Crítica: Ceniza en la boca: El íntimo estudio migratorio de Diego Luna es bien intencionado, pero inconexo

Basada en la aclamada novela de Brenda Navarro, el drama sigue a una joven mexicana que lucha por construir un futuro mejor en España

Por DAVID ROONEY |

mayo 13, 2026

4:07 pm

Anna Díaz en Ceniza en la boca. FESTIVAL DE CINE DE CANNES.

Diego Luna dio sus primeros pasos como director con la prometedora ópera prima Abel (2011), una tragicomedia modesta pero encantadora que lanzaba miradas imaginativas hacia el patriarcado y la masculinidad mexicana. En 2014 continuó con Cesar Chavez, un biopic dramático de mayor escala, aunque bastante convencional, que perdió cualquier vigencia que pudiera haber tenido luego de que este año salieran a la luz acusaciones de abuso sexual, grooming y violación contra el icónico líder sindical, prácticamente borrando su legado. Después llegó Sr. Pig (2016), una road movie sobre un criador de cerdos protagonizada por Danny Glover y Maya Rudolph, cuya existencia me niego rotundamente a aceptar.

Lamentablemente, Ceniza en la boca, la inerte cuarta película de Diego Luna detrás de la cámara, difícilmente corregirá esa trayectoria tambaleante. Basada en la reconocida novela de Brenda Navarro, se trata de un etéreo estudio de personajes tan despojado y elíptico que carece del tejido narrativo necesario para atraparnos en su historia o brindarnos acceso emocional a sus personajes. La película parece querer funcionar más como una pieza atmosférica —quizá algo más cercano al inquietante debut narrativo Preparation for the Next Life de Bing Liu el año pasado—, pero hay tan poca vitalidad en pantalla que uno termina preguntándose: “¿No basta con ser un actor consumado?”

Ceniza en la boca 

La conclusión: Tan despojada que roza la desnutrición narrativa.

Presentación: Cannes Film Festival (Proyecciones Especiales)

Elenco: Anna Díaz, Adriana Paz, Luisa Huertas, Guillermo Ríos, Adriana Jacome, Sergio Bautista, Benny Emmanuel, Irene Escolar, Anna Alárcon, Dailyn Valdivieso, Charlie Rowe, Laura Gómez

Director: Diego Luna 

Guionistas: Abia Castillo, Diego Rabasa, Diego Luna, basada en la novela Ceniza en la boca, de Brenda Navarro

Duración: 1 hora y 39 minutos 

Marcada por torpes fundidos en blanco para señalar cambios de locación, la temporalidad de la película suele sentirse borrosa y su entorno, poco claro. Buena parte del público probablemente pasará un tercio del metraje intentando descifrar las relaciones entre los personajes.

La película abre con Lucila (Anna Díaz, la única razón para seguir viendo) despertando por su madre Isabel (Adriana Paz, de Emilia Pérez), quien le pide que cuide de su hermano menor antes de desaparecer rumbo a España. Tiempo después, Lucila sigue a Isabel desde Ciudad de México hasta Madrid, llevando consigo a su hermano Diego (Sergio Bautista).

Obligada a sostener económicamente a la familia, Lucila consigue trabajo como niñera, cuidando al hijo pequeño de una arquitecta grosera y mandona (Irene Escolar), mientras también asume la responsabilidad de su cada vez más problemático hermano Diego (Sergio Bautista), quien corre el riesgo de ser expulsado de la escuela si continúa golpeando a sus compañeros.

Impulsivamente, Lucila sigue a su amiga Jimena (Laura Gómez) hasta Barcelona en busca de independencia. Allí comienza una relación con un músico inglés (Charlie Rowe), ocultándole que trabaja cuidando adultos mayores y haciendo entregas de comida. Sintiéndose relegado por su madre negligente y abandonado por su hermana mayor, Diego aparece en Barcelona, pero tras una discusión le dice a Lucila que, pese a todas sus críticas hacia Isabel, ha terminado convirtiéndose en alguien igual a ella.

Las cosas empeoran para Lucila cuando no puede pagar la renta y es expulsada del departamento que compartía, pero su mundo se derrumba por completo cuando recibe una llamada informando sobre una trágica muerte en la familia. Ignorando el consejo de su devastada madre, Lucila decide regresar a Ciudad de México para hacer duelo junto a sus abuelos (Luisa Huertas y Guillermo Ríos) y otros familiares, escondiendo las cenizas de su ser querido en su mochila.

Estas son algunas de las escenas más conmovedoras de la película, momentos en los que Lucila quizá se siente parte de una familia como no lo hacía desde hace años. A pesar de una mentalidad moldeada por el servicio militar, su abuelo es cariñoso y afectuoso, mientras que su abuela, directa y sin filtros, finalmente le da la explicación que llevaba tanto tiempo esperando sobre el abandono de su madre, sin endulzar nada. 

Este tramo final también explica —de una manera más literal que emocional— el título original de la novela de Brenda Navarro, Ceniza en la boca. Pero la sensación constante es la de una obra de ficción compleja reducida a mecanismos narrativos trazados a grandes rasgos, sacrificando una verdadera profundidad en sus personajes. Es una película que logra ser íntima y distante al mismo tiempo, aunque eso no sea culpa de su competente elenco. Quizá fue excesivamente recortada en la sala de edición en un intento por agilizar la historia, terminando por vaciarla accidentalmente.

El guión apenas roza algunos de los temas que parecían fundamentales —o al menos parte de la textura más vívida— de la novela. La estigmatización de los inmigrantes mexicanos, tratados por los españoles como inferiores culturales y de clase, se limita al desprecio seco de una jefa insoportable o a Lucila observando en las calles de Barcelona un volante para un curso acelerado de catalán.

Los factores criminales y socioeconómicos que empujan a los mexicanos a buscar oportunidades en el extranjero apenas se articulan en una caótica escena nocturna, en la que una pandilla que se identifica en grafitis como “The New School” aterroriza el tranquilo barrio donde viven los abuelos de Lucila. El espectador queda únicamente con la suposición de que se trata de un cártel intentando imponer su amenazante presencia.

Al final, los momentos más efectivos son aquellos en los que vemos a Lucila mostrar afecto genuino hacia las personas bajo su cuidado: revolcándose entre risas sobre una cama con un bebé feliz o bañando con ternura a la abuela descuidada de una familia española. Pero a la película le falta fluidez; su enfoque excesivamente fragmentado termina dejando solo piezas dispersas que, juntas, no construyen demasiado.

DAVID ROONEY

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