogue.

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Si miras al Rodrigo Nava que comenzó haciendo publicidad y lo comparas con el director que eres hoy, ¿qué parte de tu mirada sigue siendo exactamente la misma y cuál cambió por completo?

El cambio principal fue poder dedicarme a contar historias y sentirme muy feliz haciéndolo. He tenido la oportunidad de trabajar tanto en el teatro como en el cine, y ese paso de la publicidad hacia la ficción fue el cambio que llevaba mucho tiempo buscando.

Creo que todo lo demás permanece igual. La pasión ha estado presente desde siempre. Cuando dirigía comerciales me encantaba contar pequeñas historias dentro de esos pocos segundos. Ahora las historias son más largas y, de alguna manera, también son más complejas, pero la emoción sigue siendo la misma.

Me fascina contar cosas. Es aquello que más disfruto y lo que me hace profundamente feliz de encontrarme ahora en este lado de mi carrera.

Has transitado de la publicidad al cine y al teatro. ¿Qué disciplina te enseñó la lección más difícil sobre cómo contar una historia?

La publicidad fue una gran maestra. Siento que algunos directores la menosprecian o prefieren distanciarse de ella cuando comienzan a trabajar en cine. A veces buscas a alguien para dirigir una campaña y responde que ya solamente se dedica al cine, como si la publicidad perteneciera a una categoría inferior.

Tengo una casa productora y todavía seguimos trabajando en publicidad. Hace varios años que no dirijo comerciales, pero continúo al frente de la empresa. Estoy muy agradecido con todo lo que aprendí durante esa etapa porque me proporcionó una conciencia muy importante como director: por buena que sea una idea, debe entrar en diálogo con las ideas de los demás.

No me gusta encerrarme en una propuesta y defenderla hasta la muerte sin escuchar primero a otras personas. Es válido tener convicciones, proyectos personales e ideas que deseamos sacar adelante, pero escuchar también forma parte del proceso creativo. La publicidad te abre esos canales.

Además, te enseña que todo cuesta. Cuando hago una obra de teatro o una película, tengo presente cuánto cuesta producirla, cuánto vale el tiempo de las personas involucradas y qué representa económicamente para quien está financiando el proyecto. Esa conciencia ha sido una de las enseñanzas fundamentales de mi carrera.

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Directores como Ridley Scott y Michael Bay proceden de la publicidad, mientras que David Lynch, Nicolas Winding Refn y Baz Luhrmann han trabajado en ella. Existe una escuela importante dentro de ese lenguaje. Tus proyectos, aunque pertenecen a géneros distintos, suelen partir de una emoción profundamente humana. ¿Qué aspecto de las personas continúa apareciendo una y otra vez en tus obras?

Me interesa todo aquello que somos interiormente. No hablo solamente de la salud mental en términos clínicos. La mente me apasiona porque está relacionada con el amor, el trabajo, la familia y todas nuestras relaciones interpersonales.

Cuando comencé a trabajar en El método Grönholm, pensé que era mi primer proyecto que no estaba relacionado con el amor, el desamor o las relaciones personales. Después comprendí que las relaciones profesionales también son fundamentales en nuestras vidas.

Me interesa observar el amor y los vínculos desde aquello que ocurre dentro de la cabeza. El ser humano ofrece posibilidades inagotables de exploración. Podemos profundizar muchísimo cuando existe una verdadera curiosidad por comprender lo que vivimos mentalmente.

Quizás ese interés también esté relacionado con mi diagnóstico de trastorno por déficit de atención e hiperactividad. No es algo que adopté porque se haya convertido en un tema frecuente. Tengo un TDAH muy fuerte y diagnosticado. Me cuesta muchísimo concentrarme y mantener el enfoque.

Creo que el único lugar donde consigo concentrarme por completo es un set. Vivo con una especie de televisor permanentemente encendido dentro de la cabeza, y esa experiencia posiblemente despertó mi curiosidad por entender la televisión que todos llevamos dentro del cerebro.

Además de periodista, soy psicólogo y psicoterapeuta, así que comprendo muy bien esa inquietud por lo que sucede dentro de la mente. ¿Qué te preocupa más: dirigir bien o dirigir con una voz propia?

Dirigir con una voz propia, definitivamente. Al momento de realizar una película nunca tienes todo completamente claro, especialmente en cuestiones técnicas o en aquellos criterios que podrían determinar si eres un buen o un mal director. En cambio, cuando posees una verdad y quieres explorar algo desde un lugar auténtico, los errores pueden ser perdonados.

No existe una persona perfecta. Incluso los directores que más admiro cometen errores en la forma de contar, en la escritura o en decisiones que quizás no advirtieron durante el rodaje. Los errores forman parte del proceso, pero pueden superarse cuando están atravesados por la verdad que deseabas contar.

Debido a la diversidad de proyectos en los que he trabajado, en ocasiones me he preguntado cuál es mi personalidad como director. He navegado principalmente por el terreno de las adaptaciones. Desde mi primera obra, Enfermos de amor, basada en el texto neoyorquino Love/Sick, comprendí que una historia puede representarse miles de veces, en diferentes países, idiomas y contextos, porque las buenas historias son universales.

Lo que he descubierto es que mi voz se encuentra en la manera de interpretar esas obras desde mi propia verdad. Si regreso a mi adaptación de Enfermos de amor, seguramente encontraré allí al Rodrigo de 2018. Podría revisar cada uno de mis proyectos e identificar el momento personal que estaba atravesando cuando lo realicé.

Puedo explicar por qué hice cada proyecto, qué me estaba sucediendo y qué parte de mi experiencia deposité en él. Ahí he encontrado mi voz y mi manera de dirigir: en la posibilidad de vincular cada historia conmigo y contarla desde un lugar personal.

¿Cómo encontrar el equilibrio entre respetar una obra original y sentir que la adaptación también te pertenece?

En alguna ocasión conversé con un autor argentino muy importante, porque estoy intentando llevar al cine uno de sus libros. Mientras negociábamos los derechos, me dijo que los autores deben aceptar que, si desean ver sus obras adaptadas en otros países y formatos, llega un momento en el que tienen que entregarlas. Lo comparó con dar un hijo en adopción.

Esa imagen se relaciona con mi experiencia en los textos que he llevado al teatro y al cine. Me gusta conversar con las personas que se encuentran detrás de las obras originales. Cuando preparaba Loco por ella, busqué a Dani de la Orden, director de la película española.

Tenía muchos elementos en contra. Estaba adaptando una cinta reciente, reconocida en España y construida alrededor de un tema apasionante. Podía parecer innecesario volver a contarla tan pronto. Hablé con Dani y me dijo que le parecía estupendo que aquella historia encontrara una nueva versión.

Él posee mucha experiencia trabajando en proyectos que pasan por España, México, Italia o Francia, y me explicó que, aunque una historia ya haya sido escrita, producida y estrenada, cuando llega a tus manos tienes la posibilidad de realizar tu propia película.

Si ves la versión española de Loco por ella y después observas la mexicana, puedes reconocer aquello que Rodrigo intentó imprimirle a su adaptación. Existe una línea de respeto hacia la obra original, pero para mí ese respeto también consiste en dialogar con sus autores. Necesito encontrarme con ellos y hacerles saber que, durante el nuevo proceso, la historia también me pertenecerá y tendré que depositar algo propio en ella.

¿Cómo proteger esa intuición creativa frente a las expectativas del mercado y del público?

No es sencillo. Para mí ha sido fundamental comprender que me interesa explorar temas profundos, pero quiero hacerlo mediante un lenguaje coloquial. Es algo que tengo muy presente tanto en lo que estoy desarrollando como en los proyectos que ya realicé.

Para hablar con profundidad no necesitamos utilizar un lenguaje rebuscado ni buscarle tres pies al gato con el propósito de sonar rimbombantes. Puedes realizar una película sobre salud mental o una obra acerca de la presión que existe en el mundo empresarial sin perder la naturalidad.

Me interesa encontrar una forma humana y cercana de comunicar esas ideas. Eso ayuda a que los proyectos tengan un sustento y, al mismo tiempo, resulten atractivos para una compañía de cine, una plataforma de streaming o un productor teatral. Intento encontrar el equilibrio entre la profundidad del mensaje y la forma de comunica

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La salud mental nos interesa a ambos. ¿Crees que el entretenimiento adquiere una responsabilidad especial cuando representa temas socialmente sensibles? En algunos sectores de la psicología existe la idea de que abordar mediante la comedia el autismo, la discapacidad cognitiva u otras condiciones supone necesariamente una ofensa. Yo no creo que sea así, pero quisiera conocer tu perspectiva.

Trabajé en Loco por ella con plena conciencia de la responsabilidad social y moral que implicaba. Tengo un profundo respeto por la psicología. Llevo aproximadamente dieciocho años en terapia psicológica constante y puedo decir que ese proceso ha cambiado muchísimo mi vida.

Durante la reescritura del guion me acompañaron varios especialistas. Encontré a una psicóloga que también vive con trastorno bipolar y ella se convirtió en mi guía. Esa es la manera en la que personalmente he decidido abordar estos temas: hablar con profesionales y establecer límites.

Para representar el síndrome de Tourette conversamos con una persona vinculada con la asociación mexicana dedicada a esta condición. Nos explicó cómo se manifiesta y qué aspectos le molestaban de otras representaciones. Nos decía que frecuentemente los personajes eran llevados al extremo. En nuestra película también existían exigencias propias de la comedia, pero buscamos construir razones dramáticas para determinadas conductas y evitar que el síndrome se utilizara únicamente como un mecanismo humorístico.

Hicimos lo mismo con el trastorno bipolar y con las demás condiciones presentes en la historia. Cuando trabajas con estos temas debes respetar su realidad. No puedes modificar una condición clínica solamente porque determinada alteración resulta conveniente para el guion.

Los especialistas te ayudan a delimitar un espacio. Dentro de ese espacio puedes jugar como creador y encontrar una forma atractiva de contar la historia, pero conoces las fronteras que no deberías cruzar. Ellos aportan el conocimiento y nosotros explicamos las necesidades narrativas y de entretenimiento. El trabajo consiste en hacer que ambos aspectos puedan convivir.

Una de las experiencias más satisfactorias con Loco por ella fue la respuesta de psicólogos y otros profesionales en las redes sociales. Muchas personas nos escribieron para decir que les había gustado la manera en que abordamos determinadas condiciones y cómo algunos personajes permitían reconocer la mirada de la sociedad hacia la salud mental.

Quiero continuar trabajando de esa manera. Necesito que las personas expertas me ayuden a establecer límites para que después podamos crear algo fuerte y significativo dentro de ellos.

Estás desarrollando una película alrededor de una mujer trans de sesenta años. ¿Cómo trasladar ese mismo principio de responsabilidad a una experiencia que no te pertenece directamente?

Acabo de terminar de escribir la película que probablemente será el proyecto más desafiante de mi carrera. Nunca imaginé que escribiría una historia protagonizada por una mujer trans de sesenta años.

El proyecto recoge parte de las experiencias de Alejandra Bogue. Estoy escribiendo la película y cuento permanentemente con sus aportes. Soy parte de la comunidad, pero no soy una persona trans y, por lo tanto, necesito escuchar a alguien capaz de mostrarme los límites y explicarme aquello que no puedo comprender desde mi experiencia.

Alejandra tiene sesenta años y una trayectoria extraordinaria. Ella me ayuda a saber por dónde podemos avanzar, qué caminos no debemos tomar y cómo le gustaría ver representados determinados momentos. Es un proceso semejante al que desarrollé con los especialistas en salud mental.

Esto me hace regresar a la primera respuesta: quizás la publicidad me enseñó a escuchar las voces que existen fuera de mis propias ideas. Esa capacidad de escucha resulta indispensable cuando quieres aproximarte a una vida distinta de la tuya.

Pensando precisamente en ese proyecto, surge la pregunta por quién interpretará al personaje. Has trabajado con actores muy diferentes a lo largo de tu carrera. ¿Qué buscas en un intérprete además del talento?

Inteligencia y pasión. Me encanta trabajar con actores inteligentes y apasionados. Cuando le cuentas una idea a un actor o una actriz, puedes advertir desde la primera conversación aquello que comienza a aportarle al personaje.

Respeto profundamente a los intérpretes. Procuro mantener una conciencia muy clara de que se ponen al servicio del director y que nosotros debemos corresponder a esa entrega con un enorme cuidado. Algunos directores cruzan ciertas barreras sin advertirlo. Les piden a los actores que compartan historias personales y luego esas experiencias aparecen, a veces sin autorización, dentro de los personajes.

Debemos ser muy cuidadosos. Un actor llega y, de alguna manera, se desnuda emocionalmente frente a ti. La responsabilidad del director es guiarlo con manos amorosas, escucharlo y reconocer su intuición durante el proceso creativo.

Me interesa trabajar con intérpretes inteligentes porque su intuición sobre el personaje siempre puede aportar algo que no se encuentra en las indicaciones del director o del guionista. No existe nada más poderoso que la comprensión de quien está viviendo la historia desde dentro.

Cuando existe una comunicación genuina entre el actor y el director, y además tienes intérpretes entregados y apasionados, cada una de esas cualidades comienza a sumarse al proyecto. Así es como finalmente conseguimos contar la historia.

¿Dirías que tus obras son una manera de formular preguntas antes de ofrecer respuestas?

Totalmente. Cuando queremos hablar de asuntos importantes, no creo que existan respuestas definitivas capaces de servirles a todas las personas. Lo que podemos crear son cuestionamientos diferentes.

Lo valioso de una película o de una obra de teatro es que provoque nuevas preguntas. Que alguien salga y se pregunte dónde está situado en su relación, qué ocurre con su salud mental o qué lugar ocupa dentro de su entorno laboral.

Eso es lo que encuentro hermoso en los proyectos que realizamos: la posibilidad de generar preguntas que el público pueda llevarse consigo.

Si dentro de veinte años alguien revisara tus películas y tus obras de teatro, ¿qué conversación te gustaría que descubriera que has sostenido, proyecto tras proyecto, con el público?

Me gustaría que descubriera que siempre intenté construir proyectos con mensajes importantes y con cierta conciencia social. Eso no está enfrentado con el entretenimiento. Podemos divertir al público y, simultáneamente, dejarle algo.

Quisiera que cada proyecto pudiera cambiar, cuestionar o movilizar de alguna manera a la persona que lo vea. Me encantaría saber que, a lo largo de mi carrera, mis películas y mis obras consiguieron mantener siempre ese propósito.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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