Director: Patricia Castañeda
Julieth Restrepo, Paula Castaño, Marcela Mar, Bárbara Perea, Elkin Díaz
Antes de que las mujeres en Colombia pudieran votar, ya estaban negociando el futuro del país. Patricia Castañeda lo sabe, y por eso su película Estimados señores no es una oda a una heroína intachable, sino una sinfonía de voces, acuerdos incómodos y estrategias en las sombras. Un filme coral, imperfecto y urgente.
Porque la historia del sufragio femenino en Colombia no se cuenta con una sola bandera. Está Esmeralda Arboleda, el eje dramático del filme, pero junto a ella marchan Josefina Valencia, primera ministra y gobernadora; Bertha Hernández de Ospina, conservadora incómoda con el orden patriarcal; Teresa Santamaría y María Currea, activistas con los pies en el polvo de las calles y las manos llenas de volantes. Estimados señores las pone a todas sobre el tablero con claridad y matices.
Paula Castaño, como Valencia, impone presencia sin necesidad de adornos ni lágrimas. Marcela Mar aporta el temple de quien sostiene estructuras mientras todo tiembla. Y Bárbara Perea brilla desde esa zona gris donde se hace política con uñas y contradicciones. El resultado no es un panteón de estatuas, sino un mosaico de mujeres vivas, que dudan, se equivocan, luchan, y entienden el poder como una coreografía feroz.
¿La película falla? Sí. La dirección de arte se queda corta, a veces rozando lo televisivo y teatral. La fotografía no tiene una propuesta estética firme, y la edición pierde ritmo justo cuando el conflicto debería estar a punto de hervir. Pero esas carencias formales se perdonan, no porque el tema lo excuse todo, sino porque lo que está en juego aquí es recuperar una historia que ha sido empujada al olvido durante demasiado tiempo. Lo importante es que la película no embalsama a estas mujeres, sino que las devuelve al terreno del conflicto real, de la lucha cotidiana y del sacrificio táctico.
Hay una especie de punto ciego con respecto a los personajes masculinos. No porque estén ausentes, ahí están, interrumpiendo, opinando, almorzando mientras pactan entre ellos, sino porque están escritos en modo automático. El senador altanero, el esposo razonable, el político tibio que no estorba pero tampoco ayuda. Solo Ortíz, interpretado por Claudio Cataño, intenta ir más allá, pero se queda flotando entre lo insípido y lo inofensivo. En una historia sobre mujeres desobedientes, los hombres deberían ser algo más que muebles de poder que expelen comentarios misóginos.
En el cine colombiano, Estimados señores sigue el camino que abrió Camila Loboguerrero con María Cano (1990), película que convirtió la historia de una sindicalista en gesto fílmico de resistencia. Que la directora falleciera este año le da a esta cinta una fuerza adicional, como si la posta se hubiese pasado justo a tiempo, de una generación a otra.
Estimados señores no es perfecta, pero pocas cosas revolucionarias lo son. Su mérito no está en su forma, sino en su intención de rescatar un momento fundacional de la historia política colombiana y hacerlo con voz propia, sin pedir permiso, sin bajar la mirada. Un acto de memoria, de insubordinación elegante, de cine que no necesita gritar para hacerse escuchar.
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