Christopher Miller y Phil Lord se han consolidado como una de las duplas creativas más influyentes del cine contemporáneo. Su trabajo ha transitado con naturalidad entre la escritura, la producción y la dirección, siempre con una marca propia: una combinación de humor, riesgo formal, emoción genuina y una gran inteligencia para dialogar con el lenguaje popular. Tras dirigir películas como Lluvia de hamburguesas, The Lego Movie, 21 Jump Street y 22 Jump Street, y después de varios años volcados en la producción y la escritura, ambos regresan a la dirección con Project Hail Mary, adaptación de la novela de Andy Weir.
La película se inscribe en la tradición de la gran ciencia ficción de aventuras, pero también en una línea más íntima, centrada en los vínculos, la soledad y la posibilidad de encontrar sentido en medio de lo desconocido. En este caso, además, la historia les permitió afrontar un reto especialmente atractivo: llevar a la pantalla a Rocky, una criatura extraterrestre sin rostro humano y, aun así, capaz de despertar una profunda conexión emocional.
Conversamos con los directores sobre su regreso al cine en acción real, las resonancias de la obra de Andy Weir y la manera en que su experiencia en animación influyó en la puesta en escena de esta ambiciosa aventura espacial.

La última película que dirigieron fue 22 Jump Street, la divertida secuela de la versión fílmica de la serie Comando especial. Después de tantos años dedicados más a producir y escribir, ¿por qué tardaron tanto en volver a dirigir?
PHIL LORD: Hemos estado muy ocupados, claro, pero también ocurrió que esta novela realmente nos inspiró. Nos atrajo muchísimo la oportunidad de trabajar con Ryan y también la posibilidad de llevar a Rocky a la gran pantalla, porque es un personaje que amamos.
¿Cuál fue la primera cosa de Project Hail Mary que les hizo sentir que esta era una historia que querían dirigir ustedes mismos?
CHRISTOPHER MILLER: Creo que fue cuando Ryland Grace conoce a Rocky. Es un personaje que no tiene rostro y, más o menos a mitad del libro, me sorprendí pensando: “¿De verdad me estoy encariñando emocionalmente con una roca? ¿Me estoy riendo y llorando por una criatura que no tiene cara?”.
Ese desafío fue muy emocionante para nosotros. Y además el libro tenía todo lo que una película necesita: una gran escala, apuestas épicas enormes, pero también una relación íntima, emocional y profundamente humana.
También hay giros muy sorprendentes hacia el final del libro, cosas que yo no vi venir, y eso te hace pensar que esta historia puede convertirse en una experiencia muy poderosa para el público: una película de la que la gente salga del cine sintiéndose esperanzada con respecto a la humanidad y al futuro, pero al mismo tiempo habiendo vivido una gran aventura.

La obra de Andy Weir ya había inspirado The Martian, una película que a menudo se compara con Robinson Crusoe on Mars. ¿Ven Project Hail Mary como parte de esa tradición? ¿O quizá más cercana, en espíritu, a algo como Silent Running?
PHIL LORD: A mí me encanta Silent Running. Me fascina incluso ese detalle de los logos corporativos por toda la nave, y de hecho nosotros usamos algo de eso en nuestra película.
Pero creo que tratamos de hacer una película singular, y la novela de Andy Weir ya es muy inusual en sí misma. No trata exactamente de alguien que está solo en el espacio, sino de alguien que está solo en la Tierra. Y para salvar a su planeta, necesita hacer un amigo.
Paradójicamente, es en el espacio donde se siente más en casa que en la Tierra. Es allí donde ve con más claridad, donde puede comprender más profundamente las cosas, mientras que en la Tierra su campo de visión es, incluso literalmente, mucho más estrecho.

¿Cómo influyó su experiencia en la animación en la manera de abordar una película de ciencia ficción en acción real como esta?
CHRISTOPHER MILLER: Influyó de varias maneras. Una de ellas tiene que ver con Rocky. Muchas personas se preguntaban cómo íbamos a lograr que el público se preocupara por un personaje que no tiene ojos ni boca, cómo íbamos a hacer que se emocionaran con él o que tomaran partido por él.
Pero nosotros venimos de la animación, y ahí aprendes que el movimiento transmite emoción. Aprendes que una película puede hacerte sentir algo por una lámpara, así que sabes que es posible expresar cualquier cosa a través del movimiento. Por eso teníamos mucha confianza en que íbamos a poder lograrlo.
Además, contamos con un artista de storyboard proveniente de la animación como jefe de historia, y previsualizamos la película de una manera muy parecida a como se hace una producción animada: construyendo animatics para diseñar el ritmo, la puesta en escena y la estructura visual.
Y también está esa otra lección fundamental de la animación y del cine en general: darle al público una sensación de asombro visual, de maravilla, de espectáculo que no haya visto antes. Esa experiencia visual sigue siendo una parte esencial de por qué vamos al cine.
Por eso queríamos que nuestra versión del espacio, y todo lo que aparece en él, se sintiera distinta, nueva e inmersiva, de una manera que el espectador no hubiera visto antes.
Hay en lo que dicen una idea muy clara de equilibrio entre espectáculo y emoción.
PHIL LORD: Sí, totalmente. Eso era esencial para nosotros. No queríamos hacer solo una película grande en escala o en efectos, sino una historia en la que el centro emocional fuera realmente importante. La relación entre los personajes, incluso cuando uno de ellos no tiene un rostro reconocible, era el corazón del proyecto.
Y también parece haber una voluntad de dejar al espectador con una sensación de esperanza.
CHRISTOPHER MILLER: Sí. Eso también nos interesaba mucho. Que fuera una aventura emocionante, sí, pero que además permitiera salir del cine con una sensación de esperanza sobre la humanidad, la amistad y el futuro.