La salsa vive es una obra cargada de pasión, un documental que se adentra en la memoria viva de la salsa, ese género que, a pesar de las mutaciones y los altibajos, sigue presente en las calles y en los vinilos de quienes lo viven y lo sienten. Dirigido por Juan Carvajal, cineasta caleño, este documental busca capturar la esencia del género a través de tres de sus grandes capitales: Nueva York, Cali y Puerto Rico. Sin embargo, la omisión de la isla, cuna de figuras como Héctor Lavoe y Willie Rosario, deja un vacío difícil de llenar, no solo geográficamente, sino también culturalmente.
A pesar de esta ausencia, Carvajal logra enriquecer el relato con testimonios reveladores, entre ellos los de Rubén Blades, cuya lucidez conceptual contrasta con las voces del pueblo caleño. Los recuerdos de la salsa en los barrios se complementan con las historias de figuras como Henry Fiol, Johnny “El Dandy” Rodríguez y el movimiento melómano y de bailadores de Cali, proporcionando una visión completa de la salsa desde el corazón de la ciudad que la vive intensamente.
Uno de los hallazgos más significativos es el segmento que revela cómo los discos de Boogaloo, originalmente pensados para sonar a 33 rpm, fueron acelerados a 45 rpm en las fiestas callejeras, originando lo que hoy conocemos como salsa. Este dato, de profundo valor histórico, muestra cómo la salsa no solo es un género musical, sino también una práctica vivencial que se reinventa en cada fiesta y cada esquina.
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Carvajal no idealiza el fenómeno, sino que aborda las tensiones internas que lo acompañan: la comercialización, el purismo, la invisibilización de artistas, el machismo y el vínculo con el narcotráfico. Sin embargo, la película no está exenta de fallos formales. La falta de derechos sobre muchas canciones limita el impacto emocional de algunas secuencias, y la banda sonora no siempre se corresponde con la grandeza de los artistas que se presentan. Además, la exclusión de veteranos como Fruko y sus Tesos, Willie Colón, Héctor Lavoe y Joe Arroyo (que apenas se mencionan) y de figuras contemporáneas como Marc Anthony, Jerry Rivera, Víctor Manuelle y Gilberto Santa Rosa, reduce la mirada panorámica que el género se merece.
A nivel técnico, La salsa vive sufre de un montaje algo reiterativo, con transiciones y repeticiones que ralentizan su ritmo, y una fotografía que, aunque efectiva, carece de la fuerza visual necesaria para un documental de esta naturaleza. No obstante, su mayor valor reside en su honestidad y en la pasión con la que Carvajal rinde homenaje a la salsa.
La salsa vive no es una obra definitiva, pero sí una película sincera que resalta el poder transformador de la música, y cómo, a pesar de los altibajos, la salsa sigue viva en los cuerpos que la bailan y en los corazones que la sienten.