Crítica Backrooms: Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve se pierden en el horror liminal de A24, tan inquietante como poco desarrollado

Producida por James Wan y Osgood Perkins, la película adapta la propia serie de cortos del director Kane Parsons, ambientada en un laberinto extradimensional de oficinas y pasillos interminables

Por ANGIE HAN |

junio 1, 2026

11:17 am

Chiwetel Ejiofor en ‘Backrooms’.

A24

Como corresponde a un mundo surrealista hecho de ángulos incomprensibles que se extienden por dimensiones imposibles y que, según uno de sus exploradores, parece armado por “albañiles drogados con ácido”, los Backrooms no tienen reglas ni límites del todo claros. Más que una historia, podría entenderse como una realidad alterna compartida, nacida como creepypasta —una leyenda urbana de internet— y que después cobró vida propia cuando los fans comenzaron a expandir su mitología y crear sus propias versiones.

Ahora, ese concepto parece listo para saltar al mainstream con Backrooms, una película con producción impecable que reúne a un estudio de moda como A24, actores de prestigio como Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, y pesos pesados del terror como James Wan y Osgood Perkins entre sus productores.

Backrooms

VEREDICTO FINAL: Inquietante, aunque nunca termina de dar miedo de verdad.
Estreno: viernes 26 de mayo
Elenco: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett y Lukita Maxwell
Director: Kane Parsons
Guión: Will Soodik
Clasificación: R
Duración: 1 hora con 50 minutos

Pero aunque la película logra capturar parte de la inquietud fascinante del concepto —con el director Kane Parsons, de apenas 20 años, retomando los cortos de Backrooms que creó cuando todavía era adolescente—, su narrativa poco desarrollada me hizo pensar que quizá algunas ideas perturbadoras funcionan mejor como susurros perdidos en la oscuridad.

Aunque los Backrooms son extrañísimos y prácticamente imposibles de explicar (“Imagínate describirle un perro a alguien que nunca ha visto uno y luego pedirle que lo dibuje”, responden los personajes cuando intentan explicarlos), el mundo desde el que llegamos ahí resulta sospechosamente normal. En un tranquilo suburbio de California, alrededor de 1990, Clark (Ejiofor) es un arquitecto fracasado que intenta ganarse la vida con Cap’n Clark’s Ottoman Empire… o al menos eso intenta, porque la absoluta falta de clientes en su tienda de muebles baratos deja claro que el negocio está al borde de la quiebra. Su vida se ha vuelto tan miserable que incluso va a terapia con Mary (Reinsve) para lidiar con el derrumbe de su matrimonio.

Una noche, mientras se queda hasta tarde viendo televisión en la tienda —porque desde que su esposa lo corrió tras una pelea amarga y pasada de alcohol ha estado durmiendo ahí—, baja a revisar el interruptor de luz y descubre que puede atravesar una de las paredes casi sin esfuerzo, como si simplemente caminara hacia un rayo de luz. Del otro lado hay una habitación muy parecida al sótano alfombrado y sin ventanas del que acaba de salir. Pero esta está iluminada con un amarillo enfermizo, como de institución vieja, y todos los muebles están apilados al azar en el centro. Además, parece extenderse hasta el infinito. No importa cuánto avance Clark, lo único que encuentra son más habitaciones, pasillos, escaleras, puertas y espacios estrechos para arrastrarse.

La idea es perturbadora y provoca la misma incomodidad elemental que otros relatos de horror liminal como Skinamarink de 2022 o la novela House of Leaves de Mark Z. Danielewski. Si lugares como casas, oficinas o tiendas existen para contenernos y protegernos, hay algo profundamente inquietante en uno que se niega a obedecer esas reglas, que se distorsiona más allá de las leyes conocidas del universo hasta convertir lo que debería ser un espacio seguro en una trampa.

Los horrores que esconde esta trampa tardan un poco en revelarse. Al principio, tanto nuestra inquietud como la de Clark nacen de cosas que no son abiertamente amenazantes, pero simplemente se sienten mal. Una señal de alto impresa al revés y colocada dentro de un cuarto oscuro, una figura de cartón con grabaciones de mensajes en distintos idiomas, zapatos incrustados en el piso en un ángulo que hace pensar que el suelo apareció de la nada y los atravesó de golpe.

Pero lo inquietante por sí solo tiene un límite. Mientras más tiempo pasamos explorando los Backrooms, menos terroríficas y más aleatorias empiezan a sentirse estas rarezas. Da la impresión de que no están construidas a partir de una lógica interna de este universo ni de la psicología de los personajes, sino únicamente para mantenernos desconcertados. Y eso funciona… hasta que queda claro que nunca llegarán respuestas realmente significativas.

Mientras tanto, Clark y Mary —sin mencionar a los personajes secundarios interpretados por Mark Duplass, Finn Bennett y Lukita Maxwell— están trazados de manera demasiado superficial. Incluso considerando que uno de los temas centrales de la película es cómo creamos ciclos mentales que nos mantienen atrapados en nuestra propia miseria, el hecho de que cada personaje esté definido únicamente por un trauma determinante y nada más hace que resulten demasiado planos como para conectar emocionalmente con ellos.

Supongo que la ventaja de que Clark prácticamente no tenga otros rasgos —ni siquiera instinto de supervivencia— es que funciona como el conducto perfecto para adentrarnos en este universo. Como nunca se detiene a pensar si explorar libremente algo que básicamente es un laberinto embrujado podría ser una pésima idea, nosotros tampoco tenemos que dejar de curiosear. Y mientras más avanza, más perturbadoras se vuelven las cosas. El rugido de una criatura que al principio parecía lejana comienza a escucharse cada vez más fuerte y más seguido, y las señales de su violencia se vuelven más evidentes y difíciles de ignorar, aunque nunca demasiado gráficas. Backrooms apuesta más por la sensación de angustia que por el gore.

En sus mejores momentos, Backrooms toca algo extrañamente melancólico sobre cómo los recuerdos se deforman un poco cada vez que volvemos a ellos, hasta que pierden sus detalles reales y solo queda la huella emocional que dejaron. En una secuencia particularmente impactante, la cámara avanza por una serie de salas, cada una más abstracta que la anterior, hasta que lo único que queda es un agujero negro absoluto irradiando amenaza desde una esquina. En otra, figuras humanoides grotescas permanecen congeladas alrededor de una mesa, tan vacías de emoción y voluntad que ni siquiera reaccionan cuando las apuñalan.

En sus peores momentos, Backrooms intenta subir la intensidad cambiando la incomodidad sutil por sustos mucho más explícitos, aunque también más genéricos, hasta desembocar en un clímax lleno de acción que parece existir únicamente para cumplir con las expectativas de cómo “debe” terminar una película de terror comercial.

La película quiere invitarte a entrar, pero mientras más intentan explicarse los Backrooms, más ordinarios se sienten. Este es un mundo que funciona mejor desde las sombras, donde las personas pueden caer en sus madrigueras inquietantes antes siquiera de entender qué les acaba de pasar.

ANGIE HAN

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