Directores: Daniel Buitrago y Felipe Cáceres
Reparto: Ricardo Mejía, Hernán Méndez, Frank Beltrán, Leo Sosa, Catalina Mosquera, Manuela Salazar, Orián Suárez, Gerónimo Mosquera, Amanda Zamora
Desde Zelig (1983) de Woody Allen, con un hombre que cambia de identidad según el entorno y se convierte en un espejo de la historia, el falso documental ha servido para tensionar la relación entre lo real y lo fabricado. Lo mismo sucede en Un tigre de papel (2008) de Luis Ospina, donde la vida del militante y artista Pedro Manrique Figueroa nunca termina de definirse del todo, justo porque nunca existió. El género ha dado obras memorables como Forgotten Silver (1995) de Peter Jackson, donde un pionero olvidado del cine mundial es redescubierto en Nueva Zelanda, aunque todo sea una gran ficción. O I’m Still Here (2010), donde Joaquin Phoenix finge abandonar Hollywood para convertirse en rapero, solo para burlarse de la industria, el periodismo y la percepción pública.
El ejercicio también ha brillado en la televisión. Documentary Now! satiriza con precisión quirúrgica los clichés del documental, desde los excesos del estilo observacional hasta las fórmulas “artísticas” de festival. Y Philomena Cunk, con su ignorancia descarada, pone en evidencia lo absurdo de la soberbia digital, esa mezcla de datos mal entendidos y confianza inflada.
En ese linaje se inscribe Morozov, dirigida por Daniel Buitrago y Felipe Cáceres, que imagina al misterioso Santiago Morozov, un director colombiano “perdido” en la historia, al estilo de Colin McKenzie, el “genio” inventado por Peter Jackson. El juego parte de una premisa fascinante: el hallazgo de un archivo olvidado, compuesto por entrevistas, fragmentos fílmicos y tres cortometrajes del cineasta ausente. A través de estos retazos, se construye (o deconstruye) la figura de un artista que nunca aparece en pantalla, pero cuya obsesión con el cuerpo humano y lo marginal marca toda su obra.
El apellido “Morozov” resuena con ecos reales. Por un lado, Pávlik Morozov, el niño mártir soviético que denunció a su padre y se convirtió en símbolo del sacrificio ideológico; por el otro, Evgeny Morozov, el ensayista bielorruso que advierte sobre los peligros de la tecnología y el mito de la solución digital. Esta doble alusión refuerza la ambigüedad del personaje: ¿es un traidor? ¿un visionario? ¿una víctima? ¿un reflejo de nuestro tiempo?
Los directores apuestan por un enfoque collage. El documental está armado como un rompecabezas roto, donde la estructura fragmentaria permite múltiples lecturas. La película nunca entrega certezas; al contrario, alimenta el misterio con pistas contradictorias, imágenes deterioradas, entrevistas que sugieren más de lo que revelan. La intención del supuesto documental es que el espectador “dibuje” a Morozov en su cabeza, completando los vacíos con su imaginación y a lo que pudo haber llegado el cine colombiano si Morozov no hubiera desaparecido misteriosamente.
Visualmente, Morozov mezcla el cine mudo, el cine experimental Avant Garde y Underground, el documental hispanoamericano y la nueva ola japonesa. Hay una búsqueda deliberada de texturas y capas, una fascinación con la forma y el deterioro material de la imagen. Se siente un homenaje al cine como arte y como delirio, como juego y como obsesión, donde encontramos los fantasmas de autores como Maya Deren, Stan Brakhage, Kenneth Anger y Andrés Caicedo.
Pero ahí está también su trampa. Porque el documental nunca se permite ser realmente lúdico. En su intento de construir un mito, se vuelve víctima de la misma solemnidad que quiere parodiar. La figura de Morozov, aunque ausente, pesa demasiado. Todo el proyecto parece hablar más de los directores y su necesidad de trascender, que del personaje que fingen explorar.
Lo que Forgotten Silver resolvía con humor, Morozov lo carga de gravedad. Lo que Documentary Now! destila con ironía, aquí se recubre de una “importancia” que le resta ligereza. Incluso su estructura, a pesar de ser formalmente arriesgada, carece del filo satírico que este tipo de ejercicio requiere. Hay guiños, pero pocas carcajadas.
Y eso debilita su crítica, porque si se trata de jugar con la frontera entre ficción y verdad, el exceso de pretensión le resta efectividad al engaño. En lugar de desmontar el culto al autor, lo recrea con devoción.
De todas maneras, Morozov es una propuesta visualmente poderosa, con un diseño sonoro e imágenes que seducen. Pero también es un proyecto que se toma demasiado en serio, y cuya falta de humor lo aleja de sus referentes más brillantes. En su intento por criticar al “genio incomprendido”, termina construyendo uno. Un falso documental que se parece demasiado a los documentales (y cortometrajes) reales que parece cuestionar.
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