Directora: Laura Casabé
Dolores Oliverio, Fernanda Echevarría, Luisa Merelas, Agustín Sosa, Isabel Bracamonte, Candela Flores, Dady Brieva
La virgen de la tosquera, estrenada en la competencia internacional de Sundance 2025, asocia a la argentina Laura Casabé con la mexicana Michelle Garza Cervera como una cineasta interesada en los pliegues más turbios de la experiencia femenina. Basada libremente en dos cuentos de Mariana Enríquez, la película transpira verano, frustración y superstición. Un relato macabro con forma de fábula adolescente que observa de cerca cómo el deseo, cuando se enquista, se convierte en maldición.
La historia se ubica en el conurbano bonaerense, durante el agobiante verano de 2001, cuando Argentina se acercaba al estallido social. Natalia (interpretada con intensidad contenida por Dolores Oliverio), es una adolescente que vive con su abuela en una casa donde la humedad parece esconder secretos. Mientras el país se desmorona afuera, Natalia se obsesiona con Diego (Agustín Sosa), un chico algo mayor, callado, y magnético. Lo desea. Lo acecha. Pero la irrupción de Silvia (Fernanda Echevarría), una joven adulta de aire cosmopolita y fanfarrón rompe el frágil equilibrio entre las amigas.
Benjamín Naishtat, el guionista, adapta el universo de Enríquez con inteligencia y precisión. La progresión del relato es morosa pero eficaz: a medida que el calor aumenta, también lo hace la tensión. Casabé abandona las fórmulas del terror explícito para construir un clima donde lo inquietante es constante, pero nunca subrayado. La violencia no golpea sino que se filtra.
En ese sentido, la película se acerca más a la tradición del folk horror sudamericano que al cine de sustos. El horror surge del contexto, de la precariedad, del abandono institucional y de la represión emocional. La tosquera, ese lago artificial producto del saqueo del suelo, funciona como metáfora y trampa. Una superficie calma donde se hunde lo innombrable.
Casabé dirige con una mirada que por momentos recuerda al minimalismo cruel de Ari Aster (Midsommar) y por otros al lirismo de Sofia Coppola (The Virgin Suicides). La cámara de Diego Tenorio construye imágenes cargadas de electricidad con planos abiertos donde el espacio oprime, y rostros y cuerpos adolescentes donde cada gesto es una amenaza. La banda sonora de Pedro Onetto evita el sobresalto fácil y opta por un diseño sonoro denso, que retumba más en el estómago que en los oídos.
El elenco responde con un trabajo coral preciso. Oliverio es una revelación. Maneja el deseo, el rencor y la brujería con la misma mirada muda. Echevarría brilla en su ambigüedad. Primero mentora, luego rival, finalmente víctima. Las amigas Mariela y Josefina interpretadas por Candela Flores e Isabel Bracamonte, suman una dosis de comedia negra que no resta tensión. Y Luisa Merelas, como la abuela Rita, aporta el anclaje doméstico con una presencia tan firme como inquietante.
La virgen de la tosquera no teme a la ambigüedad. Es deliberadamente opaca en sus resoluciones y elige sugerir más que explicar. Es una película que dialoga con Carrie, pero desde una perspectiva latinoamericana que no necesita exotizarse para ser profundamente local. El deseo femenino, aquí, no es ternura reprimida, sino potencia caótica.
Casabé no ofrece redención, ni esperanza. Ofrece una experiencia. Incómoda, espesa y magnética. Como el agua estancada de la tosquera esta cinta es quieta en la superficie, pero amenazante porque es imposible de ver hasta el fondo.
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