Durante el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, los asistentes pudieron ser testigos de Mickey, un documental profundamente innovador —en todos los aspectos posibles— sobre el proceso de transición de género de Mis$ Mickey, una pionera digital originaria de Mazatlán que hoy en día es considerada una de las figuras queer más relevantes en México.
En este audiovisual, su directorx Dano García explora el viaje de descubrimiento que tuvo la creadora tras vivir esta experiencia en una sociedad sumamente conservadora. Con archivos digitales, participaciones directas de sus familiares y recreaciones de distintos recuerdos, el documental viaja entre reflexiones profundamente personales para entregar un producto que es en su totalidad innovador.
Mickey
La conclusión: Una confusa pero innovadora obra que lleva como apellido “libertad”
Festival: Festival de Cine de GuadalajaraReparto: Mis$ Mickey, Jesse Sakeri López, Arturo Cundapí Bustamante, Angelica María Bustamante Andrews, Loreto Pozos Trejo, Javier Lizarrága Contreras, David Allegre
Directorx: Dano García
Guionistas: Dano García y Tonatiuh Israel
Duración: 1 hora y 15 minutos
Es fácil juzgar a un libro por su portada. Por ejemplo, en cuanto vemos algún producto de un influencer, le resulta inevitable a muchos sentir un rechazo casi automático por sus historias. Que no es para menos, pues difícilmente uno se lleva una grata sorpresa.
Pero Mickey, de Dano García, parece ser la excepción. Le cineastx mazatlecx presenta un proyecto profundamente experimental que, con un logline que podría parecer predecible e incluso una fórmula repetida en proyectos que abarcan temas de género, logra destacar y realizar una narrativa que grita “libertad” y “creatividad” en cada uno de sus planos.
Comencemos con la escena inicial. La cinta abre con una abrupta recopilación de materiales de archivo encimados unos con otros mediante video arte, para después mostrarnos a Mis$ Mickey de perfil sosteniendo un espejo, mientras se cubre el cuerpo entero con una brocha que contiene pintura verde. En la siguiente toma la vemos de frente, continuando la acción, pero ahora esa misma pintura funciona como una especie de pantalla verde sobre su piel. Conforme avanza la escena, comienzan a proyectarse clips de un avatar en todo su cuerpo, haciendo que la figura de Mickey parezca transformarse en el molde físico de una muñeca digital. Una puesta de escena increíblemente ingeniosa que revela solo un poco de las maravillas visuales en las que trabajaron para crear el documental.
A partir de ahí, es imposible despegar el ojo de la pantalla. García logra crear un mundo vanguardista del que solo quieres ver más y más, y lo mejor de todo es que el largometraje entero está lleno de sorpresas como esa. Enseguida podemos ver una fiesta familiar con temática infantil, en la que la creadora se presenta nuevamente a su familia y pide con dulzura que a partir de ese momento, la llamen por sus pronombres correctos: ella.
Y es que ese mismo carisma con el que se presenta en esa primera aparición, es la que la vuelve un personaje muy querible. Entre más indagas en sus vivencias, logras quererla y empatizar con ella, porque a pesar de haber crecido en un ambiente conservador, en el que inconscientemente era objeto de burla por parte de comentarios homofóbicos internalizados, ella habla reflexionando desde el cariño y la comprensión.
Al ser un documental, repasa de forma (no) lineal el cómo nuestra protagonista fue descubriendo quien era. Sus intereses de niña, su amor por los tacones, el maquillaje y lo juguetona que siempre ha sido. También se muestra el descontento de sus padres, quienes eran llamados constantemente a dirección por el comportamiento “inapropiado” de Mickey. Este rechazo e incomprensión la llevó a tener un mal estado de salud mental, que sacaba escribiendo “ayuda” en las paredes de su baño. Después, gracias a una revelación que hizo su madre, se conoce que en su escuela la obligaron a asistir a terapia por ser “anormal”, pero la psicóloga clínica que la atendió le dijo a sus padres que ella no tenía nada. Que el problema era su padre.
Esto nos lleva a uno de los momentos más fuertes, ya que su padre relata cómo le puso gotas homeopáticas con testosterona en el agua, para interrumpir su transición de género. Todo recreado desde el humor, en el que se cuenta que el padre creía que Mickey “necesitaba desarrollar hormonas”, por lo que acudió a un doctor que le recomendó hacer eso para “ayudarla”. En broma, Mickey responde que tuvieron el efecto contrario.
De igual forma se menciona una vez que le dijo a sus compañeros de la escuela que quería suicidarse y, al enterarse el director de la escuela, le dijo que lo hiciera, pero no en sus edificios. Aun así, en la siguiente toma se muestra a una Mickey actual, en esos mismos edificios, posando para que le tomen una foto mientras dice “volviendo al lugar de Mickey, donde no me dejaron ser Mickey”.
Aunque su ritmo puede parecer confuso e inconcluso, García logra construir un retrato profundamente humano detrás del personaje. Más que explicar a Mis$ Mickey, el documental crea la sensación de entrar a la casa de alguien ajeno y ponerse a ver sus fotografías familiares mientras esa persona te cuenta la historia detrás de cada una. Al salir, conoces otra parte de la persona que tienes enfrente y, al mismo tiempo, te quedas con ganas de saber más. Pero incluso con ese vacío, sabes que la conversación estuvo bañada en intimidad. Eso es Mickey.
Seguramente para sus fieles seguidores fue un acercamiento mucho más honesto de la figura que llevan conociendo por tantos años. Pero, para quienes apenas nos estamos familiarizando con su persona, podemos decir que aprendimos un poco más sobre ella sin sentir invadirla por completo. Y aunque por momentos su estructura puede parecer confusa o dispersa, esa misma libertad termina convirtiéndose en una de sus mayores virtudes. Quizá no sea la fórmula tradicional para un documental, pero el resultado sigue siendo una obra sin filtros que no le teme a ser demasiado.