Crítica: Barrio Triste: cuando la marginalidad se convierte en una marca

La ópera prima de Stillz convierte el Medellín marginal en un artefacto audiovisual hipnótico cuya acumulación de violencia, ruido y símbolos vacíos termina devorando a sus personajes

Por ANDRÉ DIDYME-DÔME |

septiembre 29, 2026

3:50 pm

Cortesía Cine Colombia

Un reportero y un camarógrafo llegan a un barrio popular de Medellín para investigar unas extrañas luces que aparentemente entran en las casas. Un grupo de jóvenes los ataca, se apodera de la cámara y comienza a grabarse. Pocas premisas podrían resultar más fértiles para una película sobre aquellos que históricamente han sido observados desde afuera: los objetos de la noticia roban literalmente el aparato que los convierte en noticia.

Barrio triste, ópera prima de Stillz, fotógrafo y realizador de videoclips que ha trabajado con Bad Bunny, Karol G y Rosalía, podría haber encontrado allí su razón de ser. ¿Qué ocurre cuando quienes han sido filmados por periodistas, documentalistas, cineastas y turistas toman finalmente la cámara y deciden hacia dónde apuntarla?

La respuesta resulta bastante menos interesante que la pregunta. Ambientada en el Medellín de finales del siglo XX y construida como una supuesta grabación encontrada, la película sigue a estos jóvenes mientras recorren las calles, cometen delitos, juegan, hablan de la muerte y convierten la cámara robada en testigo de una existencia en la que el futuro parece haberse cancelado. El found footage, que alguna vez convirtió a Holocausto caníbal en una perturbadora confusión entre documento y ficción, sirve aquí para justificar una imagen degradada, nerviosa, granulada y llena de interferencias.

El problema es que la cámara nunca termina de pertenecerles. Aunque Barrio triste simula entregarles a sus protagonistas el control de su representación, detrás de cada movimiento permanece la mirada extremadamente calculada de Stillz. Los muchachos graban, pero el director selecciona qué clase de marginalidad desea que veamos. Máscaras demoníacas, machetes, armas, cuerpos, animales, espacios destruidos, incendios, sangre, drogas y rostros juveniles terminan formando un catálogo cuidadosamente diseñado de la condenación.

El cine ha recorrido este territorio durante décadas. El limpiabotas, Los olvidados, Pixote y Ciudad de Dios observaron infancias y adolescencias abandonadas por las instituciones que debían protegerlas. En Estados Unidos, Kids de Larry Clark convirtió la deriva sexual y emocional de unos adolescentes neoyorquinos en una controvertida radiografía generacional, mientras Harmony Korine, guionista de Kids, llevó posteriormente esa mirada hacia un territorio mucho más extraño en Gummo.

La conexión con Korine resulta particularmente importante porque Barrio triste está producida por EDGLRD, su compañía, y su sombra cubre prácticamente toda la película. Pero aquello que en Gummo parecía surgir de la fragmentación emocional de una comunidad devastada aparece aquí convertido en vocabulario visual. La suciedad, los cuerpos jóvenes, los animales, la violencia errática y las imágenes inexplicables ya no parecen descubrimientos, sino elementos de una identidad estética perfectamente reconocible.

El caballo dentro de una habitación es quizá el ejemplo perfecto. También aparecen una cabra, luces misteriosas, una figura demoníaca, un ángel y jóvenes que desaparecen para reaparecer después en una piscina. Ninguna película tiene la obligación de explicar sus imágenes y el misterio puede ser uno de los grandes placeres del cine. El inconveniente surge cuando los símbolos parecen intercambiables. El caballo podría ser una vaca, el demonio otra criatura y la cabra cualquier otro animal sin alterar sustancialmente el sentido de lo que estamos viendo.

Aquí, la rareza termina confundida con profundidad. Incluso la insistencia en la luz, que podría funcionar como una metáfora de salvación para unos muchachos incapaces de imaginar un futuro, pierde fuerza debido a la reiteración. Uno de ellos afirma que no ve ninguna luz y Stillz continúa rodeándolos de bombillas, incendios, resplandores y apariciones hasta convertir una sugerencia interesante en una metáfora demasiado subrayada.

Hay momentos, sin embargo, en que otra película consigue escapar de esa maquinaria. Ocurre cuando los jóvenes hablan directamente frente a la cámara sobre pérdidas, hijos, frustraciones y futuros que probablemente nunca llegarán. También cuando ríen, juegan o simplemente dejan de interpretar el papel de criaturas condenadas que la película parece haber diseñado para ellos.

Son instantes breves, pero suficientes para revelar aquello que Barrio triste podría haber sido: una película sobre unos jóvenes que descubren el poder de construir su propia imagen. Stillz parece desconfiar de esos momentos. Apenas aparece una emoción capaz de sostenerse por sí misma, la edición, el movimiento de cámara o el diseño sonoro vuelven a reclamar nuestra atención. La música de Arca intensifica esa estrategia mediante texturas electrónicas, ruidos y acumulaciones atonales que alcanzan gran potencia durante algunas secuencias, incluido el asalto a la joyería, que por momentos evoca la adrenalina de Point Break. En otras ocasiones, el sonido parece empeñado en producir una perturbación que la imagen todavía no ha construido.

La discusión inevitable alrededor de Barrio triste conduce entonces a una palabra incómodamente pertinente en la historia del cine colombiano: pornomiseria. Luis Ospina y Carlos Mayolo utilizaron el término durante los años setenta para cuestionar una producción audiovisual que convertía la pobreza latinoamericana en espectáculo destinado, especialmente, al consumo extranjero. Su extraordinaria sátira Agarrando pueblo no denunciaba que la pobreza fuera filmada, sino el mecanismo mediante el cual el sufrimiento podía transformarse en mercancía cultural, prestigio artístico y tranquilizadora indignación para espectadores que observaban la miseria desde una distancia segura.

Casi medio siglo después, Barrio triste obliga a recuperar aquella discusión. Medellín aparece menos como una ciudad que como un inventario de signos reconocibles: ruinas, adolescentes armados, suciedad, cuerpos jóvenes, violencia, religiosidad, máscaras y demonios. La textura analógica debería acercarnos a una época y una experiencia determinadas, pero con demasiada frecuencia termina embelleciendo la precariedad. La imagen sucia se vuelve exquisita.

Eso resulta especialmente problemático porque la película utiliza el enorme peso histórico de Medellín sin comprometerse demasiado con su historia. La violencia de los muchachos casi nunca tiene causas. El narcotráfico, la desigualdad, el abandono estatal, las estructuras familiares, la guerra urbana, las milicias, el desplazamiento y la fragmentación territorial apenas tienen presencia como fuerzas capaces de explicar ese universo. Sus consecuencias están por todas partes; sus causas prácticamente han desaparecido.

La comparación con Víctor Gaviria resulta entonces inevitable. Rodrigo D. No futuro y La vendedora de rosas tampoco necesitaban convertir cada escena en una explicación sociológica, pero sus jóvenes existían dentro de un tejido reconocible de relaciones, deseos, necesidades y exclusiones. Los actores naturales aportaban palabras, experiencias y maneras de ocupar el espacio que impedían reducirlos a ilustraciones de una tesis. La violencia era brutal precisamente porque ocurría dentro de vidas que importaban. Barrio triste invierte esa relación. Los personajes parecen existir demasiadas veces para producir las imágenes que Stillz necesita.

El cine colombiano contemporáneo tampoco ha permanecido quieto frente a estas cuestiones. Los reyes del mundo, La jauría, Puentes en el mar, Monos y Alis, desde registros diferentes, han observado juventudes desplazadas, institucionalizadas o abandonadas intentando comprender sus afectos, sus deseos y las estructuras que condicionan sus posibilidades. La marginalidad no es allí un decorado, sino una experiencia humana y política. 

Stillz posee indudablemente un ojo para construir imágenes y algunas de Barrio triste tienen una potencia difícil de olvidar. Precisamente por eso resulta tan frustrante que la película parezca satisfecha con encontrarlas. Su condición de artefacto experimental y fragmentario tampoco resuelve el problema. Renunciar a una narración convencional puede abrir caminos hacia otras formas de sentido, pero la fragmentación no garantiza complejidad.

La mejor idea de la película permanece entonces encerrada en su premisa. Unos jóvenes marginados roban una cámara y adquieren, por primera vez, la posibilidad de decidir cómo quieren ser vistos. El gesto podría ser político, cinematográfico e incluso liberador. Pero lentamente descubrimos que alguien continúa decidiendo por ellos qué imágenes merecen sobrevivir.

Barrio triste quiere ser documento encontrado, película de terror, experiencia sensorial, elegía juvenil y relato sobrenatural. En su afán por ser todas esas cosas, termina convirtiendo el sufrimiento en superficie. Ospina y Mayolo advirtieron hace décadas que la miseria podía convertirse en una industria. Stillz demuestra que también puede convertirse en una marca.

VEREDICTO: Un artefacto audiovisual de imágenes poderosas que confunde la marginalidad con una estética y termina embelleciendo aquello que pretende observar

FICHA TÉCNICA

Título: Barrio triste
Dirección: Stillz
Guion: Stillz
Elenco: Brahian Acevedo, Juan Pablo Baena, Jorge Cano, Samuel Andrés Celis, David Gañán, Bryan Erlin García, José Arley Marín González
Música: Arca
Edición: Adam Robinson
Producción: James Clauer, Eric Kohn, Esteban Zuluaga
Producción ejecutiva: Harmony Korine, Stillz
Compañías productoras: EDGLRD, WeOwnTheCity
Países: Colombia, Estados Unidos
Idioma: Español
Duración: 84 minutos

ANDRÉ DIDYME-DÔME

Editor de Cine y TV

Psicólogo y comunicador, se desempeña como editor de cine y TV para The Hollywood Reporter en Español y Rolling Stone en Español. Ha realizado las críticas de más de 2000 películas y series para las dos revistas, escrito diversos artículos de análisis y opinión y ha entrevistado a más de 200 figuras del cine y la TV.

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